martes, 24 de julio de 2018

Conversaciones perdidas

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"Contamos historias porque finalmente las vidas humanas necesitan y merecen ser contadas". 
(Paul Ricoeur, Temps et récit)

Creo que estoy llegando a una de esas edades en las que valoramos cada día más poder tener buenas conversaciones. Y con buenas no me refiero a apacibles, ni armónicas: pueden ser intensas, incluso con algún que otro grito si la cosa se pone #altaPasión, pueden ser sobre cosas muy banales o sobre el bien y el mal y la existencia de Dios.
Pueden estar interrumpidas por risas, por llantos, ocurrir en un viaje, en una caminata, en un vestuario, en la cocina de una casa, en la cama, hasta en un chat, aunque la materialidad de los cuerpos ennoblece las conversaciones, que se competan en la gestualidad, el contacto, el olor, el cruce de miradas, los "comentarios faciales". Pueden ser conversaciones en un bar de cerveza, un café, un té en una casa.
Pueden ser con amigxs, con compañerxs, con alumnxs, con hijxs, con familiares, con amantes.
Creo que estoy llegando a una de esas edades en las que extraño mucho las conversaciones que tenía con personas que amé y que ya no están.
Pueden ser con amigxs, con compañerxs, con alumnxs, con hijxs, con familiares, con amantes.Creo que estoy llegando a una de esas edades en las que extraño mucho las conversaciones que tenía con personas que amé y que ya no están.

A veces una sigue conversando en su interior con los muertos (con "sus" muertos), cuando mira ciertos árboles de copas rojizas, cuando come mandarinas, cuando lee un artículo de psicoanálisis, cuando en una novela pasa tal o cual cosa, cuando tu hijo toca tal melodía en el piano, cuando vemos una película donde pasa tal otra cosa. Cuando toma un tren rumbo a Plaza de Mayo a una movilización, cuando ha pasado una noche hermosa con alguien que acaba de conocer y quisiera contárselo a esa persona, que ya no está. Irremediablemente.
Estoy en una de esas edades en las que descubrimos que tenía razón Proust: "en la vida no hay más que conversación"; y que las oportunidades de compartir buenas conversaciones no hay que dejarlas escapar sin intentarlo, porque la vida es mucho más breve de lo que quisiéramos.
Hablo con R, me cuenta de un hombre que la saluda de una manera determinada o que le pregunta qué significa esto o aquello, y entiendo que ella me diga que no hay más remedio que huir de una conversación semejante.¿Cómo puede erotizarte alguien que no dice una sola palabra que refiera a algo que haga eco en alguna cavidad de tu cuerpo, que te interese, que te conmueva que despierte tu curiosidad, tu risa?  
Y a veces lo que más extrañamos de un hombre que nos gustó o que quisimos, o ambas cosas, no es tanto el arrebato erótico, por placentero que haya ido, ya que pudo haberse adormecido e incluso, haber muerto, sino las conversaciones inteligentes, la revelación de mundos nuevos, la coincidencia en un libro y hasta la larga serie de malos entendidos que suponen las conversaciones de lxs amantes (sobre todo cuando olvidamos lo mal que eso nos hacía).
Esa noche me acuesto pensando en ese en el que ya no estaba pensando y con el que me gustaba conversar,  y solo quisiera atreverme a decirle: contame una historia, mientras me voy durmiendo, una de esas historias tuyas, una de esas aventuras románticas de otro tiempo pasado y futuro. Contame una historia que no me aburra, una historia donde sigas siendo el que antes me encendía, donde siga siendo una mujer que te gusta, donde haya otras galaxias, animales exóticos, compasión; donde haya héroes y heroínas épicos, tal vez esquimales y sombras largas, colmillos blancos, naves espaciales, gauchos cuchilleros; donde haya familias extraordinarias atravesadas por grandes amores, y donde haya viajes, y más vida que muerte, y donde haya mares del sur, sangre, revoluciones, semen y esperanza; aunque sepa que para mí él solo tiene un honesto y frío silencio.

1 comentario:

anita cedres battro dijo...

es de tu autoría tan bella letra?