Último verano en Stalingrado, novela

martes, 27 de noviembre de 2007

Otras cosas

Estoy leyendo bibliografía setentista. Al menos así la califica una compañera de trabajo que observa un libro que ha quedado sobre el escritorio. Releo libros que leí hace muchos o pocos años. Frente a mis ojos, desfilan cadáveres de veinte y treinta años. Me embarga la curiosidad y la amargura. No entiendo el relato o quizá lo entiendo demasiado. Buenos y malos escritores narran la guerra, la pasión, la traición y la muerte. Miles de jóvenes se suicidan o son asesinados y los escribas se regodean dando a entender que han investigado, bebido de fuentes confiables, hurgando en las heridas de los muertos de los otros y los propios. Conozco personalmente a algunos de los protagonistas, tengo para mí otras versiones de sus hijos, o hermanos o amigos, sobrevivientes, pero la letra de molde fija la locura, la valentía o la estupidez. Juzga a la distancia, con compasión, simpatía o desprecio.
Voy en el micro y no puedo parar de leer lo que ya leído hasta el hartazgo y no veo por la ventanilla el desfile de los otros condenados, hundidos en el hedor y la desesperación de la pobreza, que es la muerte sin heroismo de este mundo.
Vivo en un país donde el poder se ha disputado siempre a los tiros. A veces los tiros penetran en la carne de los niños y los jóvenes, a veces es más solapado y se mata lentamente de hambre, de miedo o de desesperanza.
Todo es violento y yo pretendo huir hacia una fuga protectora. No quiero saber más. Escucho música en mi MP3, pretendo que Los Beattles o Calamaro me defiendan. Me digo a mí misma: no seas antigua.
Quiero escribir otras palabras. Pensaba hablar de la fiesta de S, de los costillares que invitaban a la gula y la lujuria; la risa amistosa en la que se descansa; mi conversación con R sobre una serie inglesa policial; los chicos preparando los tragos; F recuperada de su melancólico extravío amoroso; E y sus análisis políticos; L y las anécdotas de sus hijos; los frutales que hay en el fondo de la quinta e invitan al descanso, la luna del tamaño de un sol que ilumina la noche.
Pero incluso así, estaría hablando de otra cosa.

1 comentario:

la vida abierta dijo...

Me gusta la redundancia de "huir hacia una fuga protectora", como si hubiera que repetir tres veces la fuga.