Último verano en Stalingrado, novela

viernes, 10 de agosto de 2007

Luchadora

Imagino noches en las que se siente irrevocablemente sola, cargando en sus hombros una mochila que pesa toneladas de abandonos e interrogantes. Imagino amaneceres angustiados, contando el mango y preguntándose cuándo llegará el alivio, el tiempo de paz, el tiempo de ella, sola en su encuentro con su vocación. Imagino cómo oscila entre la bronca y el resentimiento ante la injusticia de su lucha en solitario y el deseo de ahorrarle dolores a su hijo. Imagino, también, jornadas de enérgica alegría, de optimismo, de vagabundeos por territorios de esperanzadores horizontes. Buscando en el pasado las respuestas para el presente, aún sabiendo que detrás de algunos dolores no hay explicaciones aceptables o digeribles.
La observo, valiente, decidida, dispuesta a ganar y me deleito al verla de este modo, quizás en la plaza soleada, con la canasta y el mate, mirando a los chicos que juegan a la pelota y sintiéndose satisfecha de la bondad que siempre vislumbro en la mirada de S., que va creciendo al calor de sus contradicciones y su amoroso y generoso cuidado. Estoy segura: va a lograrlo.

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