Último verano en Stalingrado, novela

martes, 19 de noviembre de 2013

Para mantener un deseo

Luchaba por resguardarlo allí, en el escondite de los deseos. Abrir de tanto en tanto el cajón, espiar adentro, dejar volar su imaginación bajo la forma del recuerdo, soñarlo, sonreírle la boca sola de pensarlo abriéndole la puerta, apoyado en el vano, con su brillito en el mirar que anticipa...
Sabores de invierno.
Flores sin perfumes pero bellas como obras de arte en las que toda forma cabe.
Que no se interrumpa el encantamiento, ruega  y aprieta un enter que condena o promete
Y él otra vez rechaza, esquivo, huidizo, no entrega nada
Porque
Y ella siempre lo ha sabido
no tiene nada que entregar
no pueda dar
no sabe de otros y aún así
ella siempre está abriendo ese cajón para espiar,
de tanto en tanto,
para que su número primo le diga chau, adiós, no es posible
porque el deseo es como un sobresalto, como un preinfarto,
como un sacudón que nos empuja hacia algún sitio
a buscar aquello que no nos pertenece
Esculturas de Rodrigo Mirto, La Plata, Museo del Ladrillo, 2013.
y no podemos dejar de perseguir

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