Último verano en Stalingrado, novela

lunes, 3 de diciembre de 2007

No quiero ser Inés

No recuerdo si lo leí o si me lo contaron: al parecer, cuando Virginia Woolf leyó la primera parte de "En busca del tiempo perdido" decidió que después de leer a Proust no tenía sentido que ella siguiera escribiendo. Al lado de Proust, cualquier cosa que escribiera era una basura.
A veces leyendo a Cecilia, me pasa algo parecido.
Uno puede elegir distintos escudos para defenderse de la falta de talento: no tengo tiempo, no tengo formación. Pero a esta altura, cuando ella escribe (Cecilia, que alguna vez en mi discurso fue "Cecilita", por una curiosa ósmosis verbal y ya nunca vovlerá a serlo porque se me ha revelado, primero y ya hace algunos años como toda una mujer, y hace un tiempo como una escritora) "Empezar el día con un límite tan temprano parecía llenarla de energía. El día se abría a sus pies con la promesa de muchos límites más, repleto de abundancia" o "Quise ser para ella un límite incumplido", cualquier cosa que yo escriba me parece estúpida, vacía, sin comentarios.
Sin embargo, y a la vez, no seré Inés. No puedo serlo. Yo también, cuando engordo, engordo todo en el culo. Así que, en este caso, Cecilia estimula mis ganas de sentarme en la compu y seguir trajinando, aun a costa de que mi culo se termine convirtiendo en inmensa masa amorfa e ilimitada.
¿Dudas? Leer la "Vida abierta".

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