Último verano en Stalingrado, novela

miércoles, 1 de agosto de 2007

Adúlteras perversiones 2

Él: Asexuado, anodino, cara de nada, o de bobo, o de ingenuo. Alguien que no puede ser imaginado gritando en la cancha, ni abrazando amorosamente a un hijo, ni agarrándose a golpes de puño con un enemigo, ni sacrificando su vida por ninguna causa, ni tarareando la melodía predilecta mientras maneja, de noche, su coche nuevo en una ruta desierta.
Ella: dispuesta a todo para retener ese vacío, esa nada que llena su vida, esa agobiante pero conocida rutina de saberse reina de un reino sin brillo ni horizonte, aunque no se sepa deseada.
Haciendo, mediante eso que no es más que un polvo mecánico, un acto animal desprovisto de belleza o de erotismo, dos cuerpos sin alma moviéndose a un ritmo que ni siquiera les pertenece ni hacen suyo, una rutina de rencor o de venganza o de cálculo, un hijo.
Un hijo que será explícitamente repudiado, por ese con cara de nada, de buenito, ese que aunque intuya las interminables consecuencias de su crueldad, de esas palabras que, al ser pronunciadas, dejarán marca, huella imborrable, igual abre su hedionda boca y habla. Una hija, quizá, que será utilizada, por su ofendida madre, herida en el orgullo, para llegar al hombre, que no es hombre, que es pura máscara de un carnaval veneciano un tanto cínico.
Sin la gracia ni la delicadeza ni la compasión de Visconti en “El Inocente”.
Y la infidelidad consentida, propiciada por ella y la desesperación de él, que lo convierte de ínsipido en cruel, les devuelve, en el espejo de su pacto, la máscara de un nuevo disfraz.

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