jueves, 6 de febrero de 2014

Ir a pasear por ahí...

Corre el rodillo por la pared defectuosa, salpica acá y allá su blancura. Lentamente va cubriendo la ominosa marca del agua, de la impotencia, del abandono.
Duele el cuerpo su agotamiento, del trabajo del año, de la enfermedad, de la angustia y la desesperación que se han instalado como compañeras de morada  en los últimos años.
Saber que todo fluye, que todo se olvida, que todo lo que amamos puede desaparecer en un instante es un saber que libera y desesperanza a la vez
No se quiere ser esta persona. 
Se quiere ser otra, menos perdedora, menos cansada, menos triste.
"El mundo de Cristina", Andrew Wyeth, óleo sobre tela, 1948.MOMA, Nuev York
Haber corrido, tal vez, menos riesgos, haberse aferrado más a lo tangible en lugar de enamorarse de quien no se debía, de intentar aprender de mundos que no sirven para pagar las cuentas.
Haber aprendido a agachar la cabeza y a callar a tiempo, en vez de luchar tanto y tan inútilmente casi siempre.
Haber acunado menos muertos.
Se quiere en verano poner los pies en la espuma marina, sentarse a leer una novela a la orilla de un río, descansar de los esfuerzos y las labores del año. Se quiere pagarle a alguien para que escuche nuestros problemas, pagar a alguien para que limpie nuestra casa, para que nos enseñe algo de todo el universo infinito de nuestros no-saberes.
Sobre todo, descansar.
Se quiere recibir una retribución aproximadamente justa a nuestro trabajo, se quiere poder mantener a nuestra familia y de tanto en tanto plantar unas alegrías del hogar o unas lavandas en el jardín y disfrutar de sus perfumes en las tardes de verano.
Y que alguien venga y nos diga, como si nos abrazara: qué bien esto que hiciste.
Se quiere ir a comer a un bar de por ahí, tomarse unos días de vacaciones como hace unos años, pasear sin horarios, dormir hasta tarde.
No se quiere ser la persona que arruina sus manos rasqueteando paredes; que envejece su cara con gestos hijos del cansancio, el dolor, la falta de recursos.
Se quiere participar de conversaciones triviales sin sentirse afuera, excluida de aquello que solía ser un mundo y un lenguaje común.
Corre el rodillo, el cuerpo se llena de moretones, los muebles pesan, el calor agota, los días de las vacaciones vuelan tan cargados de obligaciones como los otros días, como ocurre con vidas enteras que pasan por el mundo sin una tregua, un descanso, un abandonarse al no tener que trabajar y pensar...
En las marcas del agua podrida en nuestro hogar.
De los trabajos malpagos, de los poderosos de frágil memoria, de todo lo irremediablemente perdido, como nuestra juventud, nuestra paciencia y nuestra esperanza.
Mientras en la televisión nos muestran, y los amigos nos hablan, de los veraneos y los paisajes de un territorio que parece haber dejado de pertenecernos pero al que, mientras se aleja en el horizonte, no podemos dejar de intentar llegar, como si allí pudiéramos, al fin, descansar en nuestro hogar.

domingo, 19 de enero de 2014

Cómo ser buenos, de Nick Hornby (o de cómo parece imposible dialogar en un matrimonio)


Si es por culpar a alguien, culparé a D, ya que fue por ella que conocí este libro y luego, anduve hace unos meses buscándolo por librerías de aquí y allí hasta encontrar un ejemplar en Buenos Aires que le llevé a D (por darme el gusto de ver que le brillan los ojos y para poder hacer como que somos malas.)
Y no lo somos.
También es por esta tristeza instalada bajo la piel, que cada dos por tres me lleva a pensar que no es posible que J se haya muerto (lo escribo, lo digo, y me parece ficción).
O por este calor agobiante y el no haber tenido vacaciones. Y seguir todavía cargando la mochila de un 2013 que duró una década.
O por no tener un mango ni la menor idea de cómo afrontar estos próximos meses, la vida, las necesidades diarias. (Entonces me da por pensar que para los latinoamericanos, salvo los ricos, el futuro siempre conlleva la inquietud por la supervivencia y el aburrimiento de un mal matrimonio no alcanza a ser un tema "central", pero tal vez me equivoque).
Como sea, igual me distraigo de las lecturas que tengo que hacer (por trabajo, porque están pendientes, porque me comprometí con alguien, para preparar las clases, etcétera) y las tareas de escritura (corregir mi novela, pongamos por caso, un artículo que debo) y me siento a leer Como ser buenos.
Y me río y me amargo, como si estuviéramos charlando en el living de D, con Z, con C, (con MS de manera virtual), como sino estuviera sola en el jardín. 
Y leo.
Esta especie de tratado acerca de los desencantos del matrimonio satisfecho, confortable, burgués. En primera persona, irónica, inteligente, una mujer escrita tan bien por un varón. Sus monólogos, imaginaciones, la construcción de un pensamiento femenino que parece condenado a no comunicarse con él (marido/novio/amante).
De como cuenta Katie Carr, madre, médica, esposa y buena persona, sobrelleva el vivir con David, un hombre que siempre está ofendido, que tal vez de joven hizo del sarcasmo y del cinismo una pose -algo esnob, para seducir, o para hacer reír, o para ganarse la vida escribiendo artículos periodísticos medio malos-, pero terminó convirtiéndose en un cínico de verdad.
Un conservador en todo "menos en política", de esos que abundan hoy por hoy, que destilan su veneno, su odio, su resentimiento bajo la forma de indignarse con cuestiones que no conlleven una mala imagen de sí (no dirían, por ejemplo, que hay que matar a los pibes chorros, o que hay que echar a los negros de Inglaterra -dicen inmigrantes "afro" en todo caso), pero es igual, por aunque cambien el blanco de sus diatribas, su odio reaccionario está, y se dedican, como en este caso, a emponzoñar el clima de su hogar y de su familia, como si el mundo les hubiera negado el reconocimiento que merecen, no se sabe muy bien por qué. Y eso, a pesar de que tienen una vida muy confortable.
Una novela que empieza: 
"La mujer infiel", C. Chabrol, 1969.
"Estoy en un aparcamiento de Leeds cuando le digo a mi marido que no quiero seguir casada con él. David ni siquiera está en el coche conmigo. Está en casa, cuidando de los niños, y sólo le he llamado para recordarle que debe escribir una nota a la maestra de Molly. Lo otro..., bueno, lo otro es como si se me escapara de los labios."

Un marido ofendido
Pero entonces, después de que ella tiene ese acto tan impropio de serle infiel, justo cuando siente que ya no es la "buena persona" que siempre creyó ser (cuando se da cuenta de que, a fin de cuentas, no soporta más vivir así, que quiere un marido al cual gustarle, que no la agreda, que le preste atención y exprese de tanto en tanto cierta felicidad por estar juntos), David decide convertirse en Bueno -y no simplemente en "bueno"-: un modelo de virtudes, de tolerancia, de paciencia, un ofendido-con-ella-y-la-vida que no por eso deja de ocuparse de sus hijos, de encerrase en su estudio a no ganar un peso, de reprocharle a ella (que es la que para la olla) por su trabajo, por no ser Buena madre, esposa, y todo lo demás.
Y cierro con este diálogo, de las primeras páginas, que ya anticipa esta imposibilidad de dialogar en el matrimonio:
"—Lo siento.
—¿Te importa cómo estoy?
—Si te digo la verdad, David, no necesito preguntártelo. Oigo cómo estás. Lo bastante saludable como para cuidar de dos niños y al mismo tiempo lanzarme unas pullas. Y muy, muy ofendido por
motivos para mí, hasta ahora, oscuros. Aunque estoy segura de que vas a sacarme de tal oscuridad.
—¿Qué te hace pensar que estoy ofendido?
—¡Ja! Eres la viva estampa del ofendido. Permanentemente.
—Qué cojones...
—David, tu medio de vida es estar ofendido..."

Hornby, Nick, Cómo ser buenos, Barcelona, Anagrama, 2004.

sábado, 18 de enero de 2014

La chica de ninguna parte

Soy la chica de ninguna parte,
la extraña,
la que no aprendió a portarse bien ni a relajarse ni el yoga ni la meditación ni a ganar dinero ni el mandato ético del mundo de hoy: "sé exitoso o matate".

Soy el niño palestino que vuela por el aire sin entender por qué es peligroso perderse lejos de los muros por seguir el vuelo de una mariposa de colores.
Soy  M, que anda bajo el sol de enero con una bicicleta pinchada arrastrando un carrito con los restos de los naufragios del barrio, sin saber muy bien a dónde volver.

La joven artista que una vez trepó a la cima de colores, embriagadora, absoluta, y derrapó hasta reventarse contra la nieve silenciosa del final, como si fuera un personaje de una novela de soledades y desencuentros.

Soy  la anciana que va por acá y por allá preguntando por su nieta, mientras en el cielo se forma una nube negra.
Soy la madre que no puede dejar de llorar a su hijo.
Soy la otra, la que que no elegiste, la que se prende fuego de amor y de odio.
Soy.
Los peces pequeños que terminan engullidos por los depredadores más voraces. 
Las notas que desentonan.
La que no aprendió a rezar pero igual reza.
La que no sabe cantar pero igual canta.
La que sabe, piensa y siente el encantamiento eterno que atesora el instante de un nacimiento.
La que se deja flotar en el agua como si el mundo fuera justo.
O por lo menos, íntimo.

lunes, 13 de enero de 2014

Se escapa, nos llama, nos quema, nos hiere...

¿Todos tenemos ese amor irrealizable, que es como la esencia misma del deseo?
Se escapa, nos llama, nos quema, nos hiere, se escapa, nos llama, nos quema...Se escapa.
Camille Claudel trabajando
Mientras vivimos la vida, amamos a otros más carnales y estables, parimos hijos, obras, actuamos.
Hacemos mundo, le damos forma al amor, al que construimos de verdad, al que imaginamos y evocamos  con la ductilidad de una escultora enamorada del vivir.
Rememoramos: el pasado es a la vez la eternidad.
Lo que vendrá.
Lo que pudo ser.
Lo que no fue.
Lo que hubiéramos deseado que fuera, el sueño mismo, con su humedad, con su acariciadora y tramposa promesa de pubertad, de adolescencia.
Todo lo posible.
El hijo.
(Y vos siempre yéndote, y yo siempre buscándote, 4ever n ever.)
Y al final, un signo de pregunta.
(La esperanza es el gran interrogante. Y la respuesta)


domingo, 12 de enero de 2014

JH, el comprendedor, Kristeva, Arendt y los mundos que hace el genio femenino

"Las madres pueden ser genios, no solo del amor, del tacto, de la abnegación, de la resistencia o incluso del maleficio y la brujería, sino también de una cierta manera de vivir la vida del espíritu. Esta manera de madre y de mujer (a veces calurosamente aceptada, otras veces negada o hecha añicos por conflictos), o les confiere en efecto un genio muy de ellas." Dice Julia Kristeva en El genio femenino (2013:13). 
Me parece a mí que es como si uno dijera que la madre, lo materno, la maternidad, es el Zeitgeist subterráneo, tal vez atesorado en una caja fuerte, para que sobreviva a esta época de inhumanas idolatrías autoeróticas y tecnoeróticas.
La maternidad (o maternidades) no ha podido ser reemplazada por máquinas y aún hoy, requiere de mucha dedicación, energía vital y esfuerzo humano. Implica renuncias, sacrificios, postergaciones, sin que ello suponga necesariamente una carga negativa, si se lo enfoca desde la perspectiva de configurar una especie de reservorio humano en un mundo dominado por el mercado y la supremacía del dinero y el egoísmo.
Ser para otro, como deseo, elección y posibilidad, en una maternidad que supone el cuerpo, en su diversidad, en sus plurales expresiones y morfológicas, qué misterio amoroso, las mujeres seguimos amando a los hombres y ellos nos engendran hijos.
Todavía.
Los hijos, a veces, aman demasiado a sus madres, tanto como para desmoronarse de pena cuando ellas parten. Tanto como para no poder seguir. 
Tal vez por eso, aunque más no sea que por eso, todas las madres del hoy, de estos tiempos, haríamos bien en comprometernos con, al menos, una obra que demande nuestro deseo, nuestra atención, que convoque nuestra acción, para sustraernos de la voracidad que a veces tenemos sobre los hijos... pienso ahora.
Sobre todo si no hay padre (porque está su cuerpo y nada más, porque no está, por lo que sea).
Me gustaría hablar con JH de este libro, si nos viéramos, sería inevitable, como lo será comentarlo de algún modo con D, y virtual y probablemente, también con MS. 

*****

JH se interesaría por este primer tomo, el que Kristeva dedica a Hannah Arendt , a su particular genio, a ese posicionamiento de ubicarse en las fronteras: de la izquierda y la derecha; de la filosofía y la política; del 
judaísmo y el Todo lo demás. (El más allá del no ser judío, territorio confortable de aquellos que no están obligados a dar explicaciones, agrego yo, en ese identificarme con una identidad definida por el interrogante, por el decir -de sí y de los otros-, por la palabra -¿será por aquello del Pueblo del Libro?).
La obra de Kristeva enfatiza el dilema del pensamiento del siglo XX: por un lado, un siglo que abandonó los valores del humanismo y, a la vez, un tiempo en el que se han planteado algunas preguntas que implican el riesgo de adentrarse en lo más subterráneo de la psique de los sujetos, y la conformación de las sociedades: "¿qué es la vida?, ¿dónde está la locura?, ¿qué pueden las palabras? La vida, la locura, las palabras: tres mujeres han sido sus exploradoras lúcidas y apasionadas, y comprometieron en esas empresas tanto su existencia como su pensamiento. Ellas son Hannah Arendt(1906-1975), Melanie Klein (1882-1960) y Colette (1873-1954). [...]Tres mujeres extraordinarias han marcado de este modo la historia de nuestro siglo. Pero, ¿qué es lo que constituye la singularidad de cada una?" http://www.lecturalia.com/libro/30165/el-genio-femenino
(Incluso, yo le mandaría este post a JH y lo comentaríamos por mail tal vez antes de vernos y él, sin duda, en seguida me agregaría nuevas preguntas, haría laguna observación o recomendación muy atinada, abriría nuevos mundos).

Pasión por la vida y el precio de la rebeldía
Le digo a A que me identifico con esa rebeldía de Hannah, ese rechazo a quedar encerrada en un territorio (intelectual, ideológico, amoroso) demasiado cerrado, demasiado inflexible. Hannah ama y por eso, intenta conocer. Y en ese intento de pensar a los sujetos y al mundo a partir de sus subjetividad amorosa, es esencialmente femenina, creo yo. 

Ese ese rasgo del amor femenino que opera como un antídoto a la violencia mercantilista del capital, aunque algunas feministas se rasguen las vestiduras. Esa pasión amorosa que cada tanto la humanidad recupera en forma de espasmo, e inhalación vital y éxtasis, como en el siglo de los trovadores; como con los místicos barrocos  como en la Eva de La razón de mi vida y, de una manera más viril, en la flamígera de Mi mensaje. El amor que vence al odio, pero el amor que también engendra el conflicto cuando no hay reciprocidad sino rechazo, abandono. Amor no correspondido del cual nacen los celos, los resentimientos, las depresiones.
"Maternidad", Gustav Klimt
Me identifico con ese lugar incómodo que elige Hannah (a un alto precio, el de no ser aceptada del todo en ninguna parte, en ningún territorio, por no pertenecerle del todo a nadie, a nada). Ese lugar que está en medio del cruce de territorios, en el que la aduana te mira mal de ambos lados, no soy de acá, no soy de allá....
Y es que, tendrás que comprender, querido lector, desde que recuerdo tengo que dar explicaciones de mi nombre, mi apellido, mi ser y mi no ser, mi contradicción fundante, palabras y palabras.
Arendt, esta sensual intelectual,  viril y atávicamente femenina a la vez, atrapada en la pasión del pensar, pensar la vida, ser  "la comprendedora", dice Kristeva. Mujer que opta por una vida que se aparta de lo biológico "por el trabajo, la obra y sobre todo, la acción. Seres hechos del mundo, seres que no pueden no ser, a la vez, objeto."(2013: 32)
¿Pero como escapar a la biología del todo, cómo eludir la muerte , cómo continuar este diálogo de ideas, este saber que se nutre del pensar a otros, y ser pensado, y poner en diálogo estos pensamientos  cuando el otro sucumbe a la muerte? (Y nos deja sin voz, ni gestos, ni presente...)
Leo, como si JH estuviera escuchando mi leer, y pienso que como la Arendt que interpreta Kristeva, JH era también un comprendedor. Que tranquilamente hubiera podido decir de sí mismo, como Arendt:«"Para mí, lo esencial es comprender. En mí, la escritura depende igualmente de esa comprensión: también ella forma parte del proceso de comprensión [...] y cuando otras personas también comprenden, experimento una satisfacción comparable a lo que se siente al volver a encontrase en un terreno familiar."»(2013:37).



Kristeva,Julia, El genio femenino: Hannah Arendt,(2000), Editorial Paidós,Buenos Aires,2013.

martes, 7 de enero de 2014

Adiós amigo, Jorge Huergo

Hoy no hay palabras.
Ya volverán, para contar esta inmensa pena de despedir al amigo y maestro, Jorge Huergo.

sábado, 4 de enero de 2014

El quinto hijo, de de Doris Lessing

Más lágrimas se derraman por las plegarias atendidas 
que por las no atendidas" (Santa Teresa)

Una novelita inquietante, por empezar, El quinto hijo (1988) de Doris Lessing. *
El clima, la trama, los personajes.
El proyecto de familia perfecta que se proponen construir David y Harriet, en plenos años 60 en una Inglaterra donde muchas tradiciones están siendo cuestionadas, produce cierta inquietud desde las primeras líneas, parece algo inusual.

David, hijo de padres separados (madre intelectual y progresista casada en segundas nupcias con un segundo esposo académico, anti sistema; padre rico y extravagante que viaja por el mundo con su joven esposa y su otra hija), sueña con la familia que no tuvo, es tenaz, ambicioso y disciplinado.

Por su parte,  Harriet, hija de una clase media baja, con una madre ama de casa, eficiente y cuidadora de sus hermanas, nietos y de ella misma, fantasea con ser una madre perfecta y llena de hijos. Harriet, que llega virgen al matrimonio y mantiene sus emociones resguardadas en su mueca de labios crispados.
Compran una casa gigantesca que albergará a su maravillosa familia, y que apenas pueden sostener. Reniegan del control prenatal, rechazan todos los consejos y las críticas familiares, y en seis años tienen cuatro hijos.
Cada vez que alguien de la familia (en especial Dorothy, la madre de Harriet, quien se ocupa de cuidar a los hijos, la casa y a la madre en cada embarazo, está agotada y tironeada por sus otras hijas) les sugiere detenerse, ellos se miran con complicidad, desde cierta superioridad que otorga el saberse únicos, dueños de alguna clase de secreto que todos los demás ignoran, el de la felicitad conyugal y familiar. "Tendremos ocho", desafían.
Aceptan postergar los embarazos, pero es más fuerte que ellos, sugieren, cuando anuncian el quinto y la madre de David debe pedirle al padre de éste, (su ex) que otra vez aporte para los gastos de esta familia numerosa, y éste lo hace, con "ese buen humor cínico de los ricos" (Lessing,2010: 12).
La familia los visita en vacaciones (padres, hermanos, cuñados, primos), la casa se llena de niños y adultos, Harriet siempre cansada, David igual, ya que trabaja mucho, pero debe recurrir constantemente a su padre para sostener los gastos de semejante familia. Ambos, Harriet, que sin su madre apenas puede llevar adelante sus embarazos y la crianzas e sus hijos; y David, que ha perdido el orgullo de poder sostener la economía familiar, siempre sonríen, siempre vanidosos de haber roto las reglas de la época, de llevar adelante un plan y un modelo familiar "a la antigua".
Ellos saben cómo.
Miran a los otros (que sufren, se divorcian, tienen conflictos con sus hijos, se quedan sin trabajo, viven en casas pequeñas) desde un pedestal, se miran entre ellos, miran a sus hermosos hijos...
Hasta que nace Ben, el quinto hijo, el que da titulo a esta novela en la que la maternidad, la familia, son el horror, lo terrorífico, lo extraño.
Ben, un ser monstruoso desde sus primeros meses fetales en el vientre materno, lo ajeno a lo humano, poseedor de una fuerza y una energía salvajes, ingobernables. Ben, hambriento, insaciable, incapaz de experimentar empatía. Lo que nadie se atreve a nombrar: ni médicos, ni enfermeros, ni maestros, ni parientes.
Lo oscuro, que siempre acecha escondido detrás de los planes perfectos de familias perfectas, de madres perfectas,orgullosas de sí mismas, hasta que la vida irrumpe con toda su insolencia y su brutal manera de hacernos saber que hasta el mar más calmo puede albergar un tsunami.



*Lessing, Doris, El quinto hijo, Debolsillo, Sudamericana, Buenos Aires, 2010.

martes, 24 de diciembre de 2013

Brindis por el infinito


"La diferencia entre los muertos y los que aún no han nacido es que los muertos tienen esta memoria. Conforme aumenta el número de muertos, la memoria se agranda."
( John Berger, Con la esperanza entre los dientes)


Las condiciones materiales condicionan, acortan, achican, el territorio de las posibilidades de elegir, algo así dice John Berger, algo así dicen otros antes que él. Testimonia la vida de millones de mujeres, de niños, niñas, hombres, viejos, desde los tiempos de Jericó, probablemente.
("Señor: Perdóname por haberme acostumbrado a ver que los chicos parezcan tener ocho años y tengan trece, rezaba el Padre Mujica)
Y ahí, entre esos límites, se eligen en parte los recuerdos.
Con las ventajas que otorga haber sido amados en la infancia, haber tenido techo, haber recibido educación (y muchas veces de la buena, de la que no es mera adaptación al sistema hegemónico, de la que habilita nuevos mundos y preguntas).
Memorias construidas por las voces que se pierden en los desiertos y los oasis.
En las cartas que no se escribieron, o en las que se perdieron en las bodegas de los barcos, en los pogromos, en los campos de concentración, en las villas miserias, en las rutas salvajes, en los centros clandestinos, en el olor putrefacto de la pobreza y el analfabetismo.
Elijo recordar en las Fiestas:
La casa de la abuela y de las tías en Gualeguaychú. Flanes con miles de huevos de tía Matilde, caramelos de leche de la abuela Lola, el abuelo Antonio y sus palmaditas, Angelina, querida, yendo de allá para acá y haciendo poemas que introducen al pasado, a las formas de la rima decimonónica, al amor de los que han vivido mucho y se deslumbran ante la infancia que apenas asoma. Nosotros.
Los cuentos de tía Cristina.
La biblioteca del tío Carlos: poemas de R. Alberti y gráficos del globo ocular.
Y el río.
El frescor de las tardes en el río.
Y Enrique, Estela, Claudia, Fernanda, Buenos Aires, papá manejando eternos viajes, no había autopista, Año Nuevo en ese extraño mundo que eran los departamentos pequeños en edificios en los que vivían cientos de familias, ciudad de Buenos Aires, tan distinta a La Plata.
Descubrirla. Nocturna, superpoblada, ruidosa, seductora y esquiva.
Y el mundo de Ana e Isaac G, tíos de papá que conectaba por misteriosos caminos con esos abuelos que partieron décadas antes de que nosotros, sus nietos, llegáramos al mundo y aun así, legaron.
Calles con nombres, no hay cuadrícula, mis padres discuten, nadie sabe nunca, en Buenos Aires, dónde queda tal calle, los lugares. Ni los tacheros, ni los poetas, ni los locos al final saben.
Sabemos los "de afuera", miramos las coordenadas en los mapas.
Somos niños, la prima Claudia y el Simon con el que ilumina los relatos de terror para el primaje joven.
Y Los Carpenter en el tocadiscos (your love put me on the top of the world), y papá brindando con Enrique, balcones en las alturas, luces de una ciudad interminable, fuegos de artificio y cohetes, tan distinto a La Plata.
Navidades luego en lo de la Tía Susana. Banquetes para la vista y el paladar.
Los primos, los novios que fueron, los tantos que ya no están.
Ahora.
Paraguay en la familia.
Bienvenidos.
Fiestas nuevas.
Amores viejos.
Y un brindis por todos los que están solos.
Ciudad de Jericó
Están lejos.
Ya no están.
Y una oración por los que ya no creen en las oraciones.
Ni en los otros.
Ni en la esperanza.
O en sí mismos.
Porque:
 "No todos los deseos conducen a la libertad, pero la libertad es la experiencia de un deseo que se reconoce, se asume y se busca. El deseo no implica nunca la mera posesión de algo, sino la transformación de ese algo. El deseo es una demanda: la exigencia de lo eterno, ahora. La libertad no constituye el cumplimiento de ese deseo, sino el reconocimiento de su suprema importancia.

Hoy, el infinito está del lado de los pobres." (Berger, 2011)

lunes, 9 de diciembre de 2013

Nina Berberova, buscando la palabra exacta

“En la época en que fueron escritos esos versos yo creía que llegaría a ser alguien, pero no he llegado a ser nadie: sólo he llegado a ser”. (Jodasievich) * 







Tuve mi época Nina Berberova (1901-1993), como le contaba el otro día a mi amiga R.

No fue un antes y un después, esos parteaguas tipo Dickens, o Proust, o Flaubert, o Bioy, o Truman Capote, o en su momento Cortázar, Tolstoi, Dostoievski, Tolkien, Nabokov...Recientemente Boris Pahor...
No fue un amor adulto, como el de Bolaño, entregado, leal y siempre ilusionado.
Ni esos amores constantes, lugares de placer seguro, casi hogares, tipo Patricia Highsmith, Carlson Mc Cullers, Walsh, Italo Calvino, Guinzburg, Zweig, Chejov, Marai, Munro, Irving, Brizuela, Poe, Marechal...(Laaaaargo etcétera).
Pero fue mi #épocaNInaBerberova, inscrita en la tradición de mi (mucho más intensa y
permanente) #épocarusa. 
(Música, por favor, suenan los primeros acordes de una sinfonía, señor Shostakóvich, atención, vientos de la 13ª sinfonía; plano general de una estepa interminable nevada, entra en cuadro un caminante, humilde abrigo y trineo de mujik o de joven soldado rojo, ambos pertrechados hasta la médula....Un granero en una zona rural francesa, años 40, bombas.)


Escribí aquí de ella, de Nina, en 2009, aunque ya



había salido de ese primer encantamiento y apenas fue como dejar una miga de pan para recordar que valía la pena retomar ese camino. 
En su autobiografía El subrayado es mío (1989), me impactó ya el comienzo: cuenta que pasó toda su vida tratando de saber quién era, haciéndose preguntas, dudando. Contaba que aún (andaba por los 60 y pico cuando la escribió y cerca de los 90 años cuando se publicó) no lo sabía, pero incluso así, Nina seguía interpelándose a sí misma, al mundo, por medio de , y gracias a, y para la literatura, que era el planeta que habitaba.
Me gusta le gente que se hace preguntas, curiosa, respetuosa, que sabe que hay mucho que ignora. Nina buscaba la palabra exacta, ese quizá fue  el trabajo de su vida. 

Trágica, como toda alma rusa, en especial, como poeta y narradora sensible, enamorada de Jodasievich, huye con él con apenas 16 o 17 años, desilusionados ambos de la Revolución que ellos habían apoyado, como muchos de sus amigos escritores. Primero Alemania, luego Francia, por último EE.UU. Siempre huyendo: de la represión, la censura, del frío, del hambre; de la guerra, de los nazis, del mercado que determina si tal o cual libro merece ser publicado, fabrica sus ídolos y panteones y aniquila y condena a tantos artistas y trabajadores de la palabra.
Nina, inmersa en la pobreza; bombardeada en su patria natal, en su Francia adoptiva...Nina.

Fue admiradora de Blok y Maiacovski, y amada,(sin reciprocidad), por el primer esposo de la gran poeta acmeísta Ajmátova, Gumillev, que también integró la llamada Edad de Plata de la poesía rusa (y terminó, como muchos de su compatriotas, censurado, perseguido y "eliminado" en nombre de Stalin.)
Se mueve en los círculos de amistad de Jodasievich: Viktor Sklovski, Andrei Bieli, Marina Tsvetáieva, Roman Jakobson, Gorki, Nikolai Berdiaev...Todos expatriados que sueñan con volver a Rusia. Algunos lo harán, y sus destinos fueron tremendos bajo el regimen de Stalin. Jodasievich le propone poner fin al sufrimiento con un pacto suicida que ella rechaza. Trabaja de lo que sea, viven en las peores condiciones, con hambre, frío y nostalgia. El poeta enferma y ella lo cuida. Nina. Escribe en ruso, hace traducciones, se leen entre ellos, nadie los reconoce. Busca toda su vida "la palabra exacta": 
"Busco la palabra exacta. Hace tiempo que la busco. Al principio, la buscaba en ruso; luego, pensé: basta, nunca la encontraré, el ruso no me servirá, me perderé en románticas aproximaciones y en eufemismos. En cambio, el francés me parecía muy preciso, incluso demasiado preciso para mí, sumida en la vaguedad... Sin embargo, esa palabra, una  palabra exacta, sólida, acerada, debía existir. Dicen que, el siglo venidero, en que la esperanza de vida  se cifrará en los ciento cincuenta años, el hombre no sólo olvidará el nombre de sus abuelos sino también el de sus padres. Si algún día conocí la palabra que busco, ¿cómo he podido olvidarla?" (Berberova, 1987: 1)

Sus relatos eran tristes, en ellos (recuerdo sin releer, no me arriesgo a comprobar si sus libros se fueron con la inundación) parecía que no pasaba nada, pero los climas eran densos, los tiempos transcurrían como si estuvieran hechos de pesados cortinados de terciopelo. En la memoria, algo de una enfermedad que ella tuvo en la adolescencia se me mezcla con una novela de Nabokov, a quien ella admiraba por encima de cualquier diferencia política

Parece, según cuenta acá Juan Forn, que fue "descubierta" para el gran público de manera casi póstuma "a fines de 1989, por medio de Hubert Nyssen, director de la coqueta editorial Actes Sud", que recibió La acompañante. Radicada al final en E.E.U.U., dos veces viuda, pobre, Berberova había esperado toda su vida el reconocimiento y el poder vivir de su trabajo como escritora. Tenía 88 años, y moriría a los 92.
Vale la pena conocerla, leerla, darle el lugar y la oportunidad que la eterna injusticia humana le escatimó tantos años, y con ella, a su mundo, a sus colegas, extraordinarios poetas y narradores, olvidados porque así lo dispuso el totalitarismo brutal, en su patria, y el capitalismo salvaje, en sus exilios.

*poeta ruso, primer esposo de N. Berberova.
Algunas obras de N.B

De capa y de lágrimas
La acompañante
Chaikovski
 (Чайко́вский), biografía de Piotr Ilich Chaikovski.

Astachev en París
El junco rebelde
Historia de la baronesa Boudberg
El subrayado es mío
El mal negro
El asunto Krávchenko
La resurrección de Mozart
En memoria de Schliemann
Roquenval

Crónicas de Billancourt (Биянкурские праздники)
Nabókov y su Lolita









viernes, 22 de noviembre de 2013

"¡Vuélvase arriba, aprisa, a ponerse los zapatos rojos!"

"Zapatos rojos", de Haydeé García Bruni
La influencia de las lecturas en nuestra vida deja huellas que son como tatuajes, pero del lado de adentro de la piel.
Hay quien nos conoce y los puede ver, y hay quien ni siquiera entiende nuestras bromas más zonzas cuando juegan juegos de palabras que son guiñes e invitaciones a mundos literarios.
Hay quien cree que detrás de toda ficción hay una suerte de "verdad", como si jugaran a detectives que encuentran en los personajes de los escritores, en las escenas, puro relato disfrazado de hechos ocurridos.
Como si hubiera otra cosa que metáfora, en el lenguaje.
Como si los escritores fueran unos cobardes que se ocultan creando tramas, estructuras, ritmos, personajes, sólo porque no se animan a contarle tal o cual cosa a alguien.
Como si nosotros mismos no fuéramos (jamás) lo que somos, lo que deseamos ser, que es también lo que imaginamos.
Y así como nuestro padre y nuestra madre, nuestros hermanos y nuestros maestros, nos influyen; así como el inconsciente es modelado por las vivencias infantiles, también las lecturas nos configuran y pueblan nuestros mundos interiores de una vida que tiene sus propios paisajes.
Una de las escenas que quedaron fijadas en mí, así como la de las "sortijas" (según mi traducción de entonces, que era creo de Centro Editor), o anillos, en las manos regordetas de Ana Karenina (allá por mis 12 o 13 años, leído a escondidas, en la biblioteca que quedaba al subir la escalera, cuarto encantador, lo suficientemente afuera de la casa, lo necesariamente adentro. Y me reconcilió con mis dedos, y me impuso esta barroca, y cursi, pasión por los anillos) es la siguiente: 

"La señora de Guermantes avanzó decididamente hacia el coche y repitió un último adiós a Swann. 'Mire usted, volveremos a hablar de esa; no creo ni una palabra de lo que dice, pera tenemos que hablar de ella juntas. Lo habrán asustado estúpidamente; venga usted a almorzar el día que quiera (para la señora de Guermantes, siempre se resolvía todo en almuerzos); ya me dirá usted el día y la hora', y, recogiendo su falda raja, puso el pie en el estribo. Iba a entrar en el coche cuando, al ver aquel pie, exclamó el duque con una voz terrible: '¡Oriana!, ¿qué iba usted a hacer, desdichada? ¡Se ha dejado usted puestos los zapatos negros! ¡Con un traje rojo! Vuélvase arriba, aprisa, a ponerse los zapatos rojos, o si no —dijo al criado—, dígale usted en seguida a la doncella de la señora duquesa que baje unos zapatos rojos.' (Proust, Marcel, "El mundo de Guermantes", En busca del tiempo perdido, pág. 463 en esta edición digital)

Por eso, cuando hace unos 20 años Haydeé me regaló este cuadro comprendí que ninguna mujer puede pasar una vida entera sin tener un par de zapatos rojos, aunque jamás los use.

(O verdes, o azules, o multicolores o para usar con lo que se le cante) .