Último verano en Stalingrado, novela

jueves, 6 de junio de 2013

Cómo terminar una novela o una vida de amor y de celos

"Es doloroso terminar algo. ¿Por qué marcarlo como Beethoven, que desperdicia en acordes finales cinco minutos? Toda su obra está impregnada de esa preocupación final. No me gusta la convención de las cosas, que una novela tenga final, por ejemplo." Silvina Ocampo a Noemí Ulla, en Encuentros con Silvina Ocampo (1982).


Leo La promesa, última novela de Silvina Ocampo, escrita a lo largo de años, reescrita, terminada (¿nunca?), tal vez, vuelta a empezar un par de veces, al menos, según se lee en el prólogo de su primera edición, que es póstuma, de 2011. Se lee también allí, en esa Nota Preliminar, que asediada por la enfermedad, entre 1988 y 1989, "Silvina Ocampo se dedicó afanosamente a corregir y completar La promesa", en la cual había comenzado a trabajar desde mediados de 1960.
La novela es sobre el amor, y los celos, que es más o menos lo mismo. Los recuerdos, la escritura y la no escritura. Y de posesión y engaño. La historia la narra en primera persona una mujer que se está ahogando tras caer al mar desde un barco en el que viaja. La memoria atormenta a la náufraga moribunda, y así, para escaparle al final inminente, va pasando de un recuerdo a otro, de una persona a otra, mientras el mar, poderoso e infinito, hace lo suyo.
Marina Dongui, la vendedora de fruta; Mingo, el hermano, perdido en el escote de la vendedora; Aldo Bindo, el sastre, que siempre demora el centímetro en sus caderas; Leandro, Irene, Gabriela.
Y dice, por ejemplo de su amado, que Leandro necesitaba que Irene, su amante, amara a otro "que no fuera él mismo para interesarse un poco en ella. Es tan abrumador ser amado con exclusividad."
Y luego: "cuando un hombre no ama, se vuelve torpe para abrazar (...) Es casi imposible que pueda producir un orgasmo." "La humillación de los celos es no poder elegir el objeto que los inspira."


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