Último verano en Stalingrado, novela

domingo, 8 de enero de 2012

Sapo de otro pozo

No pertenezco por completo a ningún mundo.
En ninguna casa estoy del todo en casa.
No son pocas las veces en que me siento sapo de otro pozo.
No soy a la que llaman los del palo del mundo de los libros/escritores/talleres literarios. Y sin embargo no sé hacer otra cosa realmente  que perderme entre papeles y palabras, bibliotecas y escritos, bocetos y ejemplares antiguos, anaqueles, librerías, imprentas, escritores.
No ando muy a gusto con la moda, no soy digamos chic, ni glamorosa. Cuando todo el mundo está leyendo literatura japonesa, pongamos, o a las grandes cuentistas norteamericanas, o a César Aria, o a Carlos Fuentes, yo me dejo atrapar (digamos que para siempre) por la literatura rusa, de la cual dice Juan Forn que   "Dice Shalamov que su país es un país de esperanzas absurdas, hechas de rumores, sospechas, conjeturas e hipótesis, y que por eso cualquier acontecimiento crece hasta convertirse en leyenda antes de que el informe del jefe local logre llegar, llevado por el más veloz correo, hasta las altas esferas. Eso es la literatura rusa, si se lo piensa un poco (en el final de Los hermanos Karamazov, Dostoievski escribe: 'Lo que se dice aquí se oye en toda Rusia')"
No soy del palo del rock ni voy a todos los recitales y sin embargo, por supuesto, desde que tenía 15 años o menos sé quién era Jako Pastorius.
Voy a destiempo porque, pongamos de ejemplo, cuando me enamoré de Tolkien tenía pocos cómplices y cuando estalló la Tolkien manía yo estaba realmente en otros mundos.
No manejo toda la jerga de los militantes históricos y a pesar de eso, desde que dejé la infancia comencé a militar.
Carezco de educación judía y mi madre proviene de una madre vasca y católica y un padre bien criollo.
(Las fronteras siempre se mueven, y algunas alejan las pertenencias que son cerradas, aunque protectoras y la libertad tiene siempre el precio de la inseguridad.)
Estoy siempre en el comienzo de proyectos difíciles, cuando hay ideas y desafíos y entusiasmo, pero faltan los recursos materiales y no es masiva la vocación de sacrificio. Después, cuando el tiempo pasa, y el proyecto crece, y fluyen los dineros y se incorpora gente que no está cansada, me voy o me van. A empezar de nuevo.
No me enamoro de hombres con dinero- o los agarro en plena crisis. Se apoyan en mí. Necesitan de mi energía, dicen, mi alegría, mi voluntad de acción. Les gusta como cojo, dicen, y mis comidas, y mis amigos. Después, cuando se organizan y se relajan, yo ya no estoy allí ni soy de la partida. Me toca viajar en clase turista y en tren, el avión a París lo compartirán con otra.
No soy madre perfecta ni tengo hijos perfectos.
En las reuniones de padres (que casi siempre son de un 80 % de madres), los actos escolares, las charlas sociales, todos los otros madres/padres exhiben seguridades y solvencias educativas y parentales, éxitos y recomendaciones que me dejan estupefacta. Yo apenas puedo lo que hago y hago lo mejor que puedo.
Porque tengo un hijo solo y es agotador que la gente te pregunte: ¿tenés un hijo solo? ¿Y por qué? (ahí dan ganas de decir cosas crueles y reales, pero la hipocresía ha salvado a la civilización y seguirá haciéndolo).
Cuando me tocó ser jefa me imponía eso de predicar con el ejemplo, lo intentaba al menos. Sino llegaba a los trabajos primera, me iba última, los errores ajenos eran mi responsabilidad y los logros eran colectivos.
Cuando me toca ser subordinada me pasa exactamente lo mismo. Algo no está funcionando.
De los territorios que habito, reales e imaginarios, aunque me gustan la naturaleza y las ciudades, nada me atrae más que las aventuras de conocer a otras personas. Mis amigos son bendiciones divinas. Enigmas, paraísos y rocas. De tanto en tanto alguno se convierte en infierno.
Oskar Kokoschka, Schlafende Frau (aus: Die träumenden Knaben), 1907/1908
Farblithografie 23,5 x 21,5 cm / Lentos Kunstmuseum Linz - © Fondation Oskar Kokoschka/VBK, Wien 2008























Me hago preguntas, desde que recuerdo. Acerca de los demás, de las cosas, de mí. Casi todo lo que ocurre me interesa, mi mente es entonces volátil, dispersa e imaginativa. Nada conveniente para avanzar en una carrera o en cualquier actividad que exija una gran concentración y disciplina. Pero otros dicen: es una máquina de trabajar. No hay nada más disciplinado que una máquina, pienso yo. Entonces dudo de todo.
"La intuición me dice [no a mí sino a G. Steiner y el lo relata en el capítulo "Sion" de Los libros que nunca he escrito] que para los hombres y mujeres judíos, en quienes el simple término 'judío' está erizado por resistentes complicaciones, esta autoindagación e interrogatorio de uno mismo se tornan incisivos de una manera específica."
No siempre soy capaz de distinguir ficción de realidad, incluso dudo de que existe esa frontera.
Claro que cuando un joven diputado introduce en su discurso una cita de la María Antonieta de S. Zweig, cuando le cuento eso a un filosófo en una especie de entrevista laboral y nos hace gracia, comprendemos de qué hablamos, nos provoca melancolía, reflexionamos acerca de El mundo de ayer, me siento menos extraña.
Y en muchísimas ocasiones me convierto para mí misma en sapo de otro pozo, una extraña, lejana, desconocida.
Cuando alguien te pregunta entonces si sos judía, no queda más que pensar: "tal vez más que ningún otro tipo étnico, social o incluso mitológico, el judío puede ser un extraño para sí mismo" (Steiner, 2008:112)

3 comentarios:

MS dijo...

¡Qué alegría para los sapos de otro pozo tener una sapa bloguera!!

"From childhood's hour I have not been
As others were; I have not seen
As others saw; I could not bring
My passions from a common spring.
From the same source I have not taken
My sorrow; I could not awaken
My heart to joy at the same tone;
And all I loved, I loved alone.
Then—in my childhood, in the dawn
Of a most stormy life—was drawn
From every depth of good and ill
The mystery which binds me still(...)"
E.A.Poe

Palabrascromáticas dijo...

¡Pero no todos seremos Poe!

Palabrascromáticas dijo...

Me mata este verso, extraordinario, que resume la soledad casi como absoluto: And all I loved, I loved alone.