Último verano en Stalingrado, novela

domingo, 26 de octubre de 2008

Sigo esperando

Supongo que primero se ofendió ella y después yo. Creo que comenzó así porque ella es de esas personas que tienden a ofenderse por casi todo, como si en el abanico de emociones del que dipsonen para reaccionar frente a los otros (y sus actitudes, pero también frente a los hechos de la vida) el repertorio fuera muy pobre. Se recurre a la ofensa cuando no se sabe pelear, enfrentar, perdonar, comprender o reir.
Después podría enumerar una larga lista de ofensas mutuas. Desde ya, las de ella me parecen exageradas, infantiles y cobardes mientras que las mías, que son menos, se me hacen justificadas y razonables.
Como sea, ella eligió, para expresar su ofensa, el silencio y la ausencia. Como una forma de castigarme a mí y castigar a los que amo.
Yo busqué la confrontación, la conversación, la puesta en evidencia por medio de la palabra de las ofensas causadas.
Me mintió.
Dijo que me lo agradecía.
Que pensaría en mis palabras.
Que era considerado por mi parte propiciar un acercamiento.
Después se fue y se sumergió íntegramente en la ofensa en sí, con sus códigos y sus matices.
Me cansé de chillar y de actuar. Convine en usar la simetría. Quedamos equilibradas en la parálisis. Ninguna de las dos movió más piezas.
Pasé meses esperando que me sorprendiera con una jugada atrevida, un enroque, un peón coronado, algo que me mostrara que tomaba un gran riesgo y abandonaba la quietud de la resignación.
Y sigo esperando.

2 comentarios:

la vida abierta dijo...

por lo visto, su tiempo pasa lentamente, o puede distraerse en lo cotidiano. besos.

Anónimo dijo...

No hace falta recorrer mucho tu blog y sus distintas entradas para no imaginarla distraída y mucho menos resignada. Está, simplemente, descansando de vos.