Último verano en Stalingrado, novela

viernes, 13 de enero de 2012

Valeria

Decididamente no somos hijos de Proust, quizá sus nietos, descendencia ya algo lejana que reconoce el legado y la fuente, aunque de manera algo vaga.
Decididamente cuando el nombre de un balneario, pongamos por caso, Valeria, va mutando con el paso del tiempo y al escuchar la palabra se abren para nosotros mil mundos, recordamos la lectura de A la sombra de las muchachas en flor, Balbec, (que, curiosamente, como en cierta forma una parte del eco de "Valeria", me remite a Poro, con Diana, con Eyra, con Sergio aún chico y madre, en relatos de veranos que no compartí).
Porque aunque Valeria nunca será Gesell, mi "vida descalza", es decir, nunca será mi infancia  y adolescencia más que como visita fugaz, nombre pronunciado por mis padres, la huida de B. a Madariaga (los exilio internos y peligrosos que hubo en nuestro país, de los que se habla menos que de los otros, por no ser quizá tan "espectaculares"), para salvarse de los monstruos, con su esposo y sus pequeños hijos, el dolor de mi madre; mi amiga E., las noches en el bar de la rotonda; entonces no estaba de moda, no había empezado la "fiesta menemista", ni Yabrán, ni "La Pérgola", ni Cabezas y los nuevos ricos y arribistas iban todavía a Pinamar y a Cariló, o al exterior, pero no a Valeria, nuestra, la de los ex hippies que protegía Benito o los intelectuales de izquierda, o los que habían hecho allí una casita en su momento.
Pero fue la infancia de J,  mi pequeño tesoro rubio, su vida descalzo entre sapos y caracoles y perros sin dueño con los que trababa amistades entrañables que registran las fotos; con mi madre estrenándose en el abuelazgo, paleta, playa, dejar pañales, títeres y más títeres, en "Hemingway", en la heladería Cauca, en la rotonda, en Cariló, de día, de tarde, de noche, los Cazurros no eran conocidos, ni la Compañía del Juglar.
Y cargarlo a cococho por el bosquecito, volviendo dormido a departamento alquilado en Ostende, al límite, a pasos del viejo hotel en el que siempre me imaginaba escenas de Los que aman odian.
Ir de visita a la casa de B. (que fue mutando, de solitaria en la manzana, con el pinar en el fondo agreste a rodeada de hosterías y casas): uno de "los chicos" lee Agatha Christie; L. fuma, bella y displicente, en sus ensueños, el maratonista entrena y juega, con el tripero y mi hijo en las olas.
Y por supuesto hay otras Valerias, muchas, pero es hora de hacer silencio y visitar recuerdos.

3 comentarios:

martin tetaz dijo...

que buenoooooo...te pasaste cin
sin palabras
sos talentosa en serio y tocas sinapsis neuralgicas.
gracias

Laura dijo...

Hola, yo ya tengo reservada una semana en un alojamiento en Carilo en el mes de marzo, quería saber a cuanta distancia estaba de Valeria del Mar, saben? porque nunca he ido y mehan dicho que es hermoso

Palabrascromáticas dijo...

Estás a unos 3 km y se puede llegar por la playa