Último verano en Stalingrado, novela

domingo, 23 de diciembre de 2007

Mis demonios

Intento escribir y no puedo. Una serie de distracciones se precipita: el ruido del lavarropas indica que ha terminado su ciclo. Debo negociar con mi hijo el uso de la computadora. Suena el teléfono. Mi esposo me habla de cosas de otro mundo. Resoplo, me enojo, protesto una queja que se hace incomprensible para los otros.
Quería tener un estudio y una computadora con banda ancha. Entonces, pensaba, escribir será fácil. Como si pudiera crear con lo tectónico, lo tangible, el tiempo y la intimidad. Sé que ese pensamiento era una tontería, y lo sé porque ahora tengo mi estudio y mi banda ancha, pero no lo demás.
Daría cualquier cosa por estar sola una tarde, me digo. Y no caer rendida de cansancio, no usar ese tiempo de soledad para limpiar, planchar, hacer mandados –aunque nadie me “manda” a comprar, me manda en todo caso un diablito que tengo que me dice: sos una madre, sos una esposa, sos una ama de casa, sos una laburante–. No hay manera de hacerlo callar.
Además me pongo nerviosa porque espero visita, y las vistas son una distracción más con la cual no contaba. Aunque en realidad todas las distracciones son inesperadas. A veces, cuando trabajo en textos ajenos, me posee otro demonio tiránico y hostil que desearía que estuviera ahora presente. Todo lo gregario desaparece en su presencia, nada me interrumpe ni me distrae. Así me gano la vida: como un demonio que no pierde un minuto en tonterías.
No sé qué tienen en común, pero entre los dos se ocupan de que mi vida sea útil, servicial y apurada.
Tal vez esa sea mi idea del Paraíso. Una eternidad sin diablitos que me roben el tiempo.

1 comentario:

la vida abierta dijo...

Es cierto, las distracciones siempre son inesperadas y se precipitan. No sé qué hace que uno a veces les de lugar y a veces no. Quizás estamos más acostumbrados a obedecer las obligaciones y menos los deseos.