Último verano en Stalingrado, novela

miércoles, 1 de agosto de 2007

Las chicas

Todas tenemos nuestras "las chicas". A veces las chicas tienen 15 años y en ocasiones, 70, pero siempre son "las chicas".
Los hombres que se asoman a este fenómeno sonríen, desconfiados o haciendo burla. Lo bien que hacen.
Si han existido tantos filósofos, escritores, artistas y sacerdotes horrorizados, muertos de curiosidad, apasionados, escandalizados o enamorados ante el misterio de lo femenino, es porque sospechan que nunca accederán realmente al monstruoso, gozoso y nutriente mundo femenino.
¿Qué verían allí, si se les permitiera ingresar a la Bona Dea?
La reiteración del ritual del aquelarre, la catártica exploración del detalle frívolo o perverso en la conversación, la despiadada crítica hacia los hombres que no son los hijos o el padre (pues en estos casos, la crítica no es despiadada, está sobrecogida de amor y dispuesta a justificarlo casi todo), el pensamiento laberíntico que no se decide a desatar el hilo de Ariadna porque no quiere asesinar al Minotauro. Un coctel de mailicia y compasión, de desdeñosa distancia al pensamiento analítico, una caprichosa vocación por lo vital.
Y las chicas, en su rotundo esplendor, brindando con una copa de vino y una sonrisa audaz.

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