Último verano en Stalingrado, novela

miércoles, 1 de agosto de 2007

Soñando noches de histeria, bares y olvidos

El flaco me mira, se muere de ganas, no es de mí, sino más bien de quien se imagina soy, de quien conoció, o más bien fantaseó hace quince años – él ya era grande, yo aún era medio niña, lo sé- imagina mi disponibilidad. Me dice tres frases acertadas, exactas, las perfectas – que nunca son dichas en noches así por la boca adecuada, eso sólo pasa en las películas de Minelli, o en las de Kazan, pero sospecho que no tenés idea de qué te hablo, por muchos motivos.
A las mujeres nos gustan los tipos que les gustan a las otras mujeres que admiramos. A los tipos les gustan las mujeres que les gustan. Son más elementales. Pero también les gustan las mujeres que ya les gustaron antes, o las amigas de las mujeres que les gustan.
A esta altura yo sé muy bien lo que es la histeria. A esta altura nadie es inocente, nadie que tenga, digamos, más de 14 o 15 años. Y si coqueteo con él es porque es una práctica, un calentamiento antes de entrar a la cancha. Antes del juego. Digámoslo así. El juego, principalmente, está planteado con mis amigas, luminosas ellas, enredadas en sus propias redes, igual que yo, igual que todos. El juego es patear el tablero, mandar casi todo al diablo, abandonar por unas horas lo aleatorio. Olvidarme que soy hiperresponsable, hiper esforzada, hiperanalítica, algo inteligente de vez en cuando, un poco culta, probablemente. Olvidarme, sobre todo de ese, que nunca pudo vivir sin mí, pero parece que está aprendiendo a gran velocidad. Del otro, que me dijo todo lo que siempre quise escuchar, que me deslumbra con su inteligencia, que ha leído más que yo, ha bebido más que yo, ha fumado más que yo, pero no sabe conquistarme y se apena tanto que me grita y se enoja, porque cometió el terrible error de enamorarse de mí no en el momento equivocado sino en la vida equivocada. De T, que huyó a través del océano porque mi cercanía lo dañaba, entre otras cosas, por mucho que le di, se lo di todo, o casi, le di lo más importante de esta vida, y eso ambos lo sabemos y por eso podemos perdonarnos, creo, casi todo. Olvidarme de S no, porque nunca nos amamos, y esos recuerdos no duelen de verdad - excepto cuando éramos tan adolescentes como para apretar toda una noche en la playa desierta aunque hiciera frío y estuviera por llover y él no era famoso y yo no sé que era, pero era mucho más linda, mucho más flaca y mucho más virgen-. Más bien de S me acordaba, me hace bien, porque siempre puedo subsanar los desencantos con una noche de relax en su spa de Palermo, con buen sexo, buenos vinos, buenos chocolates y la música, qué decir. Con eso sólo valió la pena reencontrarnos después de tantos años y este ir y venir sin consecuencias.
A vos, en esa noche, te veo más bien como a este último: buen músico, muy formado, atractivo, canchero, platense, un poco de zen, algo de Ravel, buenos tangos, demasiado té, demasiada calma, una imperiosa voluntad creativa, una autoexigencia estética compulsiva pero sin metafísica suficiente –tal vez para mí nunca sea suficiente- muchos discos, muchos viajes, todo muy cool, cariño, preciosa, qué bien la chupás, tengo sueño, mujer, - a veces llega a desesperarme esa ventana de Palermo llena de cactus y cannabis y fragmentos de pseudo obras de arte escultórico demasiado fácil para decirme nada .
Aquella vez, en la casa del famoso arquitecto francés de la pureza geométrica fue la perfección. Kawabata o Mishima, más bien Kawabata. Todo era tan bello, tan equilibrado. Esos triángulos que planteó Le Corbousier, esos recortes de cielo celeste , tantos amigos de antaño, tantos niños, por Dios, como nos hemos estado reproduciendo, o estamos viejos, o estamos amando mejor, o Dios se ha ocupado de ser inmensamente generoso con todos nosotros. Era ese piano, incluso antes que vos, era ese piano. Y esos zapatos. Y el chico de la guitarra, esa cara de bueno, esa destreza, esa humildad simple – tal vez nada de eso sea la verdad, tal vez es un estúpido engreído, un manojo de traumas, qué importancia tiene, para mí era una criatura, y tal vez sea mayor que yo, pero tocaba con una honradez que semejaba la inocencia, el placer de estar ahí, de entregar eso-.
Alguien me dijo que estaba en una de las fotos expuestas, yo no la encontré pero me alegró saberlo, porque había estado en aquel momento, uno de esos momentos luminosos de la primera juventud, seguramente con el novio equivocado – como siempre, en eso debo reconocer una extrema coherencia para el autoflagelo- pero en el show correcto, tal vez porque soy mucho más intuitiva para el arte que para el amor, ese es un dato innegable.
Como de quince años, así, sólo pensando en vos. Pero como se piensa a los treinta y pico. Pienso en mi hijo, en el futuro, en el trabajo, en lo que voy a cocinar, en el bebé de mi amiga que está enfermo, en las navidades, en los piquetes, en cortar el pasto, en mi novela. Y en vos. Pienso en otros también. Y están detrás. Detrás de tu imagen, ya borrosa, que me obligo a restituir a través de la palabra. La palabra hablada, con mis amigas, ellas se alegran por mí, porque hace mucho que no me veían así, serena, alegre, expectante, pensando en alguien que no es de mi pasado. Alguien del futuro, alguien que no es y yo me digo: que todavía no es. Por que oscilo entre saber que te tendré, al menos una noche. O que jamás te volveré a ver. O que estabas borracho, o sorprendido, o sos siempre así. En que no me registraste ni me registrás.
Pero me mirabas. Pero no sé por qué me mirabas. Porque si no tuviera estos quince me daría cuenta.
Qué ganas de besarte, lento, apenas, suave. Robarte un beso rápido, apurado, ambiguo.
Qué deseo, quemante, de unas palabras tuyas, una iniciativa, un gesto de saludo, de reconocimiento.
Mi nombre, vos diciendo mi nombre.
Pasaron los años y mil desengaños.
De esta primavera inesperada en la que te crucé ya no queda mucho, más que la conciencia de que fue posible el renacimiento.
Mortal aburrimiento al verte ayer tan borracho, tan feo, tan irreconocible, el verdadero. El tonto, dos tontos, tres tontos juntos. Un beso por acá, un beso por allá, una inclinación de cabeza, un saludo, todo dice de vos lo mismo, mortal aburrimiento, un ego intolerable, una ignorancia limitada. No sabés coger, eso lo soñé, ya no necesito ni comprobarlo. Una guarangada más y vomito, porque no es mi estilo, salvo en la cama, y para eso, hay que saber conquistar.

1 comentario:

la vida abierta dijo...

Este texto me lleva. Por momentos me detiene en una frase, en donde hago silencio, porque me gusta y me sorprende. Es algo lindo ser sorprendida por las frases. Lo releo y me vuelvo a sorprender.