Último verano en Stalingrado, novela

martes, 21 de agosto de 2007

La príncesa de Eboli que hay en nuestros corazones





Ana de Mendoza y de la Cerda no fue, según la novela de Keith O’Brian (That Lady, 1946) una mujer precisamente hermosa. Sin embargo, poseía todas las cualidades de una tradicional forma de seducción femenina propia de las castellanas: orgullo, inteligencia, sentido de pertenencia, indiferencia por el que dirán, temeridad a la hora de defender sus derechos, una particular forma de vivir la devoción religiosa, capacidad de amar. Princesa de Ëboli y Duquesa de Pastrana, madre de nueve hijos- de los que sobrevivieron hasta llegar a adultos seis-y viuda de Ruy Gómez de Silva, - caballero portugués y uno de los más influyentes consejeros de la Corte española de Felipe II-, amante de Antonio Pérez, discípulo y sucesor de su marido, condenada a una muerte en vida por el Rey, acusada de haber sido infiel a su esposo y haber traicionado a la Corona aliándose con Don Juan, el hermano del constructor del El Escorial. Ana, con su rostro de tuerta que realza su defecto mediante el uso de un elegante parche de seda, como si conociera el consejo que sugiere T. Capote en Desayuno en Tiffany’s respecto a subrayar, en lugar de ocultar nuestros defectos, sigue generando controversias y pasiones. De acuerdo a la novela de O’Brien, me atrevería a decir que en el corazón de toda mujer intrépida crece algo de la Princesa de Eboli, aunque no siempre florezca y aunque se coloquen rejas que impiden el paseo por los fértiles viñedos de Pastrana.

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