Último verano en Stalingrado, novela

viernes, 11 de abril de 2008

Nuevas luces (nuevas sombras) y unos zapatos rojos

Me doy cuenta que es de esas personas que gozan con lo admonitorio. Su discurso se construye sólo de certezas, como si la materia de su devenir no albergara agujeros negros, aquello que es lo desconocido, lo misterioso, lo que engendra dudas. Su forma es el juicio. Su bandera el moralismo. Nos sentamos a la mesa. Prendo un cigarrillo, saco mi brazo por la ventana, con la culpa y la acrobacia a la que me obliga ese estar fuera del límite de la ley y del buen gusto. Ella dice: ¡Cuánto hacía que no tenía que trabajar con gente que fume! Lo dice desde un trono de pureza y de censura, su aspecto de intelectual que se escandaliza de lo frívolo, lo inapropiado, lo que atenta contra el ideario de las personas inteligentes y sanas que no padecen de ninguna desviación. No puedo resistirme a darle batalla. Mi voz asume un tono que bordea los límites de la tontería, empiezo a hablar de ropa, mientras observo con desdén su puritanismo expresado mediante su traje aburrido, su peinado pasado de (toda) moda, su expresión adusta. A mí la ropa no me interesa para nada. Finjo ignorar las implicancias (porque soy una mujer inteligente, que se preocupa de las cosas importantes, con una rica vida intelectual y toda esa zarazazaza). Me pregunto cómo alguien puede sentirse convocado a la pendencia por tan poca cosa. (Ella y yo misma). No importa, hay días que estamos belicosos y más vale postergar la pregunta y concentrarse en la pelea. Insisto en demorarme en los detalles de mi perversa obsesión por los zapatos, cualquiera que me escuche me mandaría a consultar a un psiquiatra, exagero, afirmo que soy capaz de dejar de comer con tal de comprarme un par de zapatos rojos. Logro escandalizarla, balbucea que solo compra ropa para sus hijos (ella es buena madre, yo soy una egoísta) , termina confesando que las ofertas le gustan, pero solo por el placer de pagar la mitad por algo que otro pagó el doble. Es decir, no disfruta la pichincha, sino ganarle a otro, ser más viva, más inteligente, una vez más. Decido subir la apuesta. Meto a Proust en la conversación. Explico que la escena de los escarpines rojos de Oriana ha sido mi perdición, que el detalle de su desvío estético revelado al subir al carruaje que irrita a su marido, al descubrir la falta, me subyuga, que una amiga me pintó un cuadro protagonizado por unos zapatos rojos que me parecen aquellos. Ella trastabilla. No puede admitir que no ha leído a Proust (quizá lo leyó, quizá no, no aporta ningún elemento que acompañe su afirmación), pero he logrado instalar la duda en ella y eso me satisface, es como una cachetada en su orgullo, su expresión solemne ha sido perturbada. Soy mala.

Estuviste muy bien, me dice luego E., riéndose, cuando ya se ha marchado. Me pregunto por qué pierdo el tiempo de esta manera, habiendo tantas maneras de perder el tiempo más interesantes. Quizá tan solo para lograr la sonrisa y la risa de Elvira, para que no se sienta señalada por el dedo de esta mujer necia que acusa en cuanto abre la boca. Y mi maldad se siente justificada. Tal vez a ella le ocurra lo mismo, pero mi causa es mejor, porque es la de mi amiga.

1 comentario:

la vida abierta dijo...

Es bueno ver cómo dos batalladoras se encuentran. Está bueno, también, que le hayas ganado la batalla en su mismo terreno; que eso mine un poco su idea de "superioridad". Son pequeñas revanchas que uno se toma ante gente que produce tantos odios.
Perder el tiempo siempre tiene algo de noble, así como esa victoria.