Último verano en Stalingrado, novela

domingo, 2 de junio de 2013

Cardumen de asteorides

Los veo llegar, huelen mal, tienen esas miradas de los pibes chorros, cansadas y alertas al mismo tiempo.
Algunos tienen esas miradas perdidas del paco, o del pegamento. Idas, afuera del mundo de significados comunes, de los que configuran tramas de cultura comunicables.
Ya fueron, nadie los ve, todos los humillan con la peor de las humillaciones, ignorarlos.
Casi nadie cree en ellos, para muchos ni siquiera existen, somos los guarda-rieles de las autopistas o los cables de teléfono que surcan nuestros cielos, parte del paisaje urbano. La parte fea.
Muerte y Vida, Gustav Klimt, 1916
Un día se cruzan con un acontecimiento artístico o con un artista que hace contacto, que tiende una mano empática hacia ese pibe. Hacer arte es confiar en la posibilidad de.....que algo nuevo, algo que antes no existía, se materialice de algún modo y pueda compartirse. (Esto no tiene nada que ver con la fantasía de la experiencia romántica del arte. El artista es, en primer lugar, un hacedor, un trabajador, alguien que de un modo u otro, pone el cuerpo.) Contemplar eso puede mejorarle la vida a cualquier ser humano: el arte tal vez no cure, (el dolor o tiene probablemente cura alguna, solo paliativos) pero puede ayudar a sanar casi todo tipo de heridas, a volverlas soportables, a sentirse nuevamente humano.
El arte sabe acompañar la enfermedad como sabe asociarse a la muerte. Pero sobre todo, se imbrica en la vida, y en lo que de vida tenemos todos, en plazo, intensidad, experiencias, curiosidad.
Así que esos pibes villeros fumados, idos, perdidos, se topan con un artista, un trabajador de la cultura, que los reconoce.
Choque de planetas. Planetas tal vez pequeños, no un Júpiter o un poderoso Saturno. Un pequeño planeta choca y otros nacen de él. Cardumen de asteroides surcando nuevos universos, inventados, justos y bellos.
Enrique Breccia, El sueñero, 1984
Puede ser un poeta, (si es un poco pobre y un poco loco mejor, pero sobre todo, que sea valiente). Un(a) ceramista, un(a) grabador, un(a) fotógrafo, un(a) dibujante, un(a) guionista de cómic, un(a) músico, una(un) cantante de ópera que lidera una banda de rock, un tanguero que está por jubilarse del baile, un escritor de cuentos, un acróbata de circo, una actriz dramática olvidada. Puede ser todo, siempre que sea un artista. Nada de publicistas y esa clase de imposturas.
Me imagino las múltiples y fructíferas obras que podrán nacer, aunque sea dentro de mucho tiempo.

Tal vez se juntan en una casa que representa, para el artista, un hogar y un lugar de trabajo. Y para los villeros, representa en parte la imagen del palacio del pequeño burgués que es a la vez refugio y promesa de bienestar, por decirlo en clave decimonónica. Y ahí empieza la fiesta.

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