Último verano en Stalingrado, novela

lunes, 23 de junio de 2008

"La yanqui"

La busco googleando un tanto insistentemente. Una vez que la encuentro, le mando unos correos y ella me contesta. ¿Por qué la insistencia? No es, desde ya, por cumplir con el compromiso establecido con las demás. Me impulsa, en verdad, la sospecha de que hubiéramos podido ser amigas en aquella otra vida de la adolescencia, pero no lo fuimos.
Con algo de soberbia, creo que quizá a ella le ocurrió lo mismo. No supimos mucho la una de la otra, de nuestros mutuos deseos o preocupaciones, de los mundos que habitábamos y, sin embargo, existía algo como un mutuo respeto, una curiosidad que quedó sin germinar.
A mí me daba la impresión que su vida de viajera, de continente en continente, la volvía especial. Su poesión de al menos dos idiomas, su infancia extranjera, hacían que el mundo para ella portara significados muy diferentes a los míos. Quizá todavía se sentía un tanto extranjera, quizá eso lo reforzara, apartándola, el apodo de "yanqui" que otras le endilgaban. A mi no me gustaba, me parecía que creaba distancia. Yo la llamaba "Andrea" a secas, o, a veces, le agregaba el apellido. Siempre me pareció muy inteligente y eso me causaba respeto, lo mismo que su apartamiento, que no sé si era decidido o impuesto, si le causaba dolor o le era natural.
Como yo odiaba a "los yanquis", me daba la impresión que ella se disculpaba por haber nacido y vivido allá.
Hoy le diría que era una tontería, un pequeño pecado de juventud. Y que le agradezco su honestidad, su manera amable de tenderme un puente. Me entero que está a punto de cruzar un umbral, está por dar a luz, y lo escribo así porque no hay otra forma más precisa de decirlo.
Aunque ella hable con facilidad la lengua del imperio y de la ciencia y yo apenes balbuceo una argentina disculpa.

5 comentarios:

la vida abierta dijo...

En un libro de Murakami hay un profesor de escuela que habla sobre un alumno. Cuenta que los compañeros le decían Zanahoria porque tenía una cara estrecha y alargada y el pelo encrespado. A partir de ese momento habla de él llamándolo "El Zanahoria". Me causó mucha gracia ese elisión del nombre propio. Está bueno que vos en tu relato la llames la yanqui, marcando la crueldad inscrita en los apodos de la adolescencia a la vez que la imposibilidad de sustraerse a ellos. La crueldad suele ser muy precisa.
Me gusta esa locura de la narradora rastreando como una maniática en el pasado.

Cintia Rogovsky dijo...

¿Qué libro es? Me suena mucho lo que estás contando, pero sólo leí "Tokios blues" y me parece que no ese ese. Y sí, estoy en medio de una crisis de neurosis obsesiva, pero es muy grato reencontrase con gente interesante, es como si se modificaran las coordenadas espacio/tiempo, memoria/presente, no sé.

la vida abierta dijo...

el libro es sputnik, mi amor. tiene unos momentos de escritura buenísimos. qué tal es tokio blues? estoy esperando para leerlo.

seguramente es un lindo reencuentro, sobre todo con alguien con quien quedó algo inconcluso.

Cintia Rogovsky dijo...

A mi me gustó muchísimo, pero muchísimo. Es raro.
Si lo tenés, leelo. Sino, te lo presto. Es bastante triste también.
Bso.

la vida abierta dijo...

buenísimo. lo voy a leer. me gusta que sea triste, es densa su escritura. sputnik... también es bastante triste.
adeu