Último verano en Stalingrado, novela

jueves, 21 de noviembre de 2013

Amor de (mala) madre

"El amor de madre es el origen de todos nosotros y su poder es abrumador." 
(Siri Hustvedt)*

"Los hijos deben escapar de sus madres y las madres deben dejarlos marchar y esa separación puede llegar a ser un largo tira y afloja", afirma Siri Hustvedt en su libro Vivir, pensar, mirar, en el cual reflexiona acerca de temas diversos que ella misma sintetiza como su "pertinaz curiosidad por saber qué significa ser humanos."
Leerla es como conversar con E, con nuestros saltos y carreras por mundos y lenguajes tan distintos; con DM, que pasa del vivir al mirar y al pensar con la velocidad con la que los futuristas pintaron su tiempo y te obliga a ver las cosas (every stuff) de otros modos de todos aquellos en los cuales tu caleidoscopio mental e imaginativo había probado. Es como los intercambios transoceánicos que tenemos con MS, que siempre parece estar acá a la vuelta. Es como cuando nos hacemos esas escapaditas de un rato con Z, y caemos en el pasado y el futuro para no salir nunca del presente, porque nuestra amistad habita todos esos tiempos que son los del encuentro. Como charlar con C, en un cafecito de una esquina que ella sabe, o con "las chicas" , mientras los críos corretean, con los animales, en el pasto, y se roban unos sandwiches y nos enredan en un tornado de vida que parece sin pensar, como un puro mirar.
Es como hacer una ronda en el pasto, bajo el sol, con los amigos de la escuelita, e ir pasando de lo frívolo a lo científico, sin jamás nunca abandonar el código humorístico con el cual nuestros ojos miraron al mundo por primera vez fuera del ámbito familiar, allí donde nos rodeaba la belleza del arte en sus expresiones populares, medievales, actuales, folclóricas, de la imagen y de la imaginación. Allí nos alimentaron y nos permitieron habitar nuestra vida interior, poblada de silencios, fantasías y viajes, palabras, encarnaciones de personajes mitológicos y heroínas increíbles. Y amores infantiles, y perfumes del jardín, con sus vientos en los sauces, o en los lapachos, sus ciruelos de fruto y flor, sus paraísos venenosos metafóricos y literales, el arenero devenido en escenario de castillos medievales o valles del Nilo, lejano, pero próximo.
Leer a Siri, que duerme, sueña, vive, escribe, imagina, con el arte y la pasión amorosa materna a flor de piel y a boca de jarro, qué interesante.
"Lo que importa es recordar que, a pesar de la plétora de soluciones ofrecidas"-por la psiquiatría, la neurociencia, la filosofía, la sociobilogía evolutiva y todas las teorías de las que dispone nuestra cultura-"quiénes somos y cómo hemos llegado a serlo sigue siendo un asunto abierto a la especulación humanística y también a la científica."
En la cita del comienzo, que es de "Mi padre/yo" (págs. 82 y sgts.), en el cual al hablar de su padre por supuesto habla de su madre y de ella, y de su hija, y de su esposo, y de la mezcla entre esos primeros amores y el resto de nuestra vida, me encuentro. 
Allí, donde abundan las preguntas, las observaciones francas y profundas, donde la certeza no se impone como quien clausura lo posible y establece límites (al amor), desde esa visión para nada sentimentalista de lo materno pero que enfatiza el rasgo de lo maternal como signado por "ese comprender y apoyar lo que piensan y desean los demás". Sin eludir el propio deseo. Sin desconocernos fagocitadoras monstruosas de nuestros amados hijos, nuestras "carnes de mi carne", diría Paloma Sánchez, en Fragmentaria.
Sin abandonar la esperanza siempre viva de ser frenadas, limitadas por el padre que le hemos dado a ellos, y por ellos mismos al enfrentarnos para poder ser.
Miedo, terror me producen esas sonrientes madres perfectas, esas no habitadas por la duda, esas satisfechas, engolosinadas de su maternidad, esas que no sienten culpa, ni ambigüedad, que saben todo, que saben cómo, cuándo, con quién, que miran a sus hijos como si miraran a sus padres en la infancia: como héroes idealizados, perfectos. Inhumanos. Y desde ahí, exigen. Y socavan. 
Prefiero habitar en la pregunta y la duda, aún al precio de ver en su mirada (hijo) de tanto en tanto a un extraño (en especial si es varón, porque el sexo conlleva su propia otredad), para ganar la alegría de haber contribuido a configurar su adultez. Algo así, pero distinto. Porque al final, todo esto también forma parte del misterio. 


*Hustvedt, Siri, Vivir, pensar, mirar, Anagrama, Barcelona, 2013, pág. 89.

4 comentarios:

maría Fernández dijo...

genial! es superior siempre mirarlos con asombro que con admiración... tengo miedos y lucho contra ellos pero me encanta que me asombre, que sea distinto a mi, imprevisible, entonces más sano...

Palabrascromáticas (Cintia Rogovsky) dijo...

algo bueno (también)habremos hecho, no?

Elviracha dijo...


Se me borró lo que escribí. Ahora no sólo hago lío con el teléfono sino tb con la compu.

Esto que escribiste me encantó...

GaBa dijo...

Estoy leyendo, picoteando ese ensayo! genial!