Último verano en Stalingrado, novela

viernes, 7 de octubre de 2011

Entre bambalinas y conspiradores

El mundo es un escenario,
y actores son hombres y mujeres

—W. Shakespeare, Como gustéis



En estos días, yendo y viniendo de la lectura de Giorgio Agamben en El reino y la gloria, una genealogía de la economía y del gobiernome pongo e pensar en la teatralidad del poder y las tradiciones cortesanas que perviven en las estructuras de las burocracias administrativas actuales. 
(Es imposible no molestarse un poco al ver que cualquier pelele, el más imbécil o corrupto o arribista, un pichiruli cualquiera, oportunista, cínico, en la estructura de poder más pequeña, insignificante o miserable que observemos, repite ceremonias y rituales propios del "Rey", de la "corte", de un poder que en la tierra debiera reflejar al del Reino.)
Agamben me cuesta en este libro, requiere de mí cualidades que tengo disminuidas o que no tengo, si pierdo la concentración ya no entiendo, pero a la vez, hay para mí en su lectura como un mecerme en una canción de cuna con reminiscencias conocidas aunque algunas palabras sean pronunciadas en idiomas y lenguas incomprensibles. Aunque esta obra es un desafío a mi limitado intelecto, es inevitable observar cómo la estructura gubernamental del poder y sus vinculaciones con la liturgia cristiana, la teología y la oikonomía van asociándose en mí con el mundo construido (en mi imaginario, al menos) por los Borja o Borgia, releyendo O César o Nada y viendo la serie, y es inevitable, al transitar determinados territorios donde moran todo tipo de farsantes y escenarios de poder, según el ánimo, reconocer con humor o con tristeza, las cáscaras vacías de los protocolos excesivos para quienes ni los merecen ni los conquistan. Sofisticadas ceremonias despojadas de sus sentidos primigenios, vaciadas, pero que aun así cumplen con la función de otorgar oropeles cortesanos a quienes se suponen pertenecen a la época, la raza, la ideología, de la justicia social y la igualdad. Agamben, con toda su erudición y su originalidad al pensar, analiza la doble estructura de la máquina gubernamental, la relación entre el Reino y el Gobierno, entre la gestión eficaz y el poder como autoridad y majestuosidad, la liturgia (como ceremonia pública) y la teatralidad de los medios de comunicación. Se pregunta por qué el poder necesita la gloria, cuál es la función de la aclamación en la liturgia, por qué asume la forma de la declamación, las ceremonias y los protocolos?
Y sincero mi corazón y digo: soy y quiero ser parte (aunque eso moleste a mis amigos/as no creyentes en este reino) de las ceremonias y los protocolos, las aclamaciones y los rituales del Poder que ha traído a mi país y a mi vida la esperanzada, fundada en varios hechos concretos (la gestión), de que haya un poco de justicia en el reino humano.



Y sincero mi corazón y digo: odio, me da asco, rechazo, que pretendan hacerme partícipe de gestos de besamanos, de cortesanos decadentes, de chupamedias y especuladores, a poderes cipayos, corruptos, que se acomodan hoy buscando el calor protector de la "Reina", y acechan en las sombras para dar (darle, darnos, darme) la estocada fatal en cuanto se presente la oportunidad. Esos, que se ocultan entre las bambalinas o bajo capas de maquillajes y disfraces, que se cuelan en el escenario y logran engañar a muchos espectadores con sonrisas y máscaras, son peores y más peligrosos que los que conspiran afuera.

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