Último verano en Stalingrado, novela

viernes, 25 de abril de 2014

El asombroso Elías Canetti, I

[asombro porque] no hayamos muerto ya en el seno maternal, 
de pesadumbre por todo cuanto habría de ocurrirnos. 
(Elías Canetti)

Leo a Giacomo Marramao (en Contra el poder. Filosofía y escritura, CFE, Buenos Aires 2013) que habla de Canetti (1905-1994), que leí en ensayo anexo en el libro de Schreber.
Escribí acá una vez sobre el libro Memorias de un enfermo de nervios y me ayuda recordar, porque el libro se perdió, creo, en la inundación del 2/4/13.
Canetti estaba preocupado por la ética del escritor, por la responsabilidad del escritor como creador, frente a la catástrofe humana actual, en la que "los enemigos de la humanidad" se acercan a su meta final: "la destrucción de la tierra". Osea: no puede sustraerse el artista, el intelectual, a cuestiones  o preocupaciones meramente espirituales, por más legítimas que sean.
Estamos ante una catástrofe, sostiene Canetti, palabra que viene de kata-strephein: "completo cambio estructural, morfogénesis", (Marramao, 2013:9). En su libro La conciencia de las palabras, que publicó en 1976, Elías Canetti escribe:

"La enorme y aterradora tensión en que vivimos —y de la que no ha       podido liberarnos ninguno de los ansiados temporales—, se ha apoderado de todas las esferas,           incluso de una esfera tan pura y libre como la del asombro. Pues si tuviéramos que resumir muy brevemente nuestra época, podríamos definirla como la época en que es posible, asombrarse simultáneamente de las cosas más opuestas: de la influencia milenaria de algún libro, por ejemplo, y de que no todos los libros sigan ejerciendo su influencia. De la fe en los dioses y, al mismo tiempo, de que cada hora no caigamos de rodillas ante nuevos dioses. De la separación en sexos que nos ha tocado en suerte, y de que la escisión no sea todavía más profunda. De la muerte, que siempre rechazamos, y al mismo tiempo de que no hayamos muerto ya en el seno maternal, de pesadumbre por todo cuanto habría de ocurrirnos. En otra época, el asombro era sin duda aquel espejo del que suele hablarse tan a gusto y que convocaba las imágenes en una superficie más lisa y tranquila. Hoy en día este espejo se ha roto y las astillas del asombro se han reducido. Pero incluso en la astilla más pequeña no se refleja ya una imagen sola: arrastra a su contraria implacablemente. Veas lo que veas, y por mínimo que esto sea, se anula por sí mismo mientras lo estás viendo."
Canetti es un sobreviviente de mil tragedias, nacido en Bulgaria, desciende una familia judía sefaradí (Cañete es el apellido original, lo que me suscita una pequeña sonrisa), se educa en varias lenguas, y así aprende a escuchar lo diverso, a los otros. Se muda con su familia a Inglaterra, a Alemania, a Austria. De allí tendrá que escapar después de la Noche de los Cristales Rotos, en 1938. Canettí es una versión particular del pensamiento de Sion, porque antes que nada es poeta, es un hombre valiente que no cede a la pereza de la tentación del confort intelectual. Le obsesiona el poder. Quiere saber de los muertos, se pregunta por esas fronteras entre vida y muerte en las que habitan los escritores de la raza de los nerviosos. Quiere saber cómo se origina el poder, cómo se produce y reproduce, quiere entender la crueldad de su siglo.
Rechaza esas posiciones ascéticas, puritanas, que son en el fondo egoístas y cobardes. "Una pasión intensa tiene la ventaja de que obliga al hombre a superarla con astucia y, de paso, a conocerla también con precisión."
En 1981 le dieron el Premio Nobel de Literatura.

Me gustaría preguntarle a JH qué piensa de Canetti, si lo leído, si le interesa.
*****
Leo a Marramao y a Canetti y pienso en avenidas y calles, en los senderos montañosos,en las playas y en los bosques por los que alguna vez caminé, mientras en mi cabeza desfilaban imágenes de cuadros y fragmentos imaginados de escritura. 
El sol estaba así como hoy, completamente peronista.
Y había esperanza en los corazones y las miradas de las personas tenían ese brillo que no siempre se ve, que ahora se va opacando a medida que algunas cosas terminan.
Como cuando entre la vigilia y el sueño (entre lo simbólico y la imaginación, entre el deseo y los recuerdos) nos gana un imperativo a despertar. Suena la alarma, arriba, fuera de la cama, a trabajar.
Y entre las sábanas calientes se quedan de nuevo esos deseos que apenas estaban tomando la forma de un poema, una melodía, la sucesión de imágenes en las que nos veíamos/los veíamos, nos recodábamos como se recuerda cuando uno se enamora: inventando todo, añorando lo que pudo ser, mintiéndonos para gozar e interrumpir el olvido, y con una sonrisa medio engañadora que nadie nos puede quitar de la cara, salvo la vida.
Hoy yo brindo por Canetti, brindo por quien ha escrito: "Lo perfecto no deja entrar a nadie."

1 comentario:

elvira romera dijo...


Cintia: me encanta este texto. Cada vez escribís mejor