Último verano en Stalingrado, novela

martes, 27 de diciembre de 2011

Cambios de paradigmas

Sería una tontería, además de una subestimación, analizar acá el sabido asunto de los paradigmas científicos en las distintas épocas.
Aclarado lo cual, sólo diré que como hay formas de interpretar la realidad y entender el mundo, cosmovisiones, de las que no sabemos o supimos nada, o que hemos olvidado, entregados al presente y al pensamiento contemporáneo como el único posible.
Olvidamos los mundos paganos y sus reglas, pese a que algunas de sus festividades populares y sus rituales perduraron hasta hoy, mestizándose con los rituales de otros paradigmas perdidos como los del cristianismo, en sus diversas formas, e incluso con los dominantes de marketing capitalista, todo lo cual podemos reconocer en estos días de Navidad.
Se ha explicado e inexplicado el mundo de tantas formas....
La teoría de las correspondencias retomada por Swedenborg ,   cuya noción más general puede resumirse en la idea de que en el orden natural y humano todo se corresponde con el orden espiritual, tanto sea que se las considere como conjunto como a cada cosa o persona en particular. El cosmos y la humanidad encierran por debajo de la apariencia un significado metafísico y cada planta, mineral, animal o asunto humano tiene un sentido interior y espiritual que coexiste con su realidad externa. Y desde ya, el orden interno y externo se corresponden.
Una gárgola barcelonesa. Foto de Xavier Vargas
Conocemos por supuesto otras explicaciones, hemos bebido de otras fuentes propias de la Modernidad (y sus "después"): el positivismo, el idealismo, el materialismo, el marxismo, el psicoanálisis, la Teología de la Liberación, la pedagogía del oprimido, la educación por las artes, el justicialismo, el New Age, el ateísmo militante, el ambientalismo, el hippismo, el punck, etcétera, etcétera.
Seguimos sin saber casi nada, apenas sospechamos y entonces nos sorprendemos  cuando el mal se expresa, en su versión más banal, demonios sin colas, ni formas, ni colores, ni voces, ni trucos de demonios. Se presenta el mal ya no en las formas colectivas de las grandes "tragedias" humanas/climáticas (tsunamis, hambrunas, guerras, terremotos, contaminación nuclear).
En medio del devenir cotidiano, de nuestra insignificante existencia (tan valiosa sin embargo para nosotros), una delación sin motivo, una traición inexplicable, una indiferencia salvaje ante nuestro dolor, una mentira que nos causa un daño irreparable, incapaces de explicar porque se nos quedan cortas las teorías modernas y no conocemos las antiguas...Y ya no creemos en nada, pero es mentira porque todavía nos aferramos a la amistad, al amor, a algunos valores éticos para regir nuestra vida, toleramos los errores ajenos y propios, tenemos algunos ideales políticos, somos sensibles a la injusticia hasta rozar la ingenuidad...
Cómo duelen las traiciones.
Cómo duelen ver convertirse en burócratas y besapies de los patrones de turno a quienes, junto a nosotros, como nosotros, vimos marchar y soñar con destinos no digo heroicos, no digo sublimes, ni siquiera nobles, pero sí dignos, si solidarios, sí colectivos.
Cómo duele ver excudarse y excusarse debajo de discursos de un republicanismo pacato y zonzo (que de paso es cómplice y funcional a todas las injusticias del contexto), o de un cinismo resignado y cobarde, a quienes hemos creído compañeros, en el más amplio y esencial sentido.
Y las gárgolas siguen asomadas y nos observan desde lo alto, riéndose de nuestra fatua incredulidad.



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