Último verano en Stalingrado, novela

jueves, 12 de noviembre de 2009

Nondum, el Cobos de Carlos V y ningún parecido con nuestro Vicepresidente



Cuando en 1517 el joven Carlos I (hijo de Juana La Loca y Felipe el Hermoso) hace su entrada triunfal en Valladolid, para tomar posesión de una de sus herencias, el reino de España (ya había heredado de su padre Austria, Alemania, Borgoña, los Países Bajos, Hungría, parte de Italia) lleva la divisa de Nondum (No todavía) que luego, al correr de los años, las guerras y las conquistas, se tornaría en Plus Ultra (Más allá).
Tenía 17 años, un padre muerto, una madre recluida en Tordecillas, tal vez por su ezquizofrenia, tal vez por la pena de amor que le sobrevino al morir su esposo, tal vez por la ambición de su padre, Fernando de Aragón, para conservar el poder que sobre el Reino de Castilla y América le correspondía a ella por herencia de su madre, Isabel la Católica.
Gobernaba Inglaterra el tumultoso Enrique Tudor. Francia estaba bajo el poder del guerrero Francisco I (cuya nuera, Catalina de Médicis, le daría al reino tres hijos que fueron reyes), y Solimán el Magnífico, poderoso sultán turco, amenzaba las fronteras de los reinos cristianos, como luego demostraría al acechar a Viena.
Era Papa Clemente VII, de la familia Médicis, poderosa casa florentina que en ese momento había sido derrotada.
Era un tiempo de constantes alianzas entre esos reyes, Francia, España, Inglaterra, los príncipes alemanes, el reino de Hungría. Esas alianzas duraban lo que duraban los intereses en común, se traicionaban, se rompían, se iba a la guerra. Y también, lo que duraba el dinero aportado por las cortes, (extraido de la sangre de los campesinos y los artesanos europeos, del oro robado de América, del trabajo esclavo de nuestro continente); de los banqueros florentinos y los comerciantes de Flandes. Entonces, Ayax y Tiresias eran poderosos señores, y el Vaticano jugaba tanto a la diplomacia como a la guerra, según la ocasión.
Nada parecido a nuestra gloriosa época de democracias republicanas de "consenso" y pactos razonables entre los poderes. ¡Ay, esos reyes y esas cortes y republicas que aceptaban los sobornos del supuesto enemigo infiel en nombre de salvar a la cristiandad! ¡Esos señores que vendían a sus hijas e hijos en matrimonios para agrandar sus territorios!
Será por eso que, al encontrar en una biografía sobre el Emperador Carlos I de España y V de Alemania, el nombre del español Cobos como uno de los secretarios que le propone al Habsburgo su antiguo confesor, Carlos de Loaysa, tras la muerte del canciller italiano Grattinara, mi libre asociación con un Cobos actual debería caer en el olvido. Porque al recomendárselo al Emeperador, le dicen de Cobos: "Siempre he creido que Cobos sería el cofre sellado en que se encerrasen vuestro honor y vuestros secretos, que compensaría vuestras faltas y sabría defender a su señor. No emplearía, como muchos otros, exceso de ingenio para decir finezas y agudezas; pero en cambio, jamás murmuraría contra su señor..."
Atravesado por el significante del nombre, como en clave invertida, la lealtad de aquel "cofre sellado" ha devenido en cloaca que derrama traiciones y maledicencia...

Fuente: Carlos V, Señor de dos mundos, Juan Mnauel Gonzalez Cremona, Planeta, Buenos Aires, 1999.

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