miércoles, 17 de abril de 2019

Demasiado hombres

"En mi trato con las mujeres, entonces, 
fui el abanderado de la enseñanza que recibí: 
amor es lo que falta".
(Daniel Guebel, El hijo judío)

Me piden que presente un libro de un autor a quien admiro, pero no conozco personalmente. He leído algo de su obra, pero no este libro, y tampoco lo que, en apariencia, él considera más importante, a juzgar por los mensajes que me hacen llegar, y las entrevistas que leo en mi pesquisa, tratando de averiguar quién es el escritor, el narrador detrás del personaje, ya que no la persona.
Se declara misántropo y compartimos algunas quejas: se queja de la academia, el esnobismo, ciertas reglas de juego de la sociedad culta, burguesa, actual.
Culpa a la madre, odia al padre, ambos lo conmueven.
Se declara frío, Casanova, temeroso de causar sufrimiento en el amor, culpa del padre y de cómo le hizo ver de chico que ya no amaba a su madre y que iba a abandonarlos, a todos, a la familia.
Como si dijera que los padres, cuando ya no aman a las mujeres con las que han tenido hijos, abandonan también a esos hijos.
Eso me hace pensar en algunos hombres que conozco, y en mi propio padre, y en el padre de mi hijo, y en algún hombre que amé y con el que fantaseé con tener hijos.
¿Las madres siempre somos culpables de todo, incluso, de no haber podido retener el amor de los padres de nuestros hijos, a los ojos de algunos hijos? O peor, ¿de no haber amado lo bastante a los padres, al punto de sacrificarles todo en altares en los que los hijos puedan seguir practicando el culto, sin verlos caer, ni caídos, ni impotentes, ni débiles, ni quebrados, ni muertos, como a veces, muchas veces, están?
Le escribo a M y le hago un reclamo light, descafeinado, vegano, como el vínculo que tuvimos. Más por mí que por él, como para comprobar si ha sido real, si realmente compartimos algo. Busco en esas palabras construir una suerte de "the end", o quizás una forma de cerrar algo anterior, algo con alguien con quien no puedo hablar, y con quien ninguna palabra es light, ni suave, ni tierna. Con ese hombre todos los intercambios fueron como un diálogo entre personas que hablan lenguas diferentes, pero aparentan entenderse, para luego comprobar que todo lo que pueden decirse raspa, duele, conmueve. Pero está vivo.
Y la vida es algo a lo que aferrarse con determinación, a pesar incluso de los rechazos, mientras somos arrojadas a la muerte, que nos aguarda irremediablemente.
Con algunos hombres es como si volviéramos a nacer, mientras ellos nos expulsan, nosotras peleamos por quedarnos, y cuando intentan retenernos, nos parimos y pasamos por el canal de parto luchando para alcanzar esas bocanadas de mundo que llenarán nuestros pulmones de nuevo.
Y juzgamos con dureza, porque no supieron o no quisieron elegirnos, pero sobre todo, porque no supimos cómo hacernos amar, sin quizá aceptar que son hombres demasiado hombres que están muy ocupados en resolver -en su forma de relacionarse con con el amor- sus duelos con sus padres, como Kafka, como G, como tantos más.



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