Último verano en Stalingrado, novela

miércoles, 22 de mayo de 2013

Cambios de piel

Fuente
Me hablaban de la mina  y era como si mis amigas se hubieran vuelto locas: que era una agrandada, que se levantaba a los novios de las amigas, que no tenía códigos, que tenía un narcisismo lacerante. Que siempre caía parada, que acaparaba, al igual que lo hacía con los hombres, los cargos, los honores, los premios, los tapados y los zapatos más lindos. ¡No la soportaban!
Que era pagada de sí misma (aunque no usaban, por supuesto, una expresión así de antigua) que no se cansaba de hablar de sí misma, de sus éxitos, de sus pergaminos, de sus viajes, de los increíbles logros de sus hijos, de lo grande que la tenía el marido, de los años vividos "afuera" (eufemismo ambivalente para decir no solo el extranjero, tal o cual país, sino para evocar esa cosa cipaya subterránea que tenemos adentro, donde "afuera" es más, es mejor; y a la vez, aporta misterio, era una beca, un posgrado, un doctorado o tal vez una aventura romántica, años transgresores, militancia ecologista en Berlín, circuitos under en Londres, amantes artistas o millonarios, fantasías de ese tipo).
Me hablaban de la mina y se enojaban porque yo nada, fría, incapaz de odiarla. ¡La persona que me describían no tenía nada que ver con la niña, la adolescente, de mis recuerdos! Tímida, víctima de la indiferencia masculina, invisible para las otras chicas, que se tapaba la cara con un peinado horroroso tal vez producto de una madre loca, mala, resentida o simplemente muy ajena. Aquella adolescente niña, tal vez algo cargosa, que me rondaba, buscaba mi amistad, bajaba la vista si yo le hacía una broma, se conformaba con las "sobras" (de tiempo, de palabras, de paseos, de confidencias) de mis otras amigas y mías y pedía permiso para gustar de tal o cual chico que había sido novio de casi todas pero que a ella ni la registraba.
Así que esos relatos en los cuales me la contaban como la histérica de libro, el misterioso objeto de deseo, la militante con discurso feminista de barricada, la genial Tal Cosa, la premiada Tal Otra, me parecían una broma. 
De gusano a mariposa, pensaba, como esas mujeres que han sido muy indeseadas hasta los 30, pongamos, y de pronto se ponen buenas, y levantan, y salen al ruedo como caballos (o yeguas) desbocadas, a la carrera, por si llegan las 12 y otras vez el carruaje se convierte en calabaza.
Se olvidan de su solidaridad de género y todo eso. O se ponen vengativas sin motivos, como una Uma Thurman sin causa justa, ni glamour. Y llevan, en su mirar, ese rastro del resentimiento que descargan contra sus pares, tal vez por no animarse a hacerlo contra las madres o los padres que no fueron capaces de quererlas.

No hay comentarios: