Último verano en Stalingrado, novela

lunes, 17 de febrero de 2014

Ron Mueck y la metáfora encubierta

Vamos con R, S y J a ver la muestra del artista australiano Ron Mueck, en Buenos Aires. Más precisamente, en La Boca.
Considerado como uno de los artistas más destacados del llamado hiperrealismo, Ron Mueck creció "en la fábrica de juguetes de su padre, de ahí trabajando desde televisión, efectos especiales en películas, hasta imágenes animadas en publicidad, hasta que llega a ser escultor a tiempo completo." (Fuente: Taller de Crítica Cultural)
 ¿Es acaso el hiperrealismo, o el realismo, sinónimo de "realidad"? ¿Cuántas veces la historia del arte y la crítica cultural se hacen, hicieron y harán estas preguntas? ¿Hay algo objetivo, acaso, que pueda ser captado, representado, subjetivado por vía sensorial?
Woman with shopping, 2013
El nivel de detalle en las obras de Mueck es realmente impactante. Como los tamaños. Nada hay de real en la pareja gigante de ancianos en la playa, cuyos cuerpos viejos y relajados parecen conocerse y sostenerse con el entendimiento la materia que se acomoda en el espacio vacío, de la materialidad que sabe, como la escultura de Mueck, más de sí que el propio discurso acerca del cuerpo. Y asombrados, nosotros, ante la maravilla de estas obras, exclamamos: "¡Parecen reales, cómo si los pudieras tocar!". Creemos en ellos, como de niños creemos en los juguetes, y su capacidad de trasladarnos a otros mundos. Entonces nos detenemos ante los poros de la piel en la cabeza gigante, los pelos, las pestañas, las arrugas en unos labios que ningún ser humano tendría, tan solo por lo irreal, (pero tan verosímil, casi palpable)de su desmesurado tamaño...
Man in boat, 2002.
¿Acaso hay realismo en la mujer del afiche que desnuda, cual deidad dionisíaca o enferma mental campesina, carga ese hato de ramas que laceran su piel, blanquísima?
La desolación que surge en la desproporción de tamaños, en la desnudez y en la posición encorvada, entregada, del hombre del bote, no es acaso toda una propuesta estética que no se ajusta a ninguna otra realidad que no sea la del diálogo entre el artista y el espectador por medio de su obra?

La mirada algo ausente de la mujer que carga a su bebé por delante, sin comunicarse con él con la mirada, mientras porta las bolsas de la compra, tan urbana, tan perdida, tan sola en su ensimismamiento...El gesto impotente y sorprendido del adolescente herido que sangra, el chico negro que parece haber sido cortado en una pelea callejera, suspendido para siempre en la eternidad del momento...Casi un arquetipo del guerrero urbano actual, que debe sobrevivir a la violencia. (De paso, respecto al montaje y la curaduría, ¿no está mal montada esta obra que no se puede recorrer en su totalidad, o se trata de un requerimiento del artista?)
¿No hay algo de happening en lo que ocurre en las salas de la Fundación Proa, en los movimientos, poses y expresiones del público que, como cuerpos al fin, intervienen el espacio lo mismo que las esculturas pequeñas o gigantes?
Drift, a la deriva, 2009.
¿Y es posible una obra como esta, Drift,  en el arte occidental, que no remita a una crucifixión? El crucificado  humano y del sacrificio del pollo (Still life, 2009), ¿qué vemos sino la pura metáfora y la contundencia material que la vehiculiza?
Nos hacemos estas preguntas, lo mismo que nos preguntamos por la técnica, por la vida del artista, por las cosas que nos pasan al recorrer la muestra. Observamos las figuras que encarnan instantes en la eternidad de momentos tan distintos de la vida: nacimiento, adolescencia, juventud, adultez, maternidad, vejez...Soledad, algo de la desmesura de la locura de quien se entrega a lo salvaje en la naturaleza.
Nada es igual, y aunque apenas lo notemos, algo en el mundo ha cambiado, hay obra, hay nuevos mundos. Reales, imaginados, imaginarios, proyectados. Porque como dice una cita que utilizan en la muestra, sabido es que "Dios y el Diablo están en los detalles. Según afirma el crítico Robert Storr, curador de la muestra, "el verosímil nos toca demasiado de cerca."

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