Último verano en Stalingrado, novela

domingo, 14 de septiembre de 2008

Castillos de dolor, de Magda Denes



Como muchos domingos, después de almorzar con madre, que suele ser nuestra invitada, vamos a pasear al bosque. Mientras A. y J. juegan a la pelota, yo termino de releer una de esas novelas de tardes de domingo. Esas novelas que no están siquiera muy bien escritas, pero a las que vuelvo como un falso deudo que busca en historias de persecución y guerra, de pogromos y guettos, un pasado del que ya no quedan testimonios entre los míos. Esos libros que adquiero a veces hojeando, apurada, en bateas impregnadas de polvillo que trae alergía y estornudos, en librerías de usados. Se llama Castillos de dolor (Denes, Emecé, 1998), y son los recuerdos de la guerra de una niña judía húngara (¿o debiera decir húngara judía?) que ha debido sobrevivir al hambre, la enfermedad, la muerte, el abandono, los escondites en sótanos y altillos, la desintegración de su familia, la desaparición del mundo, la escuela, las compañeras, el desprecio organizado, el caos y la pérdida del placer por aprender las palabras y las matemáticas, misterios entrañables de los que su hermano asesinado era el guía.
Como en Léxico familiar (Natalia Guinzburg), la guerra y la destrucción se entremezclan con las comidas, o su ausencia, las palabras que abren puentes de supervivencia o las que matan, los gestos y modales apropiados para despistar al enemigo o conseguir mejores raciones, los libros que permiten huir del mundo y sobrevivir frente a tanto dolor. Y un humor que no puede ser más que negro, oscuro y sibilante.
Es como tirar un guijarro. Esa piedra que cae sobre el lago nada apacible de la vida, que forma inescrutables misterios de remolinos que nos tomamos la licencia de llamar europa del este, magyares, eslavos, abuelos. Es como bucear en el 2666 de Bolaño, es el mundo Karamazov, es Gombrowicz o Los Incosolables de Ishiguro. Es aquello que ni la mejor literatura norteamericana o europea (ni aún un irlandés como Stocker) podrá jamás asimilar, porque no es posible para los occidentales asimilar esa perversidad más refinada, la crueldad lenta, musical, culta, apasionada. Hecha de ballet, sopas de porotos o remolacha y vodka; de atardeceres prematuros y nevados, de samovares y pogromos. De cadáveres desnudos, desdentados, en fosas comunes, en bosques nevados. Niños y mujeres marchando descalzos a librarse, con una sola bala para ahorrar municiones, de toda humillación y toda esperanza.
Nuestras tragedias americanas son más vertiginosas. Conquistadores y conquistados rendimos culto al sol, a los atardeceres lentos, las selvas tropicales, los mares calientes, los frutos de colores obscenos y jóvenes.
Pienso en Bolivia. Pienso en Argentina. Pienso en mis abuelos, mis padres, mis amigos, mi hijo, mis sobrinos y en lo horrendo que es el mundo y los grandes y tremendos hijos de puta egoístas que somos los adultos.
Y aún así, siento un apetito voraz, insaciable e infatigable por esta cosa que llamamos vida, aunque sepamos que es también infierno y muerte.

1 comentario:

la vida abierta dijo...

me gusta el texto. es triste y entristece. el recuento de los padecimientos de la niña judía es muy fuerte.