Último verano en Stalingrado, novela

domingo, 19 de enero de 2014

Cómo ser buenos, de Nick Hornby (o de cómo parece imposible dialogar en un matrimonio)


Si es por culpar a alguien, culparé a D, ya que fue por ella que conocí este libro y luego, anduve hace unos meses buscándolo por librerías de aquí y allí hasta encontrar un ejemplar en Buenos Aires que le llevé a D (por darme el gusto de ver que le brillan los ojos y para poder hacer como que somos malas.)
Y no lo somos.
También es por esta tristeza instalada bajo la piel, que cada dos por tres me lleva a pensar que no es posible que J se haya muerto (lo escribo, lo digo, y me parece ficción).
O por este calor agobiante y el no haber tenido vacaciones. Y seguir todavía cargando la mochila de un 2013 que duró una década.
O por no tener un mango ni la menor idea de cómo afrontar estos próximos meses, la vida, las necesidades diarias. (Entonces me da por pensar que para los latinoamericanos, salvo los ricos, el futuro siempre conlleva la inquietud por la supervivencia y el aburrimiento de un mal matrimonio no alcanza a ser un tema "central", pero tal vez me equivoque).
Como sea, igual me distraigo de las lecturas que tengo que hacer (por trabajo, porque están pendientes, porque me comprometí con alguien, para preparar las clases, etcétera) y las tareas de escritura (corregir mi novela, pongamos por caso, un artículo que debo) y me siento a leer Como ser buenos.
Y me río y me amargo, como si estuviéramos charlando en el living de D, con Z, con C, (con MS de manera virtual), como sino estuviera sola en el jardín. 
Y leo.
Esta especie de tratado acerca de los desencantos del matrimonio satisfecho, confortable, burgués. En primera persona, irónica, inteligente, una mujer escrita tan bien por un varón. Sus monólogos, imaginaciones, la construcción de un pensamiento femenino que parece condenado a no comunicarse con él (marido/novio/amante).
De como cuenta Katie Carr, madre, médica, esposa y buena persona, sobrelleva el vivir con David, un hombre que siempre está ofendido, que tal vez de joven hizo del sarcasmo y del cinismo una pose -algo esnob, para seducir, o para hacer reír, o para ganarse la vida escribiendo artículos periodísticos medio malos-, pero terminó convirtiéndose en un cínico de verdad.
Un conservador en todo "menos en política", de esos que abundan hoy por hoy, que destilan su veneno, su odio, su resentimiento bajo la forma de indignarse con cuestiones que no conlleven una mala imagen de sí (no dirían, por ejemplo, que hay que matar a los pibes chorros, o que hay que echar a los negros de Inglaterra -dicen inmigrantes "afro" en todo caso), pero es igual, por aunque cambien el blanco de sus diatribas, su odio reaccionario está, y se dedican, como en este caso, a emponzoñar el clima de su hogar y de su familia, como si el mundo les hubiera negado el reconocimiento que merecen, no se sabe muy bien por qué. Y eso, a pesar de que tienen una vida muy confortable.
Una novela que empieza: 
"La mujer infiel", C. Chabrol, 1969.
"Estoy en un aparcamiento de Leeds cuando le digo a mi marido que no quiero seguir casada con él. David ni siquiera está en el coche conmigo. Está en casa, cuidando de los niños, y sólo le he llamado para recordarle que debe escribir una nota a la maestra de Molly. Lo otro..., bueno, lo otro es como si se me escapara de los labios."

Un marido ofendido
Pero entonces, después de que ella tiene ese acto tan impropio de serle infiel, justo cuando siente que ya no es la "buena persona" que siempre creyó ser (cuando se da cuenta de que, a fin de cuentas, no soporta más vivir así, que quiere un marido al cual gustarle, que no la agreda, que le preste atención y exprese de tanto en tanto cierta felicidad por estar juntos), David decide convertirse en Bueno -y no simplemente en "bueno"-: un modelo de virtudes, de tolerancia, de paciencia, un ofendido-con-ella-y-la-vida que no por eso deja de ocuparse de sus hijos, de encerrase en su estudio a no ganar un peso, de reprocharle a ella (que es la que para la olla) por su trabajo, por no ser Buena madre, esposa, y todo lo demás.
Y cierro con este diálogo, de las primeras páginas, que ya anticipa esta imposibilidad de dialogar en el matrimonio:
"—Lo siento.
—¿Te importa cómo estoy?
—Si te digo la verdad, David, no necesito preguntártelo. Oigo cómo estás. Lo bastante saludable como para cuidar de dos niños y al mismo tiempo lanzarme unas pullas. Y muy, muy ofendido por
motivos para mí, hasta ahora, oscuros. Aunque estoy segura de que vas a sacarme de tal oscuridad.
—¿Qué te hace pensar que estoy ofendido?
—¡Ja! Eres la viva estampa del ofendido. Permanentemente.
—Qué cojones...
—David, tu medio de vida es estar ofendido..."

Hornby, Nick, Cómo ser buenos, Barcelona, Anagrama, 2004.

2 comentarios:

GaBa dijo...

Ya tenemos para comentar cuándo nos veamos! es GENIAL este tipo...como me hice adicta tengo casi todo de él ..chifá y te paso! reírse con un libro...

Anónimo dijo...

D... hizo lo propio conmigo,,, fue difícil conseguirlo pero valió la pena... como a vos me asombró que fuera escrito por un hombre. Una novela fantástica que, por las mismas causas que relatas, me llevó a comprárselo (...uff... eso estuvo aún más difícil...) y regalárselo a otra amiga... esta replicación de los hallazgos que se nos hace irresistible a algunas mujeres... Luján