La narración del viaje que acabo de concluir no es posible en un blog. Tendría que reducir a pocas palabras una interminable serie de acontecimientos peripatéticos. ¡¡¡Y estoy tan cansada!!! Podría decir: viernes, 20 hs, salida en colectivo desde Buenos Aires hacia Tucumán. Naufragio (Lost) en Zárate un par de horas después. Doce horas de densa niebla. ("The Fog", "After hours" y "El día de la marmota" se vuelven reales). Seres humanos. Olores humanos, hedores humanos, angustias, conflictos, ambiciones, solidaridades, libros que van y viene, un par de malas películas, el agua del mate se acaba. La comida se acaba. La paciencia se acaba (de los camioneros, los pasajeros de mi micro, el mundo entero, con sus miserias y bellezas, entrampado en ese vehículo tan finito). Se acaban las baterías de las laptop y los celulares. Crisis de abstinencia tech. ( Por suerte están Bioy Casares y Freud en el portafolio. Música). Tucumán: 34 horas después de partir. 20 horas después de lo previsto. ¡Qué país gigantesco! La cumbre. Dos horas de sueño. Algunos brasileros, algunos uruguayos, pocos (poquísimos) bolivianos. Domingo vertiginoso. Política. Hambre, malhumor, cansancio, militancia, lucha. Pobreza. Lunes, 6 de la mañana, arriba muchachas. Aeropuerto. Avión. Buenos Aires. Hoy.
Termino por creer que alguien alteró una mariposa, La Plata ya no existe. Nunca podré volver ni a mi casa ni a los que más amo.
caprichos de palabras y colores para navegantes... "La palabra humana es como una caldera rota en la que tocamos melodías para que bailen los osos, cuando quisiéramos conmover a las estrellas". (G. Flaubert). Mis libros de narrativa publicados: la novela Último verano en Stalingrado (Grupo Editorial Sur, 2014); Alma rusa (Edulp, 2020, crónicas) y Yegua (Cuero, 2021, cuentos)
Etiquetas
abortos
Alma rusa
Amantes
América Latina
Amigas
Amigos
amigxs
animales
Artistas e imágenes
ASPO
Bibliotecas
Biografías
Cada día tiene su afán
canciones
Cine
Citas
Comunicación
Comunicación/Educación
Concursos
correspondencia con amigos
Crónicas post ballotage
Crónicas del Fin de los días más felices
Cuarentena
Cuentos
Cuerpo
Cultura
danza
De los blogs que me interesan
Del oficio de escribir
Edición
educación
Educativas
El Año que vivimos en peligro
Enfermedad
Ensayo
entrevistas
Eros
Estudios culturales
Exposiciones y espectáculos
feminismo
ficcionarias
FOXP2
fútbol
FX
Genocidio
hijos
Hispania Sefarad Iberoamericanos
Ideológicas
Impresiones
infancias
jardines
Kirchnerismo
La humanidad progresa
La Plata
Lecturas y escritores
Lo que la inundación nos dejó
Madres
Madres-padres-hijos
MemoriaVerdadyJusticia
Microrrelato
Mujeres
Música
Norteamericana
Novela
padres
pandemia
pedagogías
peronismo
Poder
Poesía
Política
Psique
Redes
Religiones
Reseñas
Retratos caprichosos
Sci fi
Serie homenaje a escritores
Series
Sion
Teatro
Televisión
Urbanas
Viajes
violencia
lunes, 30 de junio de 2008
Nunca es fácil llegar a casa 2
lunes, 23 de junio de 2008
"La yanqui"
La busco googleando un tanto insistentemente. Una vez que la encuentro, le mando unos correos y ella me contesta. ¿Por qué la insistencia? No es, desde ya, por cumplir con el compromiso establecido con las demás. Me impulsa, en verdad, la sospecha de que hubiéramos podido ser amigas en aquella otra vida de la adolescencia, pero no lo fuimos.
Con algo de soberbia, creo que quizá a ella le ocurrió lo mismo. No supimos mucho la una de la otra, de nuestros mutuos deseos o preocupaciones, de los mundos que habitábamos y, sin embargo, existía algo como un mutuo respeto, una curiosidad que quedó sin germinar.
A mí me daba la impresión que su vida de viajera, de continente en continente, la volvía especial. Su poesión de al menos dos idiomas, su infancia extranjera, hacían que el mundo para ella portara significados muy diferentes a los míos. Quizá todavía se sentía un tanto extranjera, quizá eso lo reforzara, apartándola, el apodo de "yanqui" que otras le endilgaban. A mi no me gustaba, me parecía que creaba distancia. Yo la llamaba "Andrea" a secas, o, a veces, le agregaba el apellido. Siempre me pareció muy inteligente y eso me causaba respeto, lo mismo que su apartamiento, que no sé si era decidido o impuesto, si le causaba dolor o le era natural.
Como yo odiaba a "los yanquis", me daba la impresión que ella se disculpaba por haber nacido y vivido allá.
Hoy le diría que era una tontería, un pequeño pecado de juventud. Y que le agradezco su honestidad, su manera amable de tenderme un puente. Me entero que está a punto de cruzar un umbral, está por dar a luz, y lo escribo así porque no hay otra forma más precisa de decirlo.
Aunque ella hable con facilidad la lengua del imperio y de la ciencia y yo apenes balbuceo una argentina disculpa.
Con algo de soberbia, creo que quizá a ella le ocurrió lo mismo. No supimos mucho la una de la otra, de nuestros mutuos deseos o preocupaciones, de los mundos que habitábamos y, sin embargo, existía algo como un mutuo respeto, una curiosidad que quedó sin germinar.
A mí me daba la impresión que su vida de viajera, de continente en continente, la volvía especial. Su poesión de al menos dos idiomas, su infancia extranjera, hacían que el mundo para ella portara significados muy diferentes a los míos. Quizá todavía se sentía un tanto extranjera, quizá eso lo reforzara, apartándola, el apodo de "yanqui" que otras le endilgaban. A mi no me gustaba, me parecía que creaba distancia. Yo la llamaba "Andrea" a secas, o, a veces, le agregaba el apellido. Siempre me pareció muy inteligente y eso me causaba respeto, lo mismo que su apartamiento, que no sé si era decidido o impuesto, si le causaba dolor o le era natural.
Como yo odiaba a "los yanquis", me daba la impresión que ella se disculpaba por haber nacido y vivido allá.
Hoy le diría que era una tontería, un pequeño pecado de juventud. Y que le agradezco su honestidad, su manera amable de tenderme un puente. Me entero que está a punto de cruzar un umbral, está por dar a luz, y lo escribo así porque no hay otra forma más precisa de decirlo.
Aunque ella hable con facilidad la lengua del imperio y de la ciencia y yo apenes balbuceo una argentina disculpa.
Etiquetas:
Mujeres,
Retratos caprichosos
lunes, 2 de junio de 2008
Una vida, mil vidas (el recuerdo de las muchachas en flor)

Me invitaron a una reunión por los 20 años de egresadas de la secundaria y cometí la imprudencia de asistir. No sabía a qué iba, pensé que sería una especie de fiesta. Al llegar me di cuenta que era un primer encuentro para comenzar a organizar, sucesivamente, varios encuentros más que terminarían por convertirse en una fiesta.
Así que allí, remontando con pereza y algunas reservas los últimos tramos de la treintena, me enfrenté de golpe, con confundida percepción, a que mi vida no me pertenece del todo, y es una en cientos, en miles. Llevada por la ansiedad y un cierto deseo de colaborar en una iniciativa colectiva, cometí el segundo error y me ofrecí a oficiar como una especie de conectora virtual entre personas que recuerdo vagamente, personas que creo no haber conocido jamás y me conocen, personas que no tienen la menor idea de quién soy pero se alegran de recibir mis correos, como yo los de ellas, y amigas que forman parte del presente y sin duda habitarán el futuro, al menos, como recuerdos.
De este modo, me encuentro navegando entre países y ciudades, pasados y futuros, niñas y adolescentes tristes, malvadas, curiosas, humilladas, triunfantes, soberbias, arremetedoras, elitistas, solidarias, cancheras, lindas, no tan lindas, horrendas, y mujeres (idem). Todas ellas son yo misma y yo las espejo como ellas me reflejan, nos guste o no, recordemos o no.
Sin duda las habrá de las que nunca sabré qué hicieron luego de aquellos años, intensos, caóticos y felices para mí. Se han perdido, tal vez escapando de miedos y fantasmas, o de crueldades de las que fueron objeto, o indiferencias denigrantes, en la inmensidad del mundo. Y van y vienen, como olas, en boca de las otras que las nombran o enmudecen, según sea el caso.
Así que allí, remontando con pereza y algunas reservas los últimos tramos de la treintena, me enfrenté de golpe, con confundida percepción, a que mi vida no me pertenece del todo, y es una en cientos, en miles. Llevada por la ansiedad y un cierto deseo de colaborar en una iniciativa colectiva, cometí el segundo error y me ofrecí a oficiar como una especie de conectora virtual entre personas que recuerdo vagamente, personas que creo no haber conocido jamás y me conocen, personas que no tienen la menor idea de quién soy pero se alegran de recibir mis correos, como yo los de ellas, y amigas que forman parte del presente y sin duda habitarán el futuro, al menos, como recuerdos.
De este modo, me encuentro navegando entre países y ciudades, pasados y futuros, niñas y adolescentes tristes, malvadas, curiosas, humilladas, triunfantes, soberbias, arremetedoras, elitistas, solidarias, cancheras, lindas, no tan lindas, horrendas, y mujeres (idem). Todas ellas son yo misma y yo las espejo como ellas me reflejan, nos guste o no, recordemos o no.
Sin duda las habrá de las que nunca sabré qué hicieron luego de aquellos años, intensos, caóticos y felices para mí. Se han perdido, tal vez escapando de miedos y fantasmas, o de crueldades de las que fueron objeto, o indiferencias denigrantes, en la inmensidad del mundo. Y van y vienen, como olas, en boca de las otras que las nombran o enmudecen, según sea el caso.
Etiquetas:
Impresiones,
Mujeres
domingo, 18 de mayo de 2008
Justicia para Andrómaca

Mirábamos una mala versión de la guerra de Troya. No me gusta para nada Brad Pitt haciendo de Aquiles. Con esa cara perfectita que no puede inspirar nunca lo que encarna para mí el Héroe colérico, cuya furia desencadena la tragedia. A no está de acuerdo. Según él, Pitt está bien en ese papel. La tragedia, me dice, la desencadena el rapto de Helena. No es exacto, insisto. Es cierto que la belleza irresistible de ella es el primer hecho trágico. ¿Pero hay acaso algo más trágico que la muerte de Héctor? Aquiles, le digo, encarna al héroe primitivo. Es más "bárbaro" que los bárbaros de Ilión. A sostiene que encarna a Occidente. No, le digo. Agamenón es Occidente: su voracidad de conquista, su ansia de dominación, su estrategia, el engaño, la voluntad de poder, la guerra al servicio de la política. Aquiles es el héroe antiguo, que desaparece. La sed de gloria, el desafío a los dioses y la aceptación de las consecuencias. Agamenón, en cambio, es ateo. No cree en los dioses. No hay nada más triste, insisto, que el destino de Andrómaca. Andrómaca es todas las mujeres en las guerras. Es la mujer que llora al marido, al padre, al hijo, a la ciudad. Es la que viola el conquistador. Es la que asesina la esposa del secuestrador. Es la desterrada, la exiliada, la que no tiene patria ni amigos. La que ve arrastrar y humillar el cuerpo sin vida de su esposo y del padre de su hijo, de su protector y del verdadero héroe. La que ve arrojar el cuerpo de su hijo desde las murallas de Ilión. No hay otra figura tan trágica, me empecino. Y me dan ganas de hacerle justicia a Andrómaca.
Etiquetas:
Cine,
Madres-padres-hijos,
Mujeres
Hoy le doy la espalda a su mundo de rencor

Anoche salimos con A y unos amigos. La salida -que, ciertamente, impuse yo- iba a ser sólo entre nosotros, pero me alegro de que proponga incorporar a C y a N, no intuyo que eso esconde su miedo de encontrarse conmigo. En el teatro, yo percibo que empieza a molestarse, pero decido ignorarlo. Algún día tendrá que ponerle palabras a sus temores y a su deseo, abandonar esa cómoda postura de censurarme con una sonrisa estática y multiforme. Hay varias cosas que pueden explicar esa tensión en la mirada que me soslaya, como si fuera invisible: que converse alegremente con mis amigos; que él no converse con sus amigos; que se expongan momentos de una vida que yo tuve con otros y otras en la cual él no tenía presencia, lo que dota de materialidad no mi existencia sino su ausencia; que en lugar de decodificar rápidamente su tibia negativa a subir a las gradas del teatro, me deje guiar por la voluntad de compartir con C y N la elección del asiento, creyendo que de este modo también lo complazco. También puede estar molestándole que no sepa interpretar su lenguaje mudo, su ambigüedad y su rechazo por la forma de lo social, lo colectivo. Que mi pecho se hinche de alegría al estar en otros y con otros, que la curiosidad sea una fuerza expansiva y poderosa en mi naturaleza, mientras que a él lo impulsa lo cerrado, lo pequeño e íntimo.
No imagino el alcance, la tortuosidad de su rencor y lo que yo creía era una molestia transitoria, finalizada aun antes de tomar la forma del enojo, se convierte en un reproche que no tiene regreso. Volvemos a casa sin hablarnos, ambos decepcionados, sin haber ido a donde yo quería por ir a donde él deseaba y, sin embargo, siempre resulto culpable de haberle inflingido algún desprecio. En el mundo que él habita, debo rendirle pleitesía a su deseo, luego de adivinarlo, y ser completamente suya en la forma, en la palabra y en el acto. En el mundo mío a veces somos dos, y otras somos muchos, y no todo está planificado para dañar su voluntad de poseer y de mandar. Me rebelo frente a eso y se me aparece el fantasma de su padre, autoritario y cínico. Lo veo en una madurez de rumiante de soledad y rencor y no me gustaría estar allí cuando suceda. Huyo hacia mi interior y lo abandono, que se quede ahí, que se debata y luche con sus enemigos. Que me deje en paz. Así jamás me tendrá, y me dan ganas de darle la espalda.
No imagino el alcance, la tortuosidad de su rencor y lo que yo creía era una molestia transitoria, finalizada aun antes de tomar la forma del enojo, se convierte en un reproche que no tiene regreso. Volvemos a casa sin hablarnos, ambos decepcionados, sin haber ido a donde yo quería por ir a donde él deseaba y, sin embargo, siempre resulto culpable de haberle inflingido algún desprecio. En el mundo que él habita, debo rendirle pleitesía a su deseo, luego de adivinarlo, y ser completamente suya en la forma, en la palabra y en el acto. En el mundo mío a veces somos dos, y otras somos muchos, y no todo está planificado para dañar su voluntad de poseer y de mandar. Me rebelo frente a eso y se me aparece el fantasma de su padre, autoritario y cínico. Lo veo en una madurez de rumiante de soledad y rencor y no me gustaría estar allí cuando suceda. Huyo hacia mi interior y lo abandono, que se quede ahí, que se debata y luche con sus enemigos. Que me deje en paz. Así jamás me tendrá, y me dan ganas de darle la espalda.
viernes, 2 de mayo de 2008
La desmemoria
Cuando nos vemos, nos evitamos, hacemos como si no nos conociéramos, fingimos demencia. Y eso está muy bien. Nos pica quizá un poco la curiosidad, pero la evadimos, como si intuyéramos que saber del otro, o no saber, no agregaría ya nada. Yo no quiero discutir con A., entonces he decidido que hay cosas que nunca ocurrieron, porque le duelen, o quizá, porque me han dolido o avergonzado a mí.
Con M. es diferente, porque cada tanto ella lo menciona, lo trae al presente, y eso le da entidad a un pasado que tiene tantos laberintos en los cuales yo, tarde o temprano, me pierdo. Pero el humor conduce a la salida, porque la amistad necesita del humor para no volverse densa como una roca inherte.
De este modo, entonces, hay sitios que no existen, bandas que no tocan, correos que no abro, canciones que no escucho. Ignoro si he seguido existiendo para él (bajo la forma del rencor, del recuerdo o el enigma) pero tampoco me importa. Cuando nuestras miradas se cruzan, porque la materialidad de los cuerpos es algo que se puede imponer a veces, hay un brillo peculiar, como una acusación, como un reproche, que dura segundos y desaparece, hundiéndose tal vez en el lago pacificador de la desmemoria que hemos construido para seguir adelante.
Con M. es diferente, porque cada tanto ella lo menciona, lo trae al presente, y eso le da entidad a un pasado que tiene tantos laberintos en los cuales yo, tarde o temprano, me pierdo. Pero el humor conduce a la salida, porque la amistad necesita del humor para no volverse densa como una roca inherte.
De este modo, entonces, hay sitios que no existen, bandas que no tocan, correos que no abro, canciones que no escucho. Ignoro si he seguido existiendo para él (bajo la forma del rencor, del recuerdo o el enigma) pero tampoco me importa. Cuando nuestras miradas se cruzan, porque la materialidad de los cuerpos es algo que se puede imponer a veces, hay un brillo peculiar, como una acusación, como un reproche, que dura segundos y desaparece, hundiéndose tal vez en el lago pacificador de la desmemoria que hemos construido para seguir adelante.
Etiquetas:
Amantes,
Impresiones
Fealdad desesperada


Una desesperada fealdad puede sobrellevarse en la niñez, la adultez o la vejez, quizá. Hasta puede reconvertirse en otros atractivos: una seductora simpatía, una sofisticada inteligencia, una pasión arrolladora, pueden, en ocasiones, hacer nacer a la mujer de la joven fea. Sin embargo, concibo pocas cosas tan crueles como una adolescente completamente fea. Esta situación anula hasta mi apresurado axioma que dice que la juventud siempre es bella. Como si no alcanzara con esta injusticia de la naturaleza o la genética, se le viene a sumar a tal desintelgencia y despropósito la morbosa crueldad de las compañeras.
Me acuerdo de M.: allí, sentada en el aula, rodeada de las lindas y las exitosas (y por eso aun más sola), que eran como gallinas cocoreando de pura maldad. Ella, desafiando los límites de su cara imposible y de su cuerpo indeseable, se acostó con un tipo y lo contó a los cuatro vientos. Los trece o catorce años de las otras se excitan y se regodean en el detalle, torturan a preguntas, castigan, señalan y se burlan de la fea, como un corro de demonios desatados. M. quizá también, a su modo, goza. Por fin ha logrado hacerse visible entre sus pares. Hasta ese día, entraba al aula con la cabeza gacha, ocultando una nariz que se le pegaba a la boca, recogiéndose el magro, crespo e indisciplinado pelo con hebillitas a la moda, como para parecerse a las demás.¿Cómo entra? ¿Cómo sale? ¿Te dolió?, insisten las muy yegüas, y se tapan las boquitas perfectas pintadas con brillito rosado, para que ella no pueda evitar ver cómo se burlan, pero como si intentaran ocultarlo.¿Dónde lo conociste? ¿Estás de novia?, cacarean las muy perversas, exponiendo su desconfianza de que alguien pueda quererla, sabiendo de antemano que un turro se aprovechó de la fea.
Deseo que haya algo de justicia y que estas gallinas desvergonzadas, gozadas sin haber gozado jamás, caminen por ahí portando excesos de grasa y de arrugas y se crucen con un M. sonriente, que camine de la mano de un hombre tan bello como las ganas de gustar y ser amada de una adolescente fea.
Me acuerdo de M.: allí, sentada en el aula, rodeada de las lindas y las exitosas (y por eso aun más sola), que eran como gallinas cocoreando de pura maldad. Ella, desafiando los límites de su cara imposible y de su cuerpo indeseable, se acostó con un tipo y lo contó a los cuatro vientos. Los trece o catorce años de las otras se excitan y se regodean en el detalle, torturan a preguntas, castigan, señalan y se burlan de la fea, como un corro de demonios desatados. M. quizá también, a su modo, goza. Por fin ha logrado hacerse visible entre sus pares. Hasta ese día, entraba al aula con la cabeza gacha, ocultando una nariz que se le pegaba a la boca, recogiéndose el magro, crespo e indisciplinado pelo con hebillitas a la moda, como para parecerse a las demás.¿Cómo entra? ¿Cómo sale? ¿Te dolió?, insisten las muy yegüas, y se tapan las boquitas perfectas pintadas con brillito rosado, para que ella no pueda evitar ver cómo se burlan, pero como si intentaran ocultarlo.¿Dónde lo conociste? ¿Estás de novia?, cacarean las muy perversas, exponiendo su desconfianza de que alguien pueda quererla, sabiendo de antemano que un turro se aprovechó de la fea.
Deseo que haya algo de justicia y que estas gallinas desvergonzadas, gozadas sin haber gozado jamás, caminen por ahí portando excesos de grasa y de arrugas y se crucen con un M. sonriente, que camine de la mano de un hombre tan bello como las ganas de gustar y ser amada de una adolescente fea.
Etiquetas:
Mujeres,
Retratos caprichosos
martes, 22 de abril de 2008
Nosotros y los otros, una y otra vez

Cuando alguien me pregunta acerca de las relaciones entre mis amigos, siempre terminamos por bordear los sinuosos límites de un cierto escándalo.
La inocente pregunta ¿desde cuándo conocés a Fulano?, puede derivar en intrincadas explicaciones de vínculos amorosos en los que el pasado se enrieda con el presente. El futuro, como no existe fuera del deseo o la pesadilla, todavía es un espacio desconocido en el cual no hace falta recurrir a la historia. Generalmente, desde una privilegiada posición de narradora, yo elijo la descripción desde afuera. Y si el interrogador no pretende llegar más allá de una formal curiosidad, las cosas quedan allí. A fulano lo conozco desde la secundaria (es un recurso para instalar la palabra en un plano temporal, que si bien puede implicar adolescencia, caprichos, amores juveniles, pasiones políticas, lecturas en común, no especifica). A Mengano lo conocí por medio de Fulano, y después empezó a salir con Tal. Pero eso fue hace mucho. Sólo yo sé, entonces, lo que no estoy diciendo, lo que evado, para quedar dentro del límite de lo socialmente aceptable.
Si la persona sigue preguntando, quizá lleguemos a adentrarnos en el mundo de los amores juveniles, polimorfos, endogámicos, circulares, barrocos. No me gusta ir hacia allí con seriedad, prefiero mantenerme en un humor que pretende no darse cuenta (ni dar cuenta) de cómo hemos sucumbido todos al deseo de ser alternativamente nosotros y los otros, una y otra vez.
La inocente pregunta ¿desde cuándo conocés a Fulano?, puede derivar en intrincadas explicaciones de vínculos amorosos en los que el pasado se enrieda con el presente. El futuro, como no existe fuera del deseo o la pesadilla, todavía es un espacio desconocido en el cual no hace falta recurrir a la historia. Generalmente, desde una privilegiada posición de narradora, yo elijo la descripción desde afuera. Y si el interrogador no pretende llegar más allá de una formal curiosidad, las cosas quedan allí. A fulano lo conozco desde la secundaria (es un recurso para instalar la palabra en un plano temporal, que si bien puede implicar adolescencia, caprichos, amores juveniles, pasiones políticas, lecturas en común, no especifica). A Mengano lo conocí por medio de Fulano, y después empezó a salir con Tal. Pero eso fue hace mucho. Sólo yo sé, entonces, lo que no estoy diciendo, lo que evado, para quedar dentro del límite de lo socialmente aceptable.
Si la persona sigue preguntando, quizá lleguemos a adentrarnos en el mundo de los amores juveniles, polimorfos, endogámicos, circulares, barrocos. No me gusta ir hacia allí con seriedad, prefiero mantenerme en un humor que pretende no darse cuenta (ni dar cuenta) de cómo hemos sucumbido todos al deseo de ser alternativamente nosotros y los otros, una y otra vez.
Etiquetas:
Amantes,
Impresiones
viernes, 11 de abril de 2008
Etiquetas:
Impresiones
Nuevas luces (nuevas sombras) y unos zapatos rojos
Me doy cuenta que es de esas personas que gozan con lo admonitorio. Su discurso se construye sólo de certezas, como si la materia de su devenir no albergara agujeros negros, aquello que es lo desconocido, lo misterioso, lo que engendra dudas. Su forma es el juicio. Su bandera el moralismo. Nos sentamos a la mesa. Prendo un cigarrillo, saco mi brazo por la ventana, con la culpa y la acrobacia a la que me obliga ese estar fuera del límite de la ley y del buen gusto. Ella dice: ¡Cuánto hacía que no tenía que trabajar con gente que fume! Lo dice desde un trono de pureza y de censura, su aspecto de intelectual que se escandaliza de lo frívolo, lo inapropiado, lo que atenta contra el ideario de las personas inteligentes y sanas que no padecen de ninguna desviación. No puedo resistirme a darle batalla. Mi voz asume un tono que bordea los límites de la tontería, empiezo a hablar de ropa, mientras observo con desdén su puritanismo expresado mediante su traje aburrido, su peinado pasado de (toda) moda, su expresión adusta. A mí la ropa no me interesa para nada. Finjo ignorar las implicancias (porque soy una mujer inteligente, que se preocupa de las cosas importantes, con una rica vida intelectual y toda esa zarazazaza). Me pregunto cómo alguien puede sentirse convocado a la pendencia por tan poca cosa. (Ella y yo misma). No importa, hay días que estamos belicosos y más vale postergar la pregunta y concentrarse en la pelea. Insisto en demorarme en los detalles de mi perversa obsesión por los zapatos, cualquiera que me escuche me mandaría a consultar a un psiquiatra, exagero, afirmo que soy capaz de dejar de comer con tal de comprarme un par de zapatos rojos. Logro escandalizarla, balbucea que solo compra ropa para sus hijos (ella es buena madre, yo soy una egoísta) , termina confesando que las ofertas le gustan, pero solo por el placer de pagar la mitad por algo que otro pagó el doble. Es decir, no disfruta la pichincha, sino ganarle a otro, ser más viva, más inteligente, una vez más. Decido subir la apuesta. Meto a Proust en la conversación. Explico que la escena de los escarpines rojos de Oriana ha sido mi perdición, que el detalle de su desvío estético revelado al subir al carruaje que irrita a su marido, al descubrir la falta, me subyuga, que una amiga me pintó un cuadro protagonizado por unos zapatos rojos que me parecen aquellos. Ella trastabilla. No puede admitir que no ha leído a Proust (quizá lo leyó, quizá no, no aporta ningún elemento que acompañe su afirmación), pero he logrado instalar la duda en ella y eso me satisface, es como una cachetada en su orgullo, su expresión solemne ha sido perturbada. Soy mala.
Estuviste muy bien, me dice luego E., riéndose, cuando ya se ha marchado. Me pregunto por qué pierdo el tiempo de esta manera, habiendo tantas maneras de perder el tiempo más interesantes. Quizá tan solo para lograr la sonrisa y la risa de Elvira, para que no se sienta señalada por el dedo de esta mujer necia que acusa en cuanto abre la boca. Y mi maldad se siente justificada. Tal vez a ella le ocurra lo mismo, pero mi causa es mejor, porque es la de mi amiga.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
