Último verano en Stalingrado, novela

jueves, 16 de diciembre de 2010

Una tarde de locos

Hace calor. Tomo el micro en la terminal de La Plata. Viajo leyendo un relato de Cleever, "La geometría del amor." La tristeza y el absurdo de la condición humana me parecen infinitos y fuera de todo cálculo geométrico. El aire acondicionado del colectivo, como siempre, está sobre dimensionado, así que cuando llego a Plaza de Mayo y me bajo, el calor, literalmente, me golpea. Prendo un cigarrillo. Una columna del Polo Obrero corta el tránsito y un militante me grita: ¡mamita, te hace mal fumar! Los policías, con sus escudos, me miran pasar como miran los hombres cuando hace calor, tienen poder, están en grupo. Prepotencia y lascivia mezcladas.
(Fantasmas subterráneos urden tramas siniestras para debilitar al gobierno de Cristina.)
Camino una cuadra y me encuentro con un conocido. Charlamos un ratito y cada uno sigue su camino. Decido tomar el subte en Piedras. Me detengo a mirar una vidriera de relojes y joyas usadas sobre Av. de Mayo, pensando en regalos navideños y en el personaje de la condesa de Inglaterra una fábula, de Leopoldo Brizuela. ¿Alguna de esas piezas exhibidas habrá pertenecido a admiradores del pasado de artistas ambulantes de compañías como el Great Will? Esa novela me ha sumergido en un estado de ánimo poblado con escenas de Conrad, de Henry James, de aventuras en los mares del sur y de pobres almas buscando el éxito futuro en la aventura transgresora. Con eso voy ocupando mi cabeza cuando observo que, en dirección contraria a la mía, en medio del río humano que va y viene por la avenida ardiente, un loco, o un borracho, o las dos cosas, se acerca. Cuando apenas nos separan centímetros, me golpea con la fuerza de un palo de béisbol, como en las películas. Mi sorpresa es muy superior al dolor, grito y me tambaleo hacia atrás, un hombre, grande, detiene mi caída. El loco sigue su camino, gritando también, como si en medio de una alucinación, le hubiera pegado a un invasor extraterrestre, a un bloque de hielo que avanza hacia su barco, a un fantasma del pasado. ¿Estás bien? Si te hubiera querida robar sabés cómo lo corro y lo mato, me asegura mi benefactor, sin convicción alguna, como para escuchárselo a sí mismo para contarlo luego en la casa. Estoy tan desconcertada que no sé qué hacer ni qué decir y, a medida que la sorpresa se retira, avanza un dolor que incluye muñeca, codo, brazo. Me meto en el subte a presión y mi cuerpo, brazo incluido como es obvio, viaja aplastado casi todo el trayecto de la Linea A. Llego al punto en el que quedé en encontrarme con E, que también está golpeada, visiblemente, por una cómoda que la agredió durante la noche. Me olvido del tema.
A la mañana siguiente el loco invade nuevamente mi privacidad. Me despierto y me duele desde el hombro hasta la mano. 
Me pregunto si esa es la manera de los alucinados de hacerse recordar, al convertirse en la alucinación de los otros.

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