viernes, 26 de enero de 2018

Y se balancea sobre sus piernas, cansada

Ella permanece de pie y espera el turno, como los condenados, solo espera.
Su expresión es pétrea, su cuerpo se balancea, quien la observa podría creer que no piensa en nada, su mente en blanco, o bien que no siente nada, su corazón frío.
Los ojos se mueven apenas, miran el cartel digital que anuncia que están por atender a alguien que tiene ochenta números menos que ella, que lleva horas allí, de pie.
Recuerdo del jardín en Etten, 
1888  Museo del Hermitage
Le duele el brazo quebrado, le pesa el bolso en el que lleva un libro que ha estado leyendo y ya no lee, un teléfono que ha estado mirando y ya no mira, pañuelos descartables, un neceser con pocos cosméticos, estuche de anteojos de sol, pastillas para el dolor, peine, hilo y aguja, un llavero infantil que olvidó su hija en el auto, una cartuchera con algunos lápices de dibujo, un bloc con papel de colores con bocetos para futuras pinturas , una botella de agua que el sol ha calentado, una crema de manos que huele a lavanda.
Nadie podría sospechar que está recorriendo con la mente capas geológicas diversas: un cuadro de Van Gogh que le gustaba de chica, en una reproducción que había sobre la chimenea de unos tíos que no vio nunca más. Planes para pagar las deudas de impuestos que le pesan sobre los hombros como piedras de río, los resultados que le dará el médico que pueden cambiarlo todo, las canciones de un músico que alguna vez amó pero ahora apenas recuerda, la biografía que estuvo leyendo sobre esa escritora rusa que nadie conoce y que a ella le conmueve el corazón, que no es frío como podría pensarse al observarla, en su expresión pétrea y su balanceo.
Se balancea como si cargara a uno de sus hijos, como cuando estaba embarazada o como cuando eran pequeños.
Piensa en él y tiembla, pero no se nota.
Piensa en el peso del cuerpo de él sobre ella, en cómo les gustaba dormirse abrazados aunque solo tenían sexo casual, en las cosas que él le pedía para sentir placer y piensa en si él alguna vez pensará en ella.
A la mañana le dio un beso a F antes de salir de su departamento, limpio y ordenado como el de todo obsesivo grave, y el olor del after shave de F le recordó esos días felices en los que se iba de la casa de él con el cuerpo agotado de amarse, y haciendo como si no se quisieran.
Él no sabía querer, no sabía quererla, pero a veces lo simulaba muy bien.
Piensa en todas las tonterías que hizo, que dijo, que pensó, en los hombres con los que se acostó para llenar el vacío de una ausencia y en que eso no calmaba su deseo.
Piensa en que fue ella la que arruinó todo , con sus confesiones y sus miedos, pero sabe que no es así, que él solo estaba jugando mientras pasaba el rato para ir adonde de verdad quería estar.
Piensa en él abrazando a otra mujer.
Piensa en él enamorado de otra mujer.
Piensa en la película Paris Texas, (en la banda de sonido sobre todo) y en un cuento de Raymond Carver y en la clase que dará la tarde y en sus alumnos más pequeños que la esperan con las miradas encendidas de alegría como él jamás la miró.
Y se balancea sobre sus piernas, cansada.

jueves, 25 de enero de 2018

El olor de la injusticia

A los pibes los matan por la espalda porque no son.
A las pibas las violan y las tiran a los basurales porque no son.
Son pobres, son negros, son putas, son kaka, son la basura que nadie quiere oler o ver en estas ciudades colapsadas y llenas de muros reales e imaginarios.
En los barrios de los ricos y los comercios para la clase media los pobres solo se notan cuando no están, como en los paros de transporte masivos, como en la película Un día sin mexicanos. No hay quien limpie la basura de los ricos (no hay basura que limpie la basura), quien les cocine, quien limpie los culos de los niños y los ancianos de las familias privilegiadas.
Los pobres pueden llegar a ser "como de la familia" y la familia es buena, les habla y los trata como a humanos y les da la ropa que descarta y les compra regalos en los cumpleaños y se interesa por su educación.
Nadie habla en estos términos ahora, salvo quizá los adolescentes, porque hemos encontrado otros lenguajes y otras metáforas que tienen la delicadeza de ser más precisas, y al mismo tiempo, el beneficio de mantenernos alejados.
Lo que no se puede escribir ni con palabras simples y antiguas ni con las nuevas, ni se puede retratar con imágenes, es el olor.
El olor de la pobreza merecería llevar el nombre de algún golpe de box letal, es un cross a la mandíbula que se queda a vivir por horas en nuestras fosas nasales y nuestro sistema nervioso. Es invasivo y contundente, indescriptible mezcla de residuos: cloacales, de fábricas contaminantes, basura en estado de podredumbre, alimentos en descomposición, algún cadáver animal, puede ser humedad o polvo seco, algunas plantas, ropa húmeda, caños de escape, sudores de enfermedades, insectos...
El olor de la pobreza genera rechazo y miedo.
Se hunde como sarna que crece por debajo de nuestra piel.
Si fuéramos como de la familia con los pobres que explotamos compartiríamos sus camas y su olor, alegrías y dolores en sus hogares y en los nuestros. No seríamos condescendientes, seríamos compañeros y compañeras de lucha, no sé, amigos, pero no esto que somos.
Observadores tolerantes de este olor que nos separa, que vemos lo pintoresco donde solo hay injusticia e infamia.
El olor de la pobreza es el olor de los despojados.
El despojo más agraviante es el despojo de justicia.
Su olor no nos dejará en paz.

lunes, 22 de enero de 2018

A veces tengo cien años y otras quince

Miro fotos en las redes, acá en Imaginalandia y de pronto aparecen las caras de amigos y conocidos, levemente modificadas, como si hubieran bebido en la fuente de la eterna juventud o conocieran el secreto de Dorian Grey. Pero no, resulta que no, no se trata de un filtro o una herramienta digital para simular y alimentar nuestro narcisismo exhibicionista.
La foto es de un hijo o una hija, ya un hombre o mujer, que apenas pestañeamos,  con solo el vuelo del ciclo de la vida entera de una o dos mariposas, dejó la infancia y hasta la adolescencia.
Sentimos todavía sus latidos en la panza cuando nos contaron que llegaría a este mundo, olemos como si estuvieran a la vuelta de la esquina los aromas de las tortas de sus primeros cumpleaños (con piñatas, bolsitas de caramelos y panchos) y ahí está, como si fuera nuestro amigo o amiga, viajando, debatiendo cuestiones importantes, compartiendo música que también escuchamos.
¿Y cuándo fue que pasó todo esto tan rápido, si nosotros todavía nos sentimos tan jóvenes?
Y me acuerdo de la respuesta de Alicia Steimberg cuando le pregunté su edad y me dijo: depende, a veces tengo cien años, a veces quince, otras cuarenta.
Viajamos y amamos como niños y adolescentes, luchamos en las calles como adultos desilusionados y curtidos, este tiempos out of  joint nos agota como a ancianos, y soñamos con volver a enamorarnos como mujeres de tiempos antiguos y futuros a inventar.

Lo que se escapa

"La caricia es 'un juego con algo que se escapa'".
(E. Levinas, citado por Byung-Chul Han, en La agonía de Eros)

Si hubiera sido otra época se hubiera dicho salían, o curtían, ahora se dice chonguear.
Charlaban un poco (de arte y de política, de música y de los astros que iluminan la noche, de las familias, la comida, el pasado y los amigos), y cojían; y a veces iban a dar una vuelta por ahí o se encontraban en un concierto y tomaban unos tragos, a veces se iban cada uno por su lado y  veces no, o se acariciaban por debajo de las mesas de los bares como si fueran amantes clandestinos.
Él era de esos mentirosos compulsivos #QueNoPuedenEvitarlo,  y ella era de esas #VerborrágicasNeuróticas que hablan con soltura de todo menos de lo que realmente les importa.
A veces se stalkeaban en las redes, y a veces se les mezclaban los sentimientos que compartían con los que sentían por sus old boy/girl friends  y por otros que daban vueltas por los mundos que habitaban y que nunca se cruzaban en sus vidas en tres o cuatro ciudades, algunas reales, algunas utópicas, pero todas intensas.
Se medían, se estudiaban, se buscaban, se acariciaban, se repelían, se aburrían y se distraían.
El que se enamora pierde parecía el lema de ambos, paranoicos y desconfiados, con muchas cicatrices en las pieles ya curtidas. Se sospechaban enamoramientos de otros que no eran ellos, que salían, pero ya no tanto, que se gustaban, y ardían, pero se apagaban pronto y se recordaban uno al otro otras historias parecidas y olvidadas en cajones que ya no se abren casi nunca.
Después llegó una tarde -siempre llega- en que ya no se contestaron, las bromas que no rieron, la noche que no fue: los dos coincidieron en desencontrarse. Ella la terminó bailando con un pibe hermoso y dulce que usaba un aftershave prometedor con reminiscencias de tabaco como el que se fuma en aquellas pipas que no son unas pipas ni palabras ni cosas, en un patio que olía a jazmines y a glicinas y a los restos de un asado muy acompañado de vino, cerca del río sin orillas y brindando por el Che y por Perón con gente cuyos nombres pronto olvidaría, salvo un par, y el baile los llevó a la cama como si tuvieran veinte años y toda la vida por delante y antes de dormirse junto al pibe pensó en él y en su habilidad para mentir y en que ya no sería nunca amor.
Él esa misma noche se enamoró de una mujer que tenía cerca pero no había descubierto hasta ahora y le escribió una poesía y la llevó a pasear a la madrugada por el delta y durmieron abrazados mientras escuchaban la misma música que antes los había arrullado juntos a ellos (otros) que ya no eran, porque la imaginación tiene sus límites, y la belleza y el rock and roll también.
Y todo pasó como pasan las cosas en estos días: como sino hubiera pasado, salvo por ese lejano sentimiento de que algo se ha escapado.

domingo, 21 de enero de 2018

Como el fango en la orilla

Fuimos a la selva y metimos los pies en las marrones y mal olientes aguas del Beni, y me olvidé mi nombre, y el tuyo, y los nombres de los que nos precedieron. En Rurrenabaque todo parecía selva y lluvia, barro y esa vegetación exuberante salida de la imaginación de un Conrad tacana o quechua hijo del Sol y la Luna.
No vimos delfines ni perezosos, pero las pirañas, los perros más raros del mundo y las tortugas acompañaron nuestras noches de insomnio y de calor,  y tu cara después de tu voz, y otras caras, la mía incluso, se fueron desdibujando porque la selva es locura y pasión, caos y desmesura.
Sospeché a Kurtz en varias miradas, la violencia se hizo salvaje golpe sobre el muchacho que arrastraba la policía, el calor hundió el deseo como en un pozo sin fin construido por cazadores extraviados en la Amazonía en busca de agua potable.
El tiempo del Beni es el presente, no hay pasado ni futuro, la gente llega y olvida quién era y si se enamora de un/a tacana se queda y ya no hay futuro, sino este instante, y el estar siendo.
Te vas esfumando y solo regresas a la noche en la somnolencia. Tu recuerdo se mezcla con otros recuerdos, se hace una masa sin formas claras como el fango que se forma en las orillas del río amazónico cuando la lluvia lo somete. La voz siempre se olvida primero, eso pasa con los muertos y quienes se fueron antes de que la tecnología nos permitiera registrarlo casi todo, se llevaron sus voces para siempre de nuestros recuerdos.
Tal vez son sus llamados y sollozos, o su risa, sus promesas, lo que trae el viento de la tarde en el Beni, cuando las balsas cruzan los camiones y los colectivos, y los perros, y los niños con gusanos en sus cuerpos, y los maestros que juntan firmas contra la represa y se visten como curas de los años 40, y  los vendedores de plátanos, y los niños y las niñas que van a practicar caporale....y me cruzan a mí, estos barqueros como Carontes, que no saben si en la otra orilla encontraré vida o muerte, luces o sombras.
Y miro hacia las laderas de fango donde un alud lo arrasará todo una y otra vez y pienso que, salvo el amor en su forma de caridad,  todo lo demás muere
y se corrompe.

lunes, 8 de enero de 2018

Para decir amor, acá en Coroico

Y para decir amor damos rodeos. Como si este vivir dominados por los mercenarios del odio y la destrucción nos hubiera conquistado el corazón y las palabras. Porque tenemos miedo, tanto miedo. Más miedo que la pequeña mariposa amarilla que toma el néctar de la Vaina de San José aun sabiendo que al día siguiente morirá. Acá, en la yunga.

Acá, en Coroico.

Más miedo que la montaña envuelta en la nube eternamente que aun así añora el calor del sol que nunca la besará.

Más miedo que el barro que baja por las cascadas buscando al canto rodado que perdió en la estación seca. Acá en la yunga. Acá en Coroico.
Tenemos tanto miedo de perder, tanta melancolía de lo que alguna vez amamos, tantas estúpidas verdades atrapadas en las palmas de nuestras manos, cerradas como puños, que abrirlas a nuevas caricias nos hace temblar.
Temblar como a la orquídea que ahora sacude el viento de la tarde, acá en Coroico. Temblar y congelarse como a las cumbres, allá a 4000 metros de altura.
Acá en Coroico.
Acá, en nuestros corazones.

jueves, 28 de diciembre de 2017

Tu nombre, en sus nombres

“Nombrar el ser ausente es romper el encanto de las cosas que son (es)
 el comienzo de un mundo”
Paul Valery

ilustración: Istvansch Fuente.
Te nombro, las nombro, los nombro, vivos en nosotros, en mí, en ellos. Los recuperamos, 127 veces se encarnaron los nombres. 
Nos silencian, nos esconden, nos persiguen, pero te seguimos nombrando, a vos, a ellos, a ella, a él, a los que no volverán y a los que aún no saben su nombre, te nombramos cuando las nombramos a Ellas y a ellos, los que ya tienen su nombre.
Cada vez que alguien pronuncia tu nombre, aunque lo haga en silencio para sí, cada vez que eso ocurre el eco del llamado recorre el universo, invoca los linajes extinguidos y los nombres olvidados, los números divinos y las cuentas imperfectas, las deudas, las sangres derramadas en vano, y abre un telescopio hacia las galaxias eternas. 
Como las enamoradas cuando su amado está ausente, saboreamos tu nombre, olemos tu nombre, tocamos tu nombre, para no perder la fe y la esperanza.
Todos los nombres, cada nombre.
En tu nombre, en sus nombres.



miércoles, 27 de diciembre de 2017

Un libro de poesía

"[...]  fueron reiteradamente perseguidos de muchas maneras distintas en repetidas ocasiones". 
(Reviel Netz, Alambre de púas, p. 213)*


Se fueron. Rompieron todo primero, las cosas lindas que usamos, los recuerdos, las máquinas y las herramientas.
Antes de irse cercaron todas las salidas, alambraron como se alambró en su momento al ganado, como se conquistó la tierra, como se segregó a pueblos enteros y se encarceló en grandes mataderos humanos.
Obra de James Coates
Se fueron, quemaron libros, se llevaron las llaves y las escaleras, y tras de sí quedaron las rejas y el humo, el miedo y la desazón. Cuando salían descubrí que en el revoleo (patearon a unos ancianos que ya estaban en el piso, eso les da mucho placer; escupieron la cara de los hombres maniatados previamente y toquetearon a las mujeres más jóvenes delante de sus madres, para que el abuso y la tortura fuera doble; a los bebés les negaron el alimento, la higiene y la medicina), olvidaron llevarse un libro. Lo vi allí, caído, junto a la puerta, y arrastré como pude mis huesos traumatizados por los golpes.
Dejé un camino de sangre, mis enemigos podrían olerlo. O los otros predadores. Pero no me importó, llegué hasta el libro, lo abrí al azar. Olía a papel recién salido de la imprenta, y olía al rastro de haber sido tocado por una mano amorosa que había temblado al leerlo. Leí un poema de una escritora rusa de los años 20 (milnueve) que murió de pena tras perder a su esposo, a amante y a su hijo en la Revolución Roja, el Gulag y la Guerra Patriótica, en ese orden. Leí otro de un latinoamericano que enfermó después de tempranos exilios y bibliotecas perdidas, un par de amores trágicos, unos compañeros reventados en un campo de muerte en las afueras de la ciudad de La Plata y varios laburos de mierda.
Y aunque me dolía todo el cuerpo recordé que soy humana. Que no soy un pedazo de carne y huesos a un paso de la tumba. Una osamenta abandonada.
Soy.
Y si soy, todavía puedo erguirme y amar, erguirme y luchar. Cantar, bailar sobre estos pies lastimados pero aún míos.
Ellos van regresar, porque siempre regresan y quieren más, hasta la última gota de nuestra sangre. Quieren quitarnos todo y vernos humillados, caídos junto al muro de nuestra amada Ilión perdida, una y otra y otra vez. Nuestra Warisata. Nuestra Pachamama. Nuestra Cuidad Eva Perón. Quieren todo.
Pero yo tengo mi libro de poesía y un puñado de hermosos recuerdo que me hacen hervir la sangre, y la sangre cuando hierve...


* Netz, Revel, Alambre de púas. Una ecología de la Modernidad, Eudeba, Buenos Aires, 2013.

domingo, 24 de diciembre de 2017

De las formas del amor


"Con ligeras alas de amor franquee estos muros, 
pues no hay cerca de piedra capaz de atajar el amor; 
y lo que el amor puede hacer, aquello el amor se atreve a intentar". 
(W. S, Romeo y Julieta)

"Si no tengo amor, de nada me sirve hablar todos los idiomas del mundo, 

y hasta el idioma de los ángeles. Si no tengo amor, soy como un pedazo de metal ruidoso; 
¡soy como una campana desafinada!
(Corintios, 13)

Hay muchas formas de soledad, como hay muchas formas de amor y de desamor, de indiferencia (que es lo contrario de amor). Hay soledades creativas, deseadas, deseables, que permiten el encuentro de uno mismo con su silencio y su intimidad, sus oscuridades, sus pérdidas, sus anhelos.
Hay otras soledades que son insoportables. La soledad de la familia que acaba de perder a uno de los suyos, la familia de Santiago o de Nahuel, por ejemplo, en un día como hoy. La soledad de esa madre cuyas manos cocinan para quien ya no volverá, la soledad de ese padre cuyo cuerpo es una llaga que supura como si el estigma del resucitado tuviera que repetirse una y otra vez en la historia humana.
Entre las cosas que pasaron este año, o más bien, entre las cosas que fueron destruidas desde que los hijos de Herodes y de Creso regresaron a sus mansiones y mandaron a sus mastines a cazar esclavos y rebeldes, una que mencionamos poco quizá, abrumados en medio de tantas batallas, es la ruptura de muchas parejas.
La realidad está tan virtualizada en los imaginarios de las redes, donde todos y todas exhibimos nuestra felicidad, nuestros éxitos y nuestra belleza, que esto podría pasar desapercibido.
Entre los mandatos más dominantes del poder actual, desde ya uno de los primeros es el de ser felices al modo narcisista de la subjetividad que se nos impone, es decir, solo se goza si se puede mostrar.  El mandato de ganar dinero (y ya no mostrarlo tan obscenamente como en los noventa, pero sí ritualizado en nuevos trucos, consumos, prácticas), el de ser "exitosos" en nuestras carreras y trabajos, el de tener los hijos más inteligentes, mejores estudiantes, más comprometidos, más bellos, como si eso nos permitiera ganar puntos y ascensos en la fabulosa empresa del amo que nos compele a trepar y trepar y correr y correr y mostrar y mostrar. Además, sobre todo las mujeres pero también los varones, tenemos que ser y parecer delgadas,  musculosas, jóvenes, sonrientes, inteligentes, graciosas, y también, por qué no, un poquito cínicas de paso.
En lugar de una invocación a amar a nuestros prójimos, lo cual puede ser laborioso y peligroso, porque el prójimo por lo general (el próximo, pero también el otro) puede oler mal, puede hablar de un modo que nos choque, puede no tener un nivel educativo que nos los vuelva amable, puede ser feo y faltarle algunos dientes, puede creer en otros dioses que los nuestros, puede ser pobre, o peor, puede no importarle nada el dinero o el éxito, en fin...
En lugar de pedirnos eso, que es un esfuerzo enorme, que supone apartarnos de nuestro narcisismo y brindarnos a otros y al mundo, nos exigen que seamos felices y alegres, que cojamos mucho y con muchos 
(y sino lo logran por sí mismos, para eso tenemos cientos de aplicaciones con su Like y sus estándares de emparejamientos para rápidos y ascéticos apareamientos)....¡pero no cometamos la idiotez de enamorarnos! La gente que se enamora es doblemente peligrosa, se distrae, no produce, no razona, tiene prioridades distintas a las que el sistema requiere, puede ser capaz de amar tanto como para poner en juego su propia vida e intereses, y luego puede sentir que ese enamoramiento se convierte en otra clase de amor y se expande, y que algo parecido le ocurre no solo con su amado/a, sino con otros:  primero los más prójimos (próximos), los hijos, las hermanas, los amigos, los compañeros de estudio, de trabajo, del barrio....y luego...¡Y luego! ¡Puede llegar a sentirse hermanado con la especie humana, solidario, puede querer disponer de su tiempo y sus conocimientos y virtudes para compartir su pan, para ayudar a otro, para celebrar en comunidad de iguales. 
El amor libera del sí mismo, de esa chatura infernal de lo igual a nosotros, el amor no es ciego, al contrario, pone un microscopio que amplía las diferencias, incluso los defectos del otro y propios, y aun así, lo acepta, lo desea y lo ama justamente porque ve lo que no se puede ver de otra forma que amando.
fresco de Pompeya
Nos han convencido de que el amor no es una fuerza poderosa que transforma el mundo propio y ajeno, sino que es una especie de nuevo opio de los pueblos, algo que nos debilita, que nos enternece y nos vuelve blandos para tomar las decisiones que el deber ser del monstruo herodita requiere. Alguien que ama no puede disparar balas sobre un viejo sin ver ahí a su padre o su madre, no puede matar a un pibe sin sentir que puede ser su hijo, no puede echar del trabajo en vísperas de Navidad a un laburante honrado sin ninguna causa más que ganar más y más y más y más dinero.

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Muchas parejas se han roto y eso no aparece en las redes. Sabemos de personas que queremos, nosotros mismos a veces andamos por ahí con el corazón partido por el hachazo del desamor o el final de una relación que fue casi todo para nosotros, y subimos y miramos esas fotos donde seguimos todos felices, dale que va, mostrándonos como si la tristeza, como si detenernos en esos duelos fuera el verdadero tabú. ¿Acaso alguien podría faltar a su trabajo y decir una verdad tal como: estoy triste, mi amor se ha ido, mi pareja se ha roto, no duermo bien?
Se puede contar en las redes cómo y cuánto y con quién se coje, de hecho, la pornografía ha reemplazado el discurso erótico/amoroso.
Nadie se escandaliza a esta altura, y posiblemente tampoco se conmueva, al ver todas esas exhibiciones de nuestro narcisismo exacerbado, no podemos evitarlo, apenas algunos muy fóbicos con otra clase de síntomas neuróticos, el resto, de un modo u otro, caemos en las redes de la subjetividad de las redes, así, al cuadrado.
La virtualidad nos come el coco, cuesta resistir esas nuevas formas de educarnos, comunicarnos y amarnos.
¿Quién se atrevería  escribir en una red social que está solo, que tiene el corazón roto por un amor que terminó, sin hacer rápidamente una broma, algo que nos rescate del escarnio de la transgresión, del tabú de la alegría superficial y feliz?
Somos sujetos del rendimiento, dice Byung- Chul Han, somos esclavos de nosotros mismos, presos de nuestra subjetividad explotadora para un amo que se regocija sin tener que hacer demasiados esfuerzos.
Solos y solas, nos lamemos las heridas en casa, urdimos toda clase de planes de evasión, si somos afortunados, amamos a nuestros hijos, amigos, compañeros, familias. Pero no ese otro/a y nada compensa la depresión que implica la ausencia de Eros en nuestras vidas.
Por más pastillas que nos tomemos, drogas que consumamos, nada puede ser igual al paraíso que supone salir del "infierno de lo igual", que es sin duda la "llegada del otro atópico" , que causa una suerte de Apocalipsis y nos libera de la melancolía.
El asunto del erotismo es tan profundamente político, si entendemos que la política es lo que tiene que ver con el poder, que no reflexionar sobre estas cuestiones puede ser suicida, Tánatos bailando sobre la pila de cadáveres que deambulamos por ahí produciendo y consumiendo sin distraernos por el golpe al corazón que una mirada, de repente, un verano, pueda causarnos. 

Narciso en la fuente.Óleo atribuido en 1913 a Caravaggio, pero de autoría incierta:  Galería Nacional de Arte Antiguo. Palacio Barberini.


El amor, constitutivo de nuestra psiquis, de nuestra subjetividad, del modo en que nos vinculamos con otros y con el mundo, es también un tema tan intrínsecamente educativo y de comunicación, me atrevo a creer, que nos urge pensar cómo hablar de esto, cómo empezar a discutir estas cuestiones en las aulas, en los espacios de militancia, en los cafés; cómo vencer el miedo y al amo que nos quiere imponer la idea de que el discurso amoroso (y el amor) ha muerto, que lo que va es la alegría canchera y egoísta del que nada da y solo cuida de sí mismo y goza haciendo sufrir al otro; o usando al otro como si fuera una cosa, para luego desecharlo; que solo somos mercancías, narcisos que buscamos satisfacernos a nosotros mismos, restos de la humanidad que fuimos.

Suele haber una canción (cada cual tiene la suya en cada momento, ¿o no?)  que expresa eso que no pude ser contado más que con la poesía o la música, eso que anhela el amor de los enamorados cuando se encuentran, y de la tristeza que nos produce dejar de amar y ser amados, porque sabemos que nada, absolutamente nada de lo demás vale la pena cuando nos falta el amor. 

"Y  mis manos a tus manos aferradas// y las ganas de mañanas a tu lado [...]"
(Corazones)
https://open.spotify.com/track/3Clf6Q0snIrIG4fvsRXsvx

viernes, 22 de diciembre de 2017

Sin pan y sin trabajo, sin paz, pobre Gutiérrez

"En cuanto a Gutiérrez, está, como de costumbre, al servicio de todos, y como ayer, sin comerla ni beberla: su 'dictadura' (la del proletariado) no salió de una mera enunciación 'abstracta', ya que, según era previsible, otras clases ejercen su 'tutoría' y gobiernan por él". (Leopoldo Marechal, Autopsia de Creso)


"La convicción de que existe un vínculo especial entre el trabajo de cada hombre [y mujer, habría que agregar]  y el sentido global de la existencia humana, se encuentra en la base de la doctrina cristiana sobre el trabajo", sostenía Juan Pablo II ante la Conferencia internacional del Trabajo en 1982.
La crisis global del modelo del trabajo asalariado en la producción industrial ya era tema de investigaciones, reflexiones y debates políticos. En este caso, de un pequeño y todavía actual librito del filósofo y teólogo jesuita-marxista francés, Jean-Ives Calvez, extraordinario ser, Necesidad del trabajo. ¿Desaparición o redefinición de un valor?*
Daniel Santoro trabajando
Allí desarrolla la idea del trabajo, desde el punto de vista filosófico y teológico, e mediación entre el hombre y la naturaleza, transformación de ésta, creación y expresión, un hacer con otros y para otros y no solo explotación y apropiación de la renta por parte de los amos, que desde ya, también lo es.
El trabajo, organizador de comunidad, es mucho más que un tema económico, en la sociedad globalizada actual (Calvez aún no la llama así),  la subjetividad del trabajador se ha roto, decimos nosotros. Ese sujeto arrojado hacia el mundo sin otras armas que las propias, cuando ya no está organizado en un sindicato, cuando ya no es el trabajo (que siempre es digno) propio del modelo industrial el que genera alguna certidumbre, se quiebra, y el mundo todo cruje.
Las transformaciones del mundo de la producción y el trabajo desde el tiempo en que Calvez escribe (tres cuatro décadas) son profundas y globales. Sin embargo, en su libro ya se perfilan algunos síntomas y problemas que enfrentamos hoy, ya observa que a pesar del crecimiento económico acelerado, la exclusión social y laboral no han hecho más que aumentar, y la apropiación de la riqueza producida por miles de millones en manos de una pequeña minoría parece ser aceptada sin mayores crisis políticas. Son pocas las voces significativas que se alzan en contra de este estado de las cosas, algunos líderes religiosos, algunos líderes políticos. Calvez no se detiene en la cuestión de la comunicación, pero nosotros no podemos dejar de señalar que en la sociedad hiper informada del mercado, la hipercomunicación parece actuar como la banda de redoblante que acompaña al ejército triunfador que avanza sobre tierra arrasada, tapando con su fanfarria el sonido de las armas y de las agonías de los millones de cada´veres que siembran a su paso, el clamor de la tierra desertificada y de las especies exterminadas. La venganza de la naturaleza no se demora, y estalla como tsunamis, como huracanes, como emergencias climáticas que siguen sin ser escuchadas por los que cortan el bacalao.

Pobre Gutiérrez
 La distribución del trabajo y de su producto (sean bienes, sean servicios) son cuestiones básicas de la trama social, nos recuerda Calvez. "Al contrario de las leyes de la producción, las de la distribución son ampliamente de carácter humano" (J. S. Mill, Principes d'economie politique).**
Calvez analiza desde el marxismo la alienación del trabajo asalariado, recorre la historia (desde un punto de vista cristiano marxista) del trabajo y la función que éste tiene como organizador de la sociedad, la comunidad, la familia.  A pesar de realizar una fuerte  crítica a las condiciones de explotación del modelo industrial, al contrastarlo con la transformación del trabajo que inició en las últimas décadas del siglo XX y sus características también de alineación pero de soledad (el trabajador "independiente" solo frente a la empresa), de precariedad, destaca que el trabajador sindicalizado, a pesar de sus condiciones de explotación, encontraba en su ambiente laboral la posibilidad de organizarse con otros, hacerse preguntas, crear conciencia de clase, resistir, obtener mejoras.
No sabemos qué ocurrirá en los próximos años. Ejércitos de desocupados de ya varias generaciones, y millones de seres alienados a grados extremos, que solo parecen querer trabajar y consumir sin que intervenga allí ni el deseo ni la disrupción, ni la política, empujados a la pobreza, a los márgenes, a  la consideración de ser para "el mercado" menos que basura, cosas reemplazables fácilmente, desechables.
Quienes tenemos la experiencia de habernos quedado sin trabajo, de ver como tiembla el mundo entonces, de sentir en carne propia que no hay modo de volver a casa, de mirar a nuestros hijos, de erguirnos con dignidad sobre nuestros pies, sabemos qué golpe profundo a la subjetividad es perder el trabajo. Perder el trabajo, y sobre todo cuando esto crece colectivamente y nos vamos quedando sin redes, sin lazos, nos deja inermes, no queda casi resto para pensar, para militar, para luchar. 
Todo tiembla.
Pero ese temblor puede también engendrar lo que todavía no existe, si se organiza, eso también hay que recordarlo aún en los momentos más oscuros.
Que esto ocurra en vísperas de las fiestas cristianas y de fin de año, le agrega un componente de perversión inusitada, que parece alimentar el goce de los actuales gobernantes.
E. de la Cárcova, Sin pan y sin trabajo,1894.
Óleo sobre tela, : 125,5 x 216 cm.
Un universo paralelo nos separa, porque se trata de una dirigencia que no tiene la experiencia del trabajo, sino del capital solamente, es decir, se trata de grandes delincuentes cuya fortuna se ha basado siempre en la explotación de otros, y quien explota no puede concebir al otro como sujeto, como par, como humano, porque de hacerlo, de "cristianizar" o humanizar su mirada, de concebirlo como prójimo, tendría que verse impelido a ingresar al orden democrático de los derechos laborales, sociales y humanos. Jamás alguien democrático y cristiano puede explotar, puede balear, puede dejar a miles sin trabajo solo para hacer negocios, y encima gozarlo. Mejor lo explicaba Marechal en su Autopsia de Creso (1965).
 "Se ha establecido ya definitivamente a la Revolución Francesa como el trance histórico que determina la exaltación de Creso al poder mundial. Aunque la intervención de Gutiérrez el servil en la revuelta de Creso añadió a los episodios algunas tintas de color “masivo”, y pese a la romántica declaración de los Derechos Humanos y sus consecuentes libertades, la Revolución fue una gesta de la burguesía en sus causas, en su desarrollo y en sus efectos ulteriores. Ya veremos cómo trató Creso al pobre Gutiérrez, no bien consolidó su reinado, ya qué se redujeron las famosas 'libertades' tan cacareadas por el Hombrecito Económico. Es evidente que la gloria nada limpia de Creso triunfante es la de haber impreso 'su mentalidad' a todo un mundo, en la más triste de las 'nivelaciones por abajo' que haya conocido la historia".





* Losada, Buenos Aires, 1999.
**, en Calvez, IB. p. 36.