caprichos de palabras y colores para navegantes...
"La palabra humana es como una caldera rota en la que tocamos melodías para que bailen los osos, cuando quisiéramos conmover a las estrellas". (G. Flaubert).
Mis libros de narrativa publicados: la novela Último verano en Stalingrado (Grupo Editorial Sur, 2014); Alma rusa (Edulp, 2020, crónicas) y Yegua (Cuero, 2021, cuentos)
“Vertumno y Pomona”, mármol de C, Claudel, 1905. Inspirado en el poema "Sakuntala" del poeta hindú Kalidasa, siglo V
El amor adolescente es un amor lleno de ansiedades, inseguridad, miedo, expectativas idealizadas, celos, simulacros, poses.
Igual que todo amor, que es como la permanente repetición del mito inaugural.
C. Claudel, El abandono, bronce, 1888- 1895, 62 x 57 x 27 cm.
Y después pasamos la vida entera reeditando, reeditando...Como Vertumnos y Pomonas reinterpretadas por Camille Claudel hasta El abandono.
La Edad Madura, C.C, 1899-1903, 1.899. La Edad Madura, bronce, 114x163x72 cm
Un día te das vuelta y tenés un hijo o una hija, o el hijo de una amiga, o un sobrino, sufriendo, gozando, expectando el porvenir en la acariciadora palma de una primera pasión amorosa cuyas consecuencias, aunque no haya modo de saberlo, pueden ser imperceptibles como el ruido del andar de una hormiga, o inmensas, como la finita y humana eternidad.
El 16 de junio del 55 se produjo el bombardeo sobre una ciudad abierta y una plaza colmada de civiles, muchísimos de los cuales eran niños. Ocurrió con la connivencia de sectores políticos y eclesiásticos. Se lanzaron más de cien bombas —con un total de entre 9 y toneladas de explosivos". Se calcula que hubo más de 300 muertos, pero la cifra exacta está en discusión todavía. Uno de los que participó como civil fue el dirigente radical Miguel Angel Zavala Ortiz, quien después fuera canciller del "demócrata" Illia. Al parecer, otros que formaban parte de la conjura para asesinar y derrocar al "tirano" Perón, eran Américo Ghioldi (dirigente del Partido Socialista) y Adolfo Vicchi (del Partido Conservador). Es bueno recordar estas cosas cuando usamos las palabras como democracia, dictadura, represión.
¡Suerte que este proyecto de terrorismo genocida lo impulsaban los "demócratas", los mismos que regresaron, aún más enardecidos, una y otra vez hasta el 76 y tratan de tomar el poder otra vez por estos días. No quiero pensar qué hubiera pasado si hubieran sido tiranos y dictatoriales como Perón, Kirchner o Cristina!
No sé si se le agradece a Dios o a la vida, o al destino o a la suerte, pero a quien le corresponda, qué dicha inmensa, qué intensidad de pasiones, solidaridades, celos, ensoñaciones,alegrías, las amistades femeninas.
D, por ejemplo, aplicando -en nuestras charlas de chat transocéanicas colectivas-esa síntesis del rigor de la palabra analizante, la bruta cachetada (just in time!) que en algún momento todas necesitamos recibir de una amiga, genial, con toda la acidez de una inteligencia que sabe, sobre todo, amar.
M, que baila y baila y baila, como si su pollera estuviera girando al viento Céfiro y tuviéramos again, ¿cuántos? 15, 20, 30, 40, lo mismo da. Ella bailando, hermosa, madura, nosotras sin entender nunca del todo el lenguaje pero disfrutando igual (dejando que ante nuestra vista dancen los colores, la música, el goce de los vestuarios); la noches, los vinos, los relatos de viajes, de niños, los zapatos glamorosos de nuestra habilidosa artesana; el lamento porque no vino nuestra dogilness (pongámosle este apodo neologístico); la charla sobre mellizos que aún usan pañales, de la primera de las "nenas", que nos da este tremendo susto del choque (¡¡¡¡si lo agarro al hdp que osó ponerla en peligro!!!!), si yo la estoy viendo todavía tomando la teta de su jovencísima mamá en el departamento de la calle 16....Las princesitas de Renoir del barrio Hipódormo; los hermanitos de City Bell; los de Bretaña; los de Tolosa; las españolas; el muchachito, guapo, medio nene todavía pero que ya se encierra, como el mío, en el cuarto con la pibita y ,¡ay!, nosotras cada vez más afuera, más lejos. Pero siempre amándolos (más, y más). Incluso sabiendo que los varones hablan en otras lenguas que nos están vedadas, aunque sean los cachorros que nosotras hemos parido.
Y aparecen en el relato, la animada charla que salta como un sapo de un tema a otro y varios a la vez -cosa que a los hombres los trastorna, los marea, no comprenden- los old boy friends como salidos de "One from de Heart" y Tom Waits parece estar cantando en la mesa de al lado, esos que quedaron guardados en los cajones, entre pañuelitos perfumados con ramilletes secos de lavandas, con sensaciones de ternura y alegría, calentura adolescente, y esos otros que metimos en el prontuario de lo desechable, olvidable, los imbéciles, mamertos, egoístas, narcisistas. Y todos los idiotas que nos confesaron su amor tardíamente. O los arrepentidos de habernos: dejado/ traicionado/ desvalorizado/ celado/ perseguido/presionado/ no haber sido del todo claro/ocultarte sus verdaderos sentimientos, etc etc,etcEstán, en nuestra vida, los que tienen que estar. La familia que elegimos/pudimos conservar, la que construimos; los hombres, los amigos que tienen que ser.
Otra amiga festeja el cumple en El Mondongo, es del grupo con las que hacemos planes y proyectos colectivos culturales que se cruzan con estas otras y aquellas, porque los mundos femeninos son como galaxias en expansión en el infinito universo de las posibilidades, supernovas que estallan, enanas que mueren, pero dejan esa cola brillante de polvo estelar que alumbra lo que no existía; hay chateo con el grupo LV; viene documentalista Sofía Coppola de Ringuelé; esta la que tiene hijitos pequeños y esa noche festeja el cumpleaños del más chiquitín de la prole de esta antigua tribu con tantas ramificaciones.
Las culturosas, las de los libros, las de la primaria, las de colegio, las del laburo, las de la vida, las de facu, las veinteañeras, las setentonas, todas, las que se enteran de golpe que han hecho algo bueno con sus hijos porque no les temen, porque pueden contarles que cambiaron de carrera, que son gay o lesbianas, que militan en un espacio político opuesto al de ellas, que se van de viaje, que les gustaría estudiar algo que los hará cagar de hambre o poner en peligro y nos lo bancamos, los bancamos, nos bancamos.
Fotograma de "Las vírgenes suicidas", de S. Coppola, 1999
Porque todavía hay una adolescente alocada, enamoradiza, dispuesta a tomar riesgos, a transgredir un poco, con las hormonas (una vez más) revueltas, empezando otra etapa, lo que fuera, que tal vez tenga fecha de vencimiento y dolor y enfermedad pero igual estaremos, están y estarán (echando luz sobre algunos misterios, como las estrellas que estallan al morir) porque parecería que no hay nada más mudable, y a la vez más permanente, que nuestra condición de mujeres.
No me dejen amigas. Siempre seremos las muchachas en flor.
"Es doloroso terminar algo. ¿Por qué marcarlo como Beethoven, que desperdicia en acordes finales cinco minutos? Toda su obra está impregnada de esa preocupación final. No me gusta la convención de las cosas, que una novela tenga final, por ejemplo." Silvina Ocampo a Noemí Ulla, en Encuentros con Silvina Ocampo (1982).
Leo La promesa, última novela de Silvina Ocampo, escrita a lo largo de años, reescrita, terminada (¿nunca?), tal vez, vuelta a empezar un par de veces, al menos, según se lee en el prólogo de su primera edición, que es póstuma, de 2011. Se lee también allí, en esa Nota Preliminar, que asediada por la enfermedad, entre 1988 y 1989, "Silvina Ocampo se dedicó afanosamente a corregir y completar La promesa", en la cual había comenzado a trabajar desde mediados de 1960.
La novela es sobre el amor, y los celos, que es más o menos lo mismo. Los recuerdos, la escritura y la no escritura. Y de posesión y engaño. La historia la narra en primera persona una mujer que se está ahogando tras caer al mar desde un barco en el que viaja. La memoria atormenta a la náufraga moribunda, y así, para escaparle al final inminente, va pasando de un recuerdo a otro, de una persona a otra, mientras el mar, poderoso e infinito, hace lo suyo.
Marina Dongui, la vendedora de fruta; Mingo, el hermano, perdido en el escote de la vendedora; Aldo Bindo, el sastre, que siempre demora el centímetro en sus caderas; Leandro, Irene, Gabriela.
Y dice, por ejemplo de su amado, que Leandro necesitaba que Irene, su amante, amara a otro "que no fuera él mismo para interesarse un poco en ella. Es tan abrumador ser amado con exclusividad."
Y luego: "cuando un hombre no ama, se vuelve torpe para abrazar (...) Es casi imposible que pueda producir un orgasmo." "La humillación de los celos es no poder elegir el objeto que los inspira."
Los veo llegar, huelen mal, tienen esas
miradas de los pibes chorros, cansadas y alertas al mismo tiempo.
Algunos tienen esas miradas perdidas
del paco, o del pegamento. Idas, afuera del mundo de significados
comunes, de los que configuran tramas de cultura comunicables.
Ya fueron, nadie los ve, todos los
humillan con la peor de las humillaciones, ignorarlos.
Casi nadie cree en ellos, para muchos
ni siquiera existen, somos los guarda-rieles de las autopistas o los
cables de teléfono que surcan nuestros cielos, parte del paisaje
urbano. La parte fea.
Muerte y Vida, Gustav Klimt, 1916
Un día se cruzan con un acontecimiento
artístico o con un artista que hace contacto, que tiende una mano
empática hacia ese pibe. Hacer arte es confiar en la posibilidad
de.....que algo nuevo, algo que antes no existía, se materialice de
algún modo y pueda compartirse. (Esto no tiene nada que ver con la
fantasía de la experiencia romántica del arte. El artista es, en
primer lugar, un hacedor, un trabajador, alguien que de un modo u
otro, pone el cuerpo.) Contemplar eso puede mejorarle la vida
a cualquier ser humano: el arte tal vez no cure, (el dolor o tiene
probablemente cura alguna, solo paliativos) pero puede ayudar a sanar
casi todo tipo de heridas, a volverlas soportables, a sentirse
nuevamente humano.
El arte sabe acompañar la enfermedad
como sabe asociarse a la muerte. Pero sobre todo, se imbrica en la
vida, y en lo que de vida tenemos todos, en plazo, intensidad,
experiencias, curiosidad.
Así que esos pibes villeros fumados,
idos, perdidos, se topan con un artista, un trabajador de la cultura,
que los reconoce.
Choque de planetas. Planetas tal vez
pequeños, no un Júpiter o un poderoso Saturno. Un pequeño planeta
choca y otros nacen de él. Cardumen de asteroides surcando nuevos
universos, inventados, justos y bellos.
Puede ser un poeta, (si es un poco
pobre y un poco loco mejor, pero sobre todo, que sea valiente). Un(a)
ceramista, un(a) grabador, un(a) fotógrafo, un(a) dibujante, un(a)
guionista de cómic, un(a) músico, una(un) cantante de ópera que
lidera una banda de rock, un tanguero que está por jubilarse del
baile, un escritor de cuentos, un acróbata de circo, una actriz
dramática olvidada. Puede ser todo, siempre que sea un artista. Nada
de publicistas y esa clase de imposturas.
Me imagino las múltiples y fructíferas
obras que podrán nacer, aunque sea dentro de mucho tiempo.
Tal vez se juntan en una casa que
representa, para el artista, un hogar y un lugar de trabajo. Y para
los villeros, representa en parte la imagen del palacio del pequeño
burgués que es a la vez refugio y promesa de bienestar, por decirlo
en clave decimonónica. Y ahí empieza la fiesta.
Era tan impredecible que ella, al fin y al cabo, no tuvo más alternativa. Se enamoró de él, a pesar de que eran ya grandes, de sus vidas repletas, rebalsando de problemas, de ex, tal vez de hijos, padres. A pesar de todo su discurso feminista, su cabeza de intelectual, su baúl cargado de desengaños.
Y él, como si encarnara (una y otra y otra vez) la fantasía del artista romántico que a ella la podía de chica: metido en su mundo de acordes y guitarras, pinceles, cinceles, palabras, bibliotecas. Lo mismo da. Lejos de ella, o alejándose all the time.
Y ella se peina como Amy Winnehouse en un video de "You Kow I'm no good", o como una de las chicas de Don Draper, pela tacos, faldas ajustadas, medias de red, corpiños de encaje, cremas con brillo, anillos con truco, pearcing en la lengua, perfume en cada hueco y ...nada. Como amante él es un tesoro, una mezcla de oriente y occidente, de tántrico y camionero, ponele, que la espera con velitas, oliendo siempre a mar, con música ambient tranquilizadora o inspiradora según la ocasión, el humito mágico, la cortina romana, la suave brisa de la tarde, sin cansarse y luego, horas, días, meses, sin un puto llamado, ni un sms, ni un mail, ni un whatsapp, y metete toda esa tecnología en el orto porque no te va a llamar.
Y ella, otra vez, lloriqueando con las amigas y preguntándose por qué insiste en ese masoquismo, en ese mirarse en un espejo que devuelve vacío y ansiedad, triste soledad. Si es porque cojen tan bien; si es por las palabras (peligrosamente vecinas del lenguaje del amor pero nunca esas); si es por esas partituras que se ha tatuado en el antebrazo, o por el ritual del té, o por las evocaciones marinas, o por el olor de los óleos, el tibio calorcito de promesas y plegarias (¡ay Truman!) que se forman en el abrazo de ellos, lo imbécil que es ese imbécil que opina de cosas que no tiene ni idea, bruto, burro, inculto, machista, gorila, pero...Llama. Manda un sms. En el universo infinito del ciberespacio una señal ambigua que atraviesa fronteras hasta rozarla a ella que ya, corazón desbocado, chau chau adiós con tanto psicoanálisis y allá vamos, otra vez, a meter la cabeza en la boca del león. Que es Eros. Y Tánatos, por supuesto my dear.
¡¡¡¡¡Gracias!!!!!! Mi padre nos llevó a sus tres hijos a la cancha desde que éramos muy pequeños. Tenía su platea de socio y era fanático, como lo era nuestro pediatra, el "Doctor Pepe" (Mateos). Él fue el culpable de esta enfermedad que es el amor tripero. Crecí amando al Lobo, sufriendo cada caída. La B, en los ochenta, las burlas, las cargadas pincharratas. Amante como soy de las causas perdidas, Gimnasia siempre fue mi lugar, porque como dice AF, es una patria heredada precisamente por vía paterna. También mi abuelo materno, por razones muy extrañas y pese a que vivía en Gualeguaychú, era hincha del Lobo. , ¡¡¡¡Gracias Pedro Troglio!!!! ¡¡¡¡Vamo Ginasiá!!!!
Me hablaban de la mina y era como si mis amigas se hubieran vuelto locas: que era una agrandada, que se levantaba a los novios de las amigas, que no tenía códigos, que tenía un narcisismo lacerante. Que siempre caía parada, que acaparaba, al igual que lo hacía con los hombres, los cargos, los honores, los premios, los tapados y los zapatos más lindos. ¡No la soportaban!
Que era pagada de sí misma (aunque no usaban, por supuesto, una expresión así de antigua) que no se cansaba de hablar de sí misma, de sus éxitos, de sus pergaminos, de sus viajes, de los increíbles logros de sus hijos, de lo grande que la tenía el marido, de los años vividos "afuera" (eufemismo ambivalente para decir no solo el extranjero, tal o cual país, sino para evocar esa cosa cipaya subterránea que tenemos adentro, donde "afuera" es más, es mejor; y a la vez, aporta misterio, era una beca, un posgrado, un doctorado o tal vez una aventura romántica, años transgresores, militancia ecologista en Berlín, circuitos under en Londres, amantes artistas o millonarios, fantasías de ese tipo).
Me hablaban de la mina y se enojaban porque yo nada, fría, incapaz de odiarla. ¡La persona que me describían no tenía nada que ver con la niña, la adolescente, de mis recuerdos! Tímida, víctima de la indiferencia masculina, invisible para las otras chicas, que se tapaba la cara con un peinado horroroso tal vez producto de una madre loca, mala, resentida o simplemente muy ajena. Aquella adolescente niña, tal vez algo cargosa, que me rondaba, buscaba mi amistad, bajaba la vista si yo le hacía una broma, se conformaba con las "sobras" (de tiempo, de palabras, de paseos, de confidencias) de mis otras amigas y mías y pedía permiso para gustar de tal o cual chico que había sido novio de casi todas pero que a ella ni la registraba.
Así que esos relatos en los cuales me la contaban como la histérica de libro, el misterioso objeto de deseo, la militante con discurso feminista de barricada, la genial Tal Cosa, la premiada Tal Otra, me parecían una broma.
De gusano a mariposa, pensaba, como esas mujeres que han sido muy indeseadas hasta los 30, pongamos, y de pronto se ponen buenas, y levantan, y salen al ruedo como caballos (o yeguas) desbocadas, a la carrera, por si llegan las 12 y otras vez el carruaje se convierte en calabaza.
Se olvidan de su solidaridad de género y todo eso. O se ponen vengativas sin motivos, como una Uma Thurman sin causa justa, ni glamour. Y llevan, en su mirar, ese rastro del resentimiento que descargan contra sus pares, tal vez por no animarse a hacerlo contra las madres o los padres que no fueron capaces de quererlas.
La Belle Dame Sans Merci (1926), Frank Cadogan Cowper
"[...] And there I shut her wild wild eyes
With kisses four."
(Keats, La Belle Dame sans Merci, 1819)
Iba por la avenida luminosa, distraída con tantas vidrieras de librerías, negocios de golosinas, bares, vendedores ambulantes de brillosas (como diría A) baratijas, altos como jirafas y negros como piezas de un ajedrez de ébano.
Estaba por cruzar en la esquina, esperando el semáforo, miré el cartel, la calle P. Unas cosquillas suaves como el olvido cuando se interrumpe. Podía ser tu calle, como antes había sido otra, y los nombres que designaban los accidentes del territorio que nos acercaba pero que también, y con mayor frecuencia, nos alejaba. Cerca de allí, junto a la boca del subte, había baldosas en el piso para recordar a los transeúntes, por lo general más bien indiferentes, que ahí había caído tal compañero.Siempre que pasaba pensaba lo mismo: ¿qué habrán visto sus ojos cuando gritó su nombre y pidió que avisaran a su familia? ¿Cómo era la avenida entonces? ¿Se le fue nublando la vista al caer, para no darle el gusto a la patota de fijársele en las retinas? ¿Quién escuchó su grito?
(¿Hablamos de eso alguna vez? ¿Leíste el libro? ¿Pensás en mí en algún cruce de dos calles que interceptan tu andar?.A todo respondo que no y ya se puso verde el semáforo de los peatones.)
Antes de cruzar recordé que antes, en mi vida anterior, con sólo saberme cerca de tu casa (ni siquiera de vos, porque podrías perfectamente no estar), ya me ponía ansiosa, sonriente, húmeda. Mi columna vertebral me elevaba, flotaba un poco por encima de la vereda, el pelo se me despeinaba como anticipando al amor, la sangre me corría por el cuerpo como si volviera a los veinte.Todos esos síntomas de desear tu deseo me hacían vivir, cuando andaba medio muerta, y demorar el dolor una horas antes de recurrir a los medicamentos.
Adiós amor, pensé, al cruzar, adiós. Todo está al revés y hoy sos, para mí, como la belle dame sans merci. Igual te deseo que te vaya bien. Y muchas gracias por los momentos vividos. Y alguien ya me empuja, y suena el teléfono y la avenida se lleva volando mi recuerdo como el viento que levanta, en la otra esquina, volantes, hojas secas y bolsas de basura.
Domingo, 1926
(150 Kb) Óleo sobre lienzo, 29 x 34 in
The
Phillips Collection, Washington, DC
Cada vez que voy a buscar un libro tomo un riesgo: confirmar una ausencia o alegrarme de una recuperación. Así es la biblioteca de los inundados, un territorio incierto, impredecible. Lo que no está puede regresar, de la casa de algún paciente y amoroso amigo que se ha vuelto experto en recuperación de papeles. Pero también puede que ya nunca lo volvamos a ver. Puede que esté cubierto de hongos, de ese pegote oscuro empetrolado que invadió nuestra vida, de olor a mierda, como dice acá Leopoldo Brizuela.
Busco una antología de poesía rusa.
No está.
Adiós Tsvetaieva, gracias Internet por acercarme, al menos "en efigie", el objeto extraviado.
Así como la biblioteca es la vida después del agua: todavía buscamos lo que no volverá nunca.