Último verano en Stalingrado, novela

lunes, 19 de diciembre de 2011

Moralina apolillada

Máscara femenina teatro japonés
No pudo sostenerme la mirada.
Se amparó en las sombras, o más bien, en las sombras que eran para mí esas "amigas" en las que se apoyaba: gente que estaba al lado de ella mientras pudieran obtener algo a cambio.
Había estado argumentando por ahí en mi contra, me contó alguien que metió la pata, pues nos quería mucho a ambas.
Yo no quería creerlo antes y tampoco ahora, porque la quería. Incluso ante esas miradas furtivas fingí ceguera.
Sino, tendría que haber admitido que, en nombre de vaya a saber qué "ética", que en verdad no era ética alguna, sino un rejunte hecho de los restos inertes de una moralina pasada de moda que había heredado (¿de la familia?) como quien hereda un tapado de piel que ya no se usa y es políticamente incorrecto, sin entender su significado además. Una moralina que era como la piel  apolillada del animal muerto y no el símbolo de pertenencia a un determinado ambiente cultural, a la vida según ciertos preceptos éticos.
Ella, tal vez para sostenerse, se aferraba a los reglamentos como los milicos que no le hacen asco al robo y la tortura pero se escandalizan cuando alguien llega tarde al trabajo.  ¿Se había vuelto como ese tipo de personas que, aún con la responsabilidad de los funcionarios públicos (por ejemplo, docentes), se burlaba de quienes tenían faltas de ortografía pero no estaba dispuesta a hacer nada para terminar con el analfabetismo?
Para justificar sus ascensos junto a un ladrón de guante blanco o un malvado que explotaba a los trabajadores, se encogía de hombros y sonreía, entregada a un resignado cinismo que parecía decir: ¿qué puedo hacer yo? ¡Es la naturaleza humana!
Sin embargo, aplicaba esa extraña vara de moralina para golpear a aquellos a los que podía someter, castigar o temer.
Hace 10 años, cuando se incendiaba el país, ambas temíamos, repudiábamos y nos compadecíamos de las mismas cosas.
Yo no quería creerlo antes y tampoco ahora, porque la quise. Incluso ante esas miradas furtivas fingí ceguera.

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