viernes, 16 de septiembre de 2011

Y siguen escribiendo

A 35 años, mi pequeño homenaje. Memoria, verdad y justicia. Este post es de hace un año, y hoy somos muchos más.

Estoy por cumplir cuarenta y esa idea no me gusta nada. Me dicen estupideces acerca  de la experiencia y la sal de la vida, mi aspecto juvenil y que parezco menor, lo lindas que son las  mujeres de 40, boludeces.
Mientras espero una hora en la parada del Plaza de Lavalle y 9 de Julio, me distraigo del cansancio (y el dolor en las lumbares y las cervicales, la jaqueca, y una interminable serie de males atribuibles un 50 por ciento a la neurosis y la otra mitad a los años) escucho las conversaciones de los demás que esperan al insoportable colectivo del monopolio. Detrás mío, no los veo, un muchacho conversa con una chica. Ella le  cuenta que generalmente vuelve en auto, es estudiante de la sede de Moreno de la Universidad de La  Matanza. Dice que cuando se reciba tal vez busque un trabajo en Buenos Aires. El pibe le dice que en Buenos Aires se puede trabajar y estudiar, pero no vivir. No acá, al menos, y señala las columnas de estudiantes secundarios que en homenaje a los 34 años de la Noche de los Lápices y en reclamo al desastroso gobierno de Macri, marchan hacia el obelisco y cortan el tránsito.
Recuerdo los poquitos que éramos, allá por el 84, mi primer año en la secundaria, en La Plata, cuando organizamos la primera marcha por la Noche de los Lápices, con los centros de estudiantes. Un par de profesoras de Barrio Norte que daban clases en el Liceo les advertían a mis compañeras de cursos que las que estábamos en el centro de estudiantes podíamos terminar en un zanjón, como los "subversivos". Por suerte hoy ningún estudiante secundario se bancaría un discurso tan facho. Mi hijo marchó hoy en La Plata, con algunos compañeros del Bachillerato de Bellas Artes y al enterarme, desde mi distancia porteña, casi se me pianta un lagrimón.
Los de la cola en la parada siguen hablando. Una parejita le comenta a otra piba que toman el de Centenario porque sale más barato, pero luego hablan de un viaje a Brasil que hicieron en el verano. Y el pibe que no es estudiante sino que labura en una empresa, dice que toma el bondi todos los días y entonces está acostumbrado a los abusos de la empresa. Ambos viven solos, dicen. Me doy vuelta, distraída de la lectura de Herzog, de Bellow. Los que creía pibes tienen treinta y algo. Son más jóvenes que yo, pero no tanto. Viven solos, laburan y estudian en Buenos Aires, no tienen hijos, pagan alquiler pero tienen auto, se ahorran $ 1, 50 a costa de tardar media hora más y viajar parados pero veranean en Brasil.
Estoy mayor. Pertenezco a otra generación y me doy cuenta que no es exclusivamente un tema cronológico. Pienso más en el día a día. No me banco más viajar parada. Prefiero vacacionar en un cámping en la costa Atlántica y tomar un buen vino a la noche de cada noche de cada jornada. Muero por volver a casa porque quiero estar un rato antes que mi hijo se vaya  a dormir. Y eso es porque tuve un hijo cuando la mayoría de los de mi generación hacían posgrados, o viajaban por el mundo o producían magníficas obras artísticas o  aún vivían con sus viejos o compartían alquileres con amigos. Hacían carrera. Yo ganaba el mango como fuera, con cero glamour, pero en casa había peluches, chupetes y pañales. Chau recitales, pero sí VHS de Dumbo y Pocahontas. El cine pasó a ser una larga cola para películas infantiles y no una escapada con amigos o novio; la cena perfecta un Mc Donalds y no un restaurante gourmet; las prioridades, la bici con rueditas y no el posgrado.
No termino de darme cuenta de si estoy vieja o si me equivoqué de generación. Pero aún así, vuelvo a la lectura de Bellow porque me cuesta entender que estoy haciendo la cola con gente que es apenas cuatro o cinco años más chica, pero nos separan algunos pequeños pero profundos abismos.
Los de la parada ven a los estudiantes marchar y piensan en que el corte los demorará una hora más en llegar a sus casas. Y yo pienso que tengo un hijo que marcha con sus compañeros, como hice yo por primera vez sin mis padres, hace más de veinticinco años. Los de la parada que me parecían tan jóvenes en lugar de peinados punck, llevan melenitas con planchita o cortes modernos pero onda yuppie. Estos raros peinados nuevos. Qué aburridos.
Ser burgués, dice el personaje de Bellow, es pensar que el universo existe para nuestro bienestar.
Y los lápices, dicen los pibes, siguen escribiendo.

domingo, 11 de septiembre de 2011

Esperando

"Simplemente estar sentado y esperar supone un esfuerzo agotador. Ya conoce usted ese aire opresivo de las oficinas." (Franz Kafka, El proceso)


Dejando a un lado lo que tiene que ver con las relaciones afectivas (amorosas, filiales), se me ocurren algunas reflexiones respecto al ejercicio del poder de hacer esperar a los demás. Hacerse esperar por otros es una práctica extendida y aceptada en varias profesiones y oficios y parece formar parte de la liturgia del poder en sociedades que se resisten a abandonar los hábitos cortesanos en favor de comportamientos más ciudadanos.
Esperando al doctor
No es el caso de mencionar acá  las médicos que trabajan en las guardias hospitalarias del sistema público, puesto que allí los accidentes, la enorme demanda, impiden una planificación del tiempo propio y ajeno. Pero ocurre todo el tiempo en las clínicas privadas y por fuera de los imprevistos de las emergencias, que los médicos de distitnas especialidades dan sus turnos (supongo que a imposición de las clínicas) cada 10 o 15 minutos, lo cual es imposible de satisfacer y por eso, los pacientes esperan varias horas. Si a la condición de enfermo, que de por sí está asociada con la preocupación, el dolor y /o la angustia o, peor aún, la del/la familiar al que acompañamos, le agregamos esas amansadoras, no podemos sino concluir que este abuso de poder (sea responsabilidad de las instituciones, sea de los profesionales) implica un desprecio intenso (aunque "naturalizado") por el otro, por su tiempo, por su dolor, por su enfermedad, impropio de quienes han realizado el famoso juramento.
Para esa cita médica los pacientes han debido postergar o buscar reemplazo en otras ocupaciones (laborales, familiares), trajinar por el aparato burocrático de su obra social, por no mencionar lo estrictamente vinculado al/los problema/s de salud en cuestión.
Esperando al funcionario
Funcionarios públicos son los policías,  las autoridades escolares, los funcionarios judiciales y los de la administración  entre otros. Es lógico suponer que a mayor jerarquía, mayores responsabilidades y que éstas, propias del cargo y la función, los obligue a lidiar con una agenda cargada  en la que no siempre es fácil establecer prioridades y menos aún que estas coincidan con las de las demandas de aquellos ciudadanos que los requieren. Sin embargo, cuando se compromete la atención al público, cabe pensar que detrás de la demanda, necesidad, requerimiento, las más de las veces hay un derecho en peligro, una necesidad que es urgente para el que solicita la atención, que puede tener que ver con lo esencial de su vida (o la de su familia), que no es fácil lograr la mera solicitud de una audiencia, figurar en una agenda de alguien que tiene más poder que uno, esperar, esperar, esperar. A veces horas, días, la eternidad. 
Muchos funcionarios (acosados por exceso de responsabilidades, o embriagados de poder y toda la escala de matices que hay en medio)  parecen haber olvidado la ansiedad, la angustia, la desesperación, la sensación humillante, degradante, que puede acompañar estas esperas. El estrés que provoca ya que no se sabe nunca si el encuentro se concretará y mucho menos si de este surgirá una solución o cuál será el desenlace. Esa solución puede significar el pan de una familia, la escolaridad de un hijo, la vida de una persona que amamos, la llegada de la justicia a una vida injusta, tantas cosas. La espera, que posterga una y otra vez cualquier acción, nos controla y nos paraliza ya que, como en el cuento de Borges, "es menos duro sobrellevar un acontecimiento espantoso que imaginarlo, aguardarlo sin fin".

jueves, 8 de septiembre de 2011

Un proyecto de locos (cuestiones educativas)

Cada capítulo de Los libros que nunca he escrito  (FCE, 2008) de George Steiner (1929) es un libro, y cada uno de esos libros, abre las puertas al mundo de un intelectual ya maduro, un profesor que ha enseñado en las más diversas instituciones, que, con la absoluta libertad y capacidad crítica que imagino en quienes ya no necesitan quedar bien (o mal) con nadie, reflexiona (de manera obsesiva, crítica y sorteando los límites de la intimidad) sobre un tema. Pone en cuestión incluso sus propias certezas. 
Así ocurre con "Cuestiones educativas", en el que Steiner analiza la "decadencia" de los sistemas escolares (en particular  la educación secundaria y algo de la universitaria) en Francia, Inglaterra y Estados Unidos. Y lo hace, por supuesto, convirtiendo el ensayo en narrativa literaria en la que sus ideas, críticas, recuerdos, parecen enlazados en una coreografía que es, a la vez, clásica y vanguardista. Su deseo, se adivina, escapar al vacío de los libros no escritos, las vidas no vividas, las ideas no expresadas.
Lejos del discurso (y desde ya de la jerga, el glosario a veces mortalmente aburrido  de los especialistas que "dialogan" entre sí), Steiner es un escritor que piensa "en voz alta". Sus ideas se atreven, no otorgan concesiones, provocan, llenan el vacío porque, precisamente, no son lo ya dicho.
Es así que confronta algunas afirmaciones bastante extendidas en el mundo de la política y la pedagogía respecto a evaluaciones comparativas, diagnósticos discutidos una y otra vez en foros de educadores y en los parlamentos, formatos institucionales, currículas, pérdidas de nivel académico o fracaso escolar masivo.
El repetido lamento (compartido y extendido por estas tierras) que enuncia el "empobrecimiento" del lenguaje de los adolescentes, su incapacidad para comprender y analizar textos, para escribir, para utilizar oraciones subordinadas. El "pésimo nivel" con el que egresan de la enseñanza media, ilustrado con un anecdotario que amplifica la prensa año tras año para exhibir el fracaso masivo en los exámenes de admisión a las instituciones de educación superior más exigentes, la ignorancia acerca de la historia de sus propias sociedades, de la ubicación geográfica de otros países, entre otras. El estrés de las familias, los educadores, los especialistas, los políticos, el desconcierto y el no saber qué hacer.
Steiner enumera algunos de los conflictos entre los mundos de los jóvenes habitantes de las democracias de mercado europeas, herederas de una larga tradición humanista y de una formación de elite, y los programas educativos del mundo de los adultos. No teme mencionar el éxito alfabetizador en sociedades dictatoriales, como la soviética, Turquía, China. Se pregunta si no es precisamente ese el "precio" de construir sociedades más tolerantes, integradas, diversas. Es decir, más democráticas y con mayor igualdad social, como la antigua promesa de la república napoleónica, la esperanzada apuesta al futuro, pragmática, algo boba, ingenua, que él le atribuye a EEUU, "Californias venideras".
Propone la imposibilidad de comparar los sistemas entre países, incluso al interior éstos, por la diversidad de contextos, características de las poblaciones, las instituciones educativas, las tradiciones políticas y la historia en la que se inscriben. (¿Qué tienen en común las Grandes Ecoles con las universidades para trabajadores adultos de Nueva York? ¿Cómo evaluar del mismo modo a los jóvenes deportistas estrellas de las universidades tradicionales inglesas con un estudiante avanzado de una escuela técnica francesa?)
¿Qué vínculos se establecen entre quienes participan de la cultura electrónica, informática, el lenguaje escueto de la publicidad globalizada y quienes proponen diez años de enseñanza de gramática y de memorización de fragmentos de literatura como fundamento de la cultura nacional? ¿Qué distingue a las humanidades y las ciencias, si no es "la flecha del tiempo", ya que "las ciencias y la tecnología se mueven hacia adelante. El mañana es más rico, abarca más que el hoy." (2008, 166) "La intuición gruñe: las humanidades y las artes de Occidente son virtuosismos de crepúsculo y remembranzas."(2008, 166)
Pone el acento, al observar con nostalgia pero sin ingenuidad, el abandono de la enseñanza casi enciclopédica  (memoria, repetición, recitado) de algunas disciplinas vinculadas a la lengua y la literatura para dar lugar a una incorporación masiva de estudiantes (justicia social), en la incapacidad que tuvieron las "civilizadas, humanistas y educadas" sociedades europeas para impedir las matanzas escandalosas del siglo XX en sus "guerras civiles".
Habla de docentes "derrotados" y cansados y de alumnos aburridos, cuyo mundo de intereses no está en las escuelas. Como Lenin, se pregunta "¿Qué hacer?"
Indaga acerca del fin del paradigma de la alfabetización como sinónimo de "letrado" (el que conoce la letra de las escrituras), y sugiere que la alfabetización es "la capacidad para tener participación en lo más desafiante y creativo que hay en nuestras sociedades y responder a ello."
Propone la utopía como la alternativa posible para épocas de crisis, y algunos postulados, como enseñar la historia intelectual y social, para despertar el deseo de aventura mental en los jóvenes. Un programa universal de enseñanza, dice, para esta época, debería incluir estudios de matemáticas, música, arquitectura y ciencias de la vida. Debiera trabajarse en equipo.
"La alfabetización en los números, la música, en la arquitectura y en la biogenética. Un proyecto de locos. Ojalá lo fuera todavía más."(Steiner, 2008:182)

Índice de Contenidos
Nota del autor 11

Los libros que nunca he escrito

Chinoiserie 15
Invidia 47
Los idiomas de Eros 75
Sión 109
Cuestiones educativas 143
Del hombre y la bestia 185
Petición de principio 209

martes, 30 de agosto de 2011

¡¡¡Presentes!!!!

Ella trabaja de moza en un café del centro porteño y tiene dos hijas. Una ya está en la secundaria, así que ella se pone también a completar la escuela que abandonó en su momento para trabajar. Se pasa todo el día parada, sirviendo las mesas, después (cuando no hace horas extras) se va a la vespertina, luego a casa, prepara la comida, revisa las tareas de las chicas, descansa. Nunca pierde la sonrisa ni el saludo cálido.
La escuela no la hizo ni ella ni ninguna de sus hermanas. Son siete. Vienen del norte argentino. Es que al padre, que era delegado sindical en una famosa fábrica, lo desaparecieron en el 76. La madre se volvió al pago con las siete chicas. Las crió como pudo. No se hablaba de la desaparición del padre. Ella es de esas personas de las que uno dice: es de buena madera.
Me cuenta que está feliz haciendo la escuela, que varias de sus hermanas están haciendo lo mismo, que después quiere seguir derecho. No tengo dudas de que va a lograrlo. Tiene la fuerza, la inteligencia y la perseverancia.
La conozco hace unos años. Pero la historia del padre me la contó hace poco, cuando ambas nos dimos cuenta, a raíz de una charla sobre el matrimonio igualitario, que estábamos del mismo lado. Del lado de los que queremos más derechos para todos. Del lado de la Memoria, la Verdad y la Justicia. Por su padre, por los 30.000, por las familias de ellos y por cada uno de nosotros y nuestros hijos.

sábado, 20 de agosto de 2011

Memorias de un enfermo de nervios

Memorias de un enfermo de nervios (Denkwürdigkeiten eines Nervenkranken), de Daniel Paul Schreber (1842-1911), es de esos libros de los que hemos escuchado hablar en varias oportunidades, en especial a los que tenemos algún amigo psicoanalista, por el que sentimos curiosidad, del que sabemos vagamente algo (como que influyó definitivamente en las teorías sobre la paranoia de Freud, o en Jung, luego en Lacan y sus sucesivas interpretaciones y revisiones), sabemos que Deleuze, Melanie Klein y Elias Canetti escribieron acerca de él, que es un texto ineludible de la cultura del siglo pasado, etc.
Pero cuando lo leemos,(¡al fin!), como en mi caso, en esta maravillosa edición de Sextopiso (2008, 656 págs.), que incluye una Presentación de Roberto Calasso, las memorias propiamente dichas, las Observaciones psicoanalíticas de un caso de paranoia, de Freud, y El caso Schreber, de Elias Canetti (1949), es un chispazo en el cerebro. (Y una tras otra van cayendo las piezas del dominó.)
Obra de profundo impacto en algunas de las mentes más lúcidas del siglo XX,ofrece a los lectores contemporáneos tal multiplicidad de interpretaciones que parece inagotable. Como relato, el delirio de Schreber te sumerge (y atrapa) en la mente de un paranoico culto, brillante, fóbico y muy inteligente, que maneja el lenguaje como si sus palabras pudieran intervenir como los "rayos" de Dios y de las "almas probadas" que lo torturan en su duelo de ocho años de enfermedad, en nosotros mismos. Al mismo tiempo el sistema, la estructura de su delirio, ofrece varios paralelismos con diversas teologías, que pueden interesar tanto en sus lecturas estéticas como en las éticas. Desde el punto de vista de la política, Canetti interpreta la paranoia como "la enfermedad del poder", como lo más parecido al ejercicio del poder político, y lo compara con el nazismo. Ni que decir que Freud fundó gran parte de sus ideas sobre la paranoia a partir de este relato, del debate del mismo con Jung, y que las sucesivas revisiones a la interpretación de este caso en Freud (que veía en Schreber y su delirio paranoico una respuesta a la represión de su deseo homosexual) han hecho correr mucha tinta.
Imposible, en la Argentina de estos días, leerlo sin pensar en el discurso delirante de Elisa Carrió.
En su delirio de grandeza, su lucha contra Dios (el padre autoritario de Schreber, Flechsig, su psiquiatra, etc), único igual, su percepción de ser la medida de todas las cosas y el único sobreviviente humano en el universo (anuncios de catástrofes); el complot urdido en su contra, su decisión de someterse a la metamorfosis en mujer, las torturas y transformaciones que vive en su cuerpo, Schreber de alguna manera ha triunfado, en su deseo evangelizador, al difundir como "religión" su delirio, como se evidencia de algún modo en esos ríos de tinta que atraviesan los campos de la literatura, el psicoanálisis, la filosofía política del siglo XX que vuelven una y otra vez sobre esta obra escrita por un enfermo mental recluido en un manicomio durante casi una década.
Ha logrado que hablemos de él, nos interesemos en su palabra, observemos (legitimando de algún modo y por los caminos más inesperados) la importancia simbólica de los significantes de su lenguaje.

Contratapa de mi edición:
Memorias de un enfermo de nervios es una extraordinaria crónica de uno de los delirios más alucinantes que se hayan registrado en la historia de la humanidad, el del presidente de la Corte de Apelaciones de Dresde, Daniel Paul Schreber.
Presentamos la segunda edición de este libro canónico que incluye los siguientes textos: «Nota sobre los lectores de Schreber», de Roberto Calasso; «Observaciones psicoanalíticas de un caso de paranoia» de Sigmund Freud; «El caso Schreber» de Elias Canetti.
Schreber relata con detalle y precisión lo sucedido durante su prolongada estancia en el hospital mental de Sonnenstein, cuando tenía la plena convicción de ser víctima de un intento de almicidio por parte de Dios, con la ayuda de su psiquiatra, el Dr. Flechsig. En esta feroz lucha está en juego nada menos que el orden del mundo y el futuro de la humanidad, por lo que el presidente Schreber recurre a cuestiones extremas como transformarse en mujer para así intentar seducir a Dios y poder conjurar el peligro que se cierne sobre su persona.
Las Memorias han sido un texto esencial para diversos pensadores y escritores. En esta edición se incluye un ensayo introductorio de Roberto Calasso que permitirá al lector seguir paso a paso el impacto y trayectoria de este excepcional libro; como apéndices aparecen dos importantes textos: «Observaciones psicoanalíticas sobre un caso de paranoia», famoso ensayo de Sigmund Freud en torno a las Memorias, que se erigió como la piedra angular de su teoría de la paranoia, y «El caso Schreber» de Elias Canetti, donde vincula con minucia la paranoica figura del presidente Schreber con la del poderoso por antonomasia.

lunes, 15 de agosto de 2011

La fuerza del amor

No intentaré fingir ningún análisis. No le pondré palabras seudo explicativas a lo de ayer. Otros lo han hecho y lo harán, sin duda, mejor que yo. Acá y en otros ámbitos he intentado reflexionar varias veces, en épocas más duras y de derrotas, respecto a lo que opino sobre  el kirchnerismo, Néstor y Cristina. 

Así que apenas unas palabras atrapadas al vuelo, entre el cansancio de las tareas de militancia del escrutinio y el regreso a las tareas diarias de los que ejercemos el derecho al trabajo y  vivimos de nuestro salario, hace apenas unos años, escaso privilegio que se escapaba de las posibilidades de gran parte del pueblo argentino.
Pero quiero decir que, entre las múltiples y variadas causas por las cuales la "gente", nuestro múltiple y diverso pueblo, votó ayer a CFK, no tengo dudas de que una que puede de algún modo sintetizar, es la de habernos devuelto la esperanza, que es: 

  • el deseo (la libido, la voluntad de vivir, desarrollar un proyecto, trabajar en lo que uno puede, quiere o sabe, amar, más tributos a Eros y menos culto a Tánatos);
  •  la expectativa de futuro (una concepción acerca del tiempo histórico que incluye una percepción del pasado, una interpretación del presente y una imaginación sobre lo por venir): la certeza de que nuestros hijos ya tienen un país mejor que el que tuvimos junto a la posibilidad de soñar que eso puede continuar mejorando.  
  • una ideología acerca del espacio y el territorio (con límites a la codicia y sin límites a los derechos) que habitamos y el que queremos construir: donde se pueda gozar del amor a nuestra familia (sea ésta cómo sea), nuestros amigos y compañeros de militancia, nuestra Patria. Donde no nos persigan, o nos restrinjan la libertad, no nos maten (a tiros, de hambre, de exilios, de desencanto, privándonos de la dignidad del trabajo, de aburrimiento, de exceso de consumismo). Donde quepamos, cómodos, todos. Los que son parecidos a nosotros y los que no lo son, los que nos gustan y nos caen bien y los que no soportamos.
  • la conciencia de que en la mayor parte del mundo, tanto países mucho más ricos como otros más pobres, la están pasando muy mal. Los gobiernos toman medidas que generan cada vez más injusticia y sufrimiento en la vida individual y colectiva de sus pueblos.Y acá es al revés.
  • la identificación positiva con el liderazgo, y la fuerza, de una mujer que se sabe reponer a los peores sufrimientos y sortear los más duros obstáculos que la vida y la política le ponen en el camino.
  • y tantas cosas más por las que ayer votamos a Cristina.


martes, 9 de agosto de 2011

Maximiliano, Carlota, Alfonsín y Carrió

  "Entre los individuos, como entre las naciones, el respeto al derecho ajeno es la paz." (Benito Juárez)

Lo malo de leer biografías acerca de personajes famosos de las casas reinantes europeas es comprobar cómo, una y otra vez, los poderosos del mundo resuelven, en sus bellos palacios veraniegos o en los bancos y las bolsas de Londres, Viena, Nueva York y París sobre el destino de millones de hombres, mujeres y niños sojuzgados en todo el planeta.
de Grecia, Miguel, La emperatriz del adiós,
Plaza y Janés, Barcelona, 2000.
Los intensos cambios que se produjeron en la Europa del siglo XIX, con las sucesivas alianzas y rupturas, guerras, revoluciones, golpes de Estado, breves triunfos de los sectores populares y nuevas imposiciones de las alianzas entre ricos y burgueses se expresaron en América Latina bajo la forma de nuevas expropiaciones de bienes, represión de los movimientos emancipadores nacionales y asesinatos masivos. Así es el caso de la forzada construcción del Imperio Mexicano (1863-1867), producto de la intervención francesa y cuya corona ostentaron brevemente y como títeres del emperador Napoleón III (1852-1863), Maximiliano Habsburgo-Coburgo (hermano del "eterno" y reaccionario emperador Francisco José de Austria) y Carlota de Bélgica (nieta del Rey Luis Felipe de Orleans que encabezó la monarquía constitucional francesa (1830-1848) luego de la caída de Napoleón I y el reinado de los borbones.
Son, por supuesto, entretenidos los aspectos románticos de esta curiosa historia, en la cual para ocultar lo que intuyo era la homosexualidad de Maximiliano se habló de todo tipo de variantes (mujeriego, impotente, melancólico) y la posterior locura de la emperatriz depuesta Carlota (a causa de haber sido envenenada en Yucatán por partidarios del perseguido Benito Juárez; o como resultado de la conspiración de los yanquis para frenar ese imperio que se había aliado con el derrotado Sur; o por instigación de Napoleón III de Francia como castigo por el fracaso de su marido o las deudas que no pagaron a Francia; o por los colaboradores del Emperador Francisco José para quedarse con el generoso patrimonio de Carlota y eliminar un posible sucesor a su trono, o por alguna o algún amante de Maximiliano, según las múltiples hipótesis que tejieron la prensa y los servicios diplomáticos americanos y europeos).
Carlota y Maximiliano
Pero no menos inquietante es indagar en los procesos en los cuales el cipayismo local (encabezado por el Partido Conservador Mexicano) buscó alianzas y préstamos impagables (deuda externa) en las casas reinantes europeas para imponer su proyecto y mantener en estado de sometimiento a las masas campesinas indígenas, a costa de la vida de miles de mexicanos y, por supuesto, de la posibilidad de desarrollo de su país y de las mayorías.
La invasión de Francia, España e Inglaterra en 1861 tenía como fin recuperar el dinero que Juárez no había pagado a sus acreedores de las potencias colonizadoras. Entonces, como ahora, el capital marcaba la política a seguir en las naciones débiles para favorecer los negocios de los banqueros que, a su vez financiaban a los gobiernos europeos como el suizo Jecker. Los mismos intereses que hoy hacen temblar a los gobiernos europeos (arde Londres, Obama está al borde de declarar el default, cae España, Francia ajusta y los bancos se quieren desquitar una vez más con los pueblos).
En medio de este conflicto, liberales republicanos hincados ante el poder europeo, nacionalistas traidores, buscando la protección económica y la intervención militar de Lincoln y sus sucesores (de la mano de la doctrina Monroe), espías disfrazados de curas y Papas enojados por la confiscación de los bienes de la poderosa Iglesia mexicana. Los ecos de estas voces parecen resonar en los discursos de muchos políticos opositores argentinos que añoran la intervención de las potencias imperialistas, que hoy llamamos "primer mundo", que reclaman romper el "aislamiento" que supone el ejercicio de relaciones internacionales fundadas en considerarnos, como Juárez, soberanos.
A falta de sentimientos monárquicos en nuestras culturas, pero con estrategias parecidas de propaganda y marcketing (mejoradas por el uso de una liturgia imponente y funcional al poder como lo es la de los mass media actuales), colocan como caras visibles de sus proyectos, como máscaras, a los nuevos Maximilianos y Carlotas que vendrán a salvarnos de supuestas "tiranías" nacionalistas y populistas que nos pretenden libres, justos y soberanos.
A veces Alfonsín (hijo) remeda, en clave bizarra, a un Maximiliano, frustrado segundón de un pariente poderoso y Carrió podría representar, sin forzarlo demasiado, a la pobre emperatriz, otrora capaz e inteligente, que se autodestruyó en medio de sus delirios de grandeza y va mendigando en embajadas extranjeras, invasiones y protecciones para su fantasmagórico sueño abortado.

lunes, 8 de agosto de 2011

Los Borgia (series)

Pocas épocas y sagas familiares ilustran mejor las relaciones entre el poder y su liturgia como la del ascenso y caída de los Borgia en el Renacimiento europeo.
Tan atractivos resultan todos y cada uno de los personajes históricos que protagonizaron ese intenso proceso político, que acerca de ellos se han escrito cientos de biografías (más o menos serias, entre las que destaco O César o nada, de M. Vázquez Montalbán), se han pintado cuadros, se han filmado películas, entre otros, sin que el tema parezca agotarse nunca. Incluso, gente que desconoce por completo ese periodo histórico ha escuchado hablar de algunos mitos populares en torno a Lucrecia Borgia (o Borja) supuesta "envenenadora" (como mujer, víctima y carta de negociación en las tramas de alianzas tejidas por su padre en sucesivos y malogrados matrimonios); de las relaciones "incestuosas" de su padre Rodrigo, su hermano César, del sospechoso asesinato de su hermano mayor Juan, duque de Gandía, y del desigual matrimonio del pequeño Jofré Borgia con la sensual Sancha de  Nápoles, entre otros. Hablamos de los tiempos de Machiavelo, del monje Savonarola, del temible rey Ferrante de un Nápoles cuya soberanía disputaban Francia, España (como herencia de la Casa de Aragón, cuyo líder Fernando el Católico inspiró, junto a César Borgia, El Príncipe) y Austria; del emperador Carlos V (I de España), del invasor Carlos VIII y luego Luis XII de Francia; de los tratados secretos con el sultán de Constatinopla; de las alianzas del cardenal Della Rovere (que asumiría luego el papado como Julio II). Las contradicciones y controversias de la configuración de los estados modernos europeos, la sangrienta conquista americana, la persecución de los musulmanes y judíos de Sefarad (a muchos de los cuales el Papa Borgia daría asilo en Roma para aprovechar sus riquezas y capacidad para el comercio), del poder de los Sforza en Milán y de la república de Florencia de los banqueros Médicis. 
Es así que para quienes quieran ver una muy buena producción sobre esta saga familiar, es recomendable la Coproducción Irlanda-Canadá-Hungría; Mid Atlantic Films / Octagon Films / Take 5 Productions, dirigida por Neil Jordan (Creator), Simon Cellan Jones, John Maybury, Jeremy Podeswa, que consta de 9 capítulos que acá transmite I Sat los domingos a las 22 hs. Un verdadero goce estético no sólo por las actuaciones y el guión, (Jeremy Irons interpreta a Rodrigo Borja, por ejemplo) sino por el magnífico vestuario, las escenografías, la música y la fotografía.


viernes, 5 de agosto de 2011

Cada día tiene su afán 2

Así que, no os afanéis por el día de mañana, porque el día de mañana traerá su afán. Basta a cada día su propio mal. (MATEO 6:25-34)


2. Rita
Se levanta cansada y antes de saltar de la cama enciende la radio y el primer cigarrillo. Soñó con los exámenes que le falta corregir, con Nacho (y qué bueno sería volver a tener una noche de sexo con él), con una ciudad brumosa y con el regalo que tiene que comprar para el cumple al que irá su hija después de la escuela. La llevará Ana, la empleada, porque ella al salir de la oficina tiene una reunión política. Están en campaña. Sino gana Cristina será otra vez el infierno de 2001, cuando el papá de la nena se tuvo que ir del país, como varios de sus compañeros de laburo y facultad.
Después, quizá logre ir al dentista, hace tres citas que tiene que suspender porque el jefe le pidió un artículo para un seminario, porque la llamaron de urgencia del jardín, porque internaron a su amiga en medio de un brote. Ella corre atrás de todos los incendios. Toma la segunda taza de café y piensa si vale la pena. Envidia a las mujeres que tienen tiempo para el gimnasio y la peluquería. Todo para nada, ni siquiera puede pagar el crédito para comprar el auto y hay cada hijo de puta que se llena la boca hablando de ética y la levanta con pala.
Su madre está enferma, después de la escuela debería pasar a verla, cocinarle algo antes de rajar al otro laburo. Pero.
Prepara una tarta para la nena. Llega Ana, hablan del frío. Se pone el tapado nuevo, qué bien le queda. Al menos ahora se puede comprar buenas pilchas. Se siente culpable con Ana, tiene cuatro pibes que alimentar y ella se queja por la peluquería. Besa a la nena que duerme plácidamente en la habitación recién pintada y llena de peluches. Tiene la piel calentita y suave. Ojalá pudiera quedarse hasta que se despierte. ¿Se recupera todo es tiempo robado a la infancia de los hijos? Se ha hecho tarde. Llama a un taxi, carga el portafolios con las pruebas de sus alumnos. Le toca hablar de Virreinato. Pueden debatir de los maravillosos festejos del Bicentenario. ¿Habrán ido los pibes? Ojalá. Ya les repartieton las compus. Es increíble, Hace unos años ni para los sueldos había. Se la robaban toda, los mismos que hoy critican al gobierno de Cristina. ¡Qué ovarios tiene! Y ella está cansada. Pensar que la Presidenta se tiene que ocupar de todo un país, en medio de conspiraciones golpistas y medios opositores.
Da una buena clase. Charla con las compañeras en la sala de profesores. Toma otro taxi hasta lo de su madre. Le prepara un omelette. Otro taxi hasta la oficina. El jefe está con cara de culo porque ella llegó tarde. Total, él no tiene que hacerle la comida a nadie. Llama a Ana. La nena ya está en casa de nuevo y acaba de llegar la niñera. Una piba bárbara que estudia arte. Le gustaría pagarle mejor, pero no da. 
Le enchufan un montón de laburo. Se hace tarde. Suspende con el dentista y va a la reubión política con los compañeros. Suspende la cena con amigas. Revisa el mail, Nacho no ha dado señales.
Sale del laburo. Toma el micro. Ya no queda un mango para taxis, así no va a poder nunca comprarse un autito. Llega a casa. La nena la recibe toda sonrisas. Charla con la niñera. Prepara la cena, habla por teléfono por cosas del laburo, con una amiga y con la madre. Le lee unos cuentos a la nena. Se duerme en la cama de ella mientras miran el noticiero. Qué hijos de puta son estos de TN. Llama a Nacho. Contestador. Ducha rápida. Secador. Planchita. Se han hecho las doce. Cierra la casa. Tuitea un rato. Toma una copa de vino. Pasa a la nena a su cama. Le da de comer a los gatos. Fuma un pucho y se acuesta angustiada pensando en todo lo que tiene que hacer mañana. Hace diez años que murió su padre y todavía hay noches en que le gustaría hablar con él de sus cosas. Se acuerda de una oración de la infancia que le decía su abuela. Cada día tiene su afán.

Cada día tiene su afán

Así que, no os afanéis por el día de mañana, porque el día de mañana traerá su afán. Basta a cada día su propio mal. (MATEO 6:25-34)




1. Ana
Se levanta a las 4 y media, el chiflete del viento frío entra por las hendijas de los tablones de la casilla. Se abriga sin hacer ruido para no despertar a los chicos que duermen bien tapados. Enchufa la estufa eléctrica. Calienta agua en el anafe, total la garrafa es nueva. Prepara el mate cocido y lo pone en el termo, después de tomar una taza. Le deja la campera más nueva a la nena más grande que ya está despierta (ya las dos tienen el mismo talle, cómo se pasa la vida y los chicos se vienen grandes),  le da instrucciones para el desayuno y para llevar a los hermanos a la escuela. Se emponcha bien, camina por la calle embarrada las cinco cuadras hasta la parada. Viaja parada y apretada. Se baja en la estación de tren. Sube al segundo que pasa. Viaja apretada. Baja. Camina seis cuadras, el sol empieza a calentar la mañana, los porteros barren las veredas, los negocios levantan las persianas. Toca el timbre, le abre la patrona. Se saludan, comentan del frío que está haciendo. Se cambia la ropa. Trabaja hasta las dos. Come un sanguche con los nenes de la casa y una sopa. Se despide. Camina hasta el subte. Viaja apretada. Llega a la casa vacía, abre. Limpia el baño, la cocina, los pisos que le quedan tan lindos que se siente orgullosa. Plancha las camisas del patrón, le quedan como para ir a una fiesta. Se sienta en la cocina que huele a lavandina. Se toma un té. Llega la patrona. Conversan del tiempo, le paga el día  y le da una bolsa de ropa para los chicos. Cae la tarde, el sol ya no calienta. El hijo de la patrona la acerca hasta la estación de trenes en su auto. Toma el tren. Espera  una hora el colectivo. El frío es una tortura. Llega de noche a la casa. La nena más grande ya está preparando un guiso con las verduras que les compró el vecino en el mercado. Los chicos revisan la bolsa de ropa. Hay un buzo rojo hermoso para la Marta y una campera rosa para la Lucy, que es perfecta para la escuela. Zapatillas casi nuevas para el chiquito. Que buena es la patrona de la tarde. 
Cuando los más chicos se duermen, calienta un poco de agua, se higieniza. Revisa los cuadernos de la escuela y mira la novela con la nena más grande. Sale de la casa, fuma un cigarrillo y se va a acostar, satisfecha y agotada. En la cama que comparte con el chiquito y la Lucy, en silencio, reza una oración que aprendió en la parroquia, piensa en qué lindo sería que el papá de los nenes volviera (¡cómo lo extraña!) y consiguiera un buen laburo. La angustia que le agarra a veces cuando no tiene un mango para darles de comer a los chicos, qué suerte lo de la asignación. Lo bueno que es el vecino, cómo los cuida cuando ella no está. Lo inteligente que es la nena mayor, ojalá le den la computadora en el colegio. Cada día tiene su afán.