Último verano en Stalingrado, novela

jueves, 1 de diciembre de 2011

El amor, la igualdad y Huckleberry Finn


Mark Twain cumpliría hoy 176 años y en varios sitios de Internet  se lo conmemora, por ejemplo, recordando su frase: Dicen que soy revolucionario por simpatías, nacimiento, crianza y principios. Me pongo siempre del lado de los revolucionarios porque jamás existió una revolución sin que existieran previamente circunstancias opresivas e intolerables contra las que rebelarse”.
(Esa frase de algún modo resume por qué me hice peronista, como tantos otros argentinos, y por qué me siento profundamente identificada e integrada con el proyecto kirchnerista.)
Anoche, cuando luego de varios debates en las comisiones, cuando después de años de luchas invisibilizadas, en las calles, las escuelas, los hogares, las comisarias, las cárceles, los centros clandestinos de detención de la dictadura, etcétera, se le dio en Diputados media sanción al derecho a la identidad de género, sentí ese alivio, esa alegría que acompaña los escasos momentos en que en las sociedades humanas se consigue justicia.
Y eso es algo que hemos experimentado, en estos años, varias veces. 
Al mirar en las gradas del recinto de la Cámara de Diputados y festejar a los militantes de las organizaciones de transexuales, gays, lesbianas, travestis, pensaba que estamos haciendo posible un país un poco más peronista, en el sentido del amor y la igualdad, en el sentido del amor cristiano, en el antiguo sentido del humanismo. Pensaba que no se trata de promover una política de vanguardia o posmoderna, hijas en tal caso del capitalismo de posguerra.
Pensaba más bien en la simpleza de la tradición peronista de estar con los más oprimidos y postergados. En la revolución, que ya se llevó mucha sangre y ha requerido mucha paciencia, de los derechos. De los pibes y pibas castigados por sus familias, por sus maestros, por cada uno de nosotros que les da vuelta la cara. Pensaba en la vida futura de esa pareja de pibes que me asesoró en materia de piercing, tatuajes y expansores, una vida un poco menos cargada de estigmas y dolores.
Si frente a cada uno de los grandes debates políticos actuales en materia de derechos, pensemos como pensemos, nos tomáramos realmente el trabajo, como ciudadanos responsables, de informarnos y de ponernos en el lugar del que sufre o tiene un problema (sea una mujer que no quiere parir un hijo, sea una pareja que desea gestar, sea un ciudadano que merece un DNI que lleve su nombre de acuerdo a su identidad, etc), dejáramos de lado nuestros pre conceptos, escucháramos, dispuestos a aprender de otros, a modificar lo que pensábamos...
Si pudiéramos imaginarnos vivir un día la vida de otra persona....Si nos entregáramos a la aventura con el Huckleberry Finn de nuestra infancia y ayudáramos a otro, y a nosotros mismos, a escapar de la esclavitud...

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