Último verano en Stalingrado, novela

viernes, 22 de noviembre de 2013

"¡Vuélvase arriba, aprisa, a ponerse los zapatos rojos!"

"Zapatos rojos", de Haydeé García Bruni
La influencia de las lecturas en nuestra vida deja huellas que son como tatuajes, pero del lado de adentro de la piel.
Hay quien nos conoce y los puede ver, y hay quien ni siquiera entiende nuestras bromas más zonzas cuando juegan juegos de palabras que son guiñes e invitaciones a mundos literarios.
Hay quien cree que detrás de toda ficción hay una suerte de "verdad", como si jugaran a detectives que encuentran en los personajes de los escritores, en las escenas, puro relato disfrazado de hechos ocurridos.
Como si hubiera otra cosa que metáfora, en el lenguaje.
Como si los escritores fueran unos cobardes que se ocultan creando tramas, estructuras, ritmos, personajes, sólo porque no se animan a contarle tal o cual cosa a alguien.
Como si nosotros mismos no fuéramos (jamás) lo que somos, lo que deseamos ser, que es también lo que imaginamos.
Y así como nuestro padre y nuestra madre, nuestros hermanos y nuestros maestros, nos influyen; así como el inconsciente es modelado por las vivencias infantiles, también las lecturas nos configuran y pueblan nuestros mundos interiores de una vida que tiene sus propios paisajes.
Una de las escenas que quedaron fijadas en mí, así como la de las "sortijas" (según mi traducción de entonces, que era creo de Centro Editor), o anillos, en las manos regordetas de Ana Karenina (allá por mis 12 o 13 años, leído a escondidas, en la biblioteca que quedaba al subir la escalera, cuarto encantador, lo suficientemente afuera de la casa, lo necesariamente adentro. Y me reconcilió con mis dedos, y me impuso esta barroca, y cursi, pasión por los anillos) es la siguiente: 

"La señora de Guermantes avanzó decididamente hacia el coche y repitió un último adiós a Swann. 'Mire usted, volveremos a hablar de esa; no creo ni una palabra de lo que dice, pera tenemos que hablar de ella juntas. Lo habrán asustado estúpidamente; venga usted a almorzar el día que quiera (para la señora de Guermantes, siempre se resolvía todo en almuerzos); ya me dirá usted el día y la hora', y, recogiendo su falda raja, puso el pie en el estribo. Iba a entrar en el coche cuando, al ver aquel pie, exclamó el duque con una voz terrible: '¡Oriana!, ¿qué iba usted a hacer, desdichada? ¡Se ha dejado usted puestos los zapatos negros! ¡Con un traje rojo! Vuélvase arriba, aprisa, a ponerse los zapatos rojos, o si no —dijo al criado—, dígale usted en seguida a la doncella de la señora duquesa que baje unos zapatos rojos.' (Proust, Marcel, "El mundo de Guermantes", En busca del tiempo perdido, pág. 463 en esta edición digital)

Por eso, cuando hace unos 20 años Haydeé me regaló este cuadro comprendí que ninguna mujer puede pasar una vida entera sin tener un par de zapatos rojos, aunque jamás los use.

(O verdes, o azules, o multicolores o para usar con lo que se le cante) .

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