Último verano en Stalingrado, novela

miércoles, 13 de agosto de 2008

Buenos Aires, casas y mansiones


En Buenos Aires casi no quedan casas que habitar, dice A Z, apesadumbrado, mientras él y las chicas describen barrios que se han ido conviertiendo en urbanizaciones plagadas de edificios con dúplex pequeños y grandes torres.
En Buenos Aires aún quedan, como testimonios tectónicos de la belleza e injusticia sobre la que se edificó la Nación, las grandes y suntuosas mansiones que fueron los cascos de estancias o mansiones de los dueños de la patria.
En Belgrano hay una plaza pública construida en lo que fuera el jardín de Fulano, me cuentan, e inmediatamente imagino paseando a las señoritas de la casa bajo sus "parasoles" -no permita Dios que se bronceen y pierdan el perfecto blanco de sus cutis de porcelana-, observando los macizos de flores, los arbustos a los que los jardineros dan forma y entre los que se escabullen los pavos reales. Ríen, con falso pudor, cuando se les acercan los muchachos con sus sombreros blancos y su deseo quemándoles las neuronas.
Escaleras señorales y entradas majestuosas para los carruajes que ruedan sobre adoquines cortados con el sudor de manos oscuras, lejanas, cuyas historias nadie recuerda ya.
Grandes ventanales se abren hacia el verde y desde adentro, en el estudio del señor de la casa, en el que crepita un fuego que se alimenta sin vergúenza y sin tregua, se traman negociados y romances prohibidos, junto a la biblioteca en la que se exhiben los libros traidos de Francia.
En las cocinas, el bullicio de las criadas se impone al ruido de las sartenes y ollas, el calor las obliga a arremangarse y el olor de la leche que hierve y se derrama las envuelve, junto al de las verduras y las frituras, entre risas o llantos por los hijos que mueren o los hombres que se fueron y que no las han querido lo suficiente.
Por los corredores, silenciosos, cuyas paredes adornan y entibian gobelinos flamencos del siglo XVI, sigilosamente anda la señora de la casa, paseando su tuberculosis o fiebre puerperal, junto con la melancolía de una vida de lujos y aburrimientos.
Y una muchacha repara en algo, un poco, la injusticia, y toma rápidamente de un anaquel de la bodega un pequeño vasito para licor hecho en cristal de bohemia, que representa una cacería de ciervos. Como el animal, huye por la puerta de servidumbre con su tesoro.
Pero los demás ahora hablan de edificios de varios pisos y de villas miseria y de lo que cuesta tener una casa en Buenos Aires. Y mi ensueño se esfuma, mientras miro frente a la ventana y veo la cúpula del edificio del Congreso de la Nación.

1 comentario:

Anónimo dijo...

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