Último verano en Stalingrado, novela

lunes, 3 de diciembre de 2007

Las chicas

Estábamos bastante entonadas, nos pisábamos las palabras como si temiéramos, al callar, no ya que se nos escapara la idea, sino la noche, el encuentro, la posibilidad misma de sabernos juntas. Pasamos revista a todos los tópicos clásicos de nuestra complicidad, y por supuesto, nos instalamos en el tema de los hijos con la comodidad de quien llega a casa, se saca los tacos y pisa con la palma liberada los mosaicos fríos. Nos interrogamos sobre pañales, tampones y dudas existenciales; escuelas, edipos y dolores de parto. Sobre el cansancio, los arrumacos nocturnos de nuestros niños que de día nos descalifican y se rebelan. Hablamos del olor embriagador de la piel de los bebés, los métodos anticonceptivos, la frecuencia de sexo con nuestras parejas, nuestra insatisfacción, nuestros comentarios resumidos en "contentas con poco".
Esa noche yo iba y venía de la conversación, me sabía lejos, en mi mundito de tortuosos laberintos. Al final me relajé.Con ellas estoy en casa, aunque nuestras casas sean tan diferentes.

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