Último verano en Stalingrado, novela

miércoles, 1 de agosto de 2007

Cartas desde "Iwo Jima" y la provincia de Buenos Aires

Un texto de marzo de 2007 que escribí, decía:
Fui a ver las “Cartas desde Iwo Jima”, la segunda versión de Clint Eastwood (la primera, “La conquista del honor”) sobre esa batalla, narrada desde el punto de vista de un joven panadero, soldado a la fuerza, del glorioso ejército imperial del Japón. El noble General que comanda las fuerzas japonesas, sus oficiales, los soldados, todos saben que están peleando una última batalla imposible de una guerra perdida. La flota japonesa ya fue vencida en la batalla de las Marianas, lo mismo que la aviación. Muchos de los soldados no quieren estar ahí, no saben por qué están ahí ni para qué cavan y cavan cuevas en la piedra, tampoco saben qué cosa son los yanquis. No necesariamente aman al Emperador, auqnue todos, sin duda, aman a sus madres, o a sus mujeres, o a sus hijos, o a sus hermanos, o a sus perros, y se deleitan - bajo el constante y atronador ruido de las bombas que arrojan los aviones, las llamaradas lacerantes de las granadas, las tormentas de balas de las ametralladoras, los castigos a tajo de katana de los oficiales a los desertores-de seguir vivos, de escribirles cartas, de recibir sus noticias. Lo mismo que los soldados norteamericanos.
Todas las madres escriben, en inglés, en japonés, en castellano, las mismas cosas: cuentan sobre cómo están los hermanos, qué hacen los vecinos, cuanto los extrañan y dan consejos sobre actuar correctamente.
Todos los soldados desean lo mismo: hacer el amor a sus mujeres, ver nacer y crecer a sus hijos, abrazar a sus padres, trabajar para sus familias. Vivir en paz y actuar con valentía.
En ambos bandos luchan chicos, de 18, quizás 20 años, muchos de ellos pobres, granjeros, obreros, panaderos.
En los dos frentes algunos luchan por obediencia. Otros luchan por su honor. Otros, por temor, desesperación, instinto de supervivencia. Todos lo hacen por sus familias, que es lo que todos los seres humanos tenemos en común: luchamos por nuestras familias.
Se sepa o no por qué se libra una batalla de una guerra, se puede hacer lo correcto o no. Hay quien mata para sobrevivir, o por miedo, o por desesperación, o por la Patria, o por probar el propio valor. Y hay quien mata por el placer de asesinar, para imponerse, para destruir al caído, al débil, al vulnerable.

Hoy tengo la impresión que se puede vejar, humillar, matar, a los pibes de la Provincia por poner el nombre un poco más grande en el cartel del teatro de revistas de la calle Corrientes. Pero la calle Corrientes no es el país. El país puede ser esa realidad desconocida que trama su venganza.

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