Último verano en Stalingrado, novela

jueves, 30 de diciembre de 2010

Postales de diciembre

Son días que parecen creados por Horacio Quiroga o por algún escritor norteamericano del sur. Salen las arañas, zumban las moscas sobre los restos de migas en el mantel, giran las aspas agotadas del ventilador. Lo único que se puede hacer es dejarse caer en alguna reposera o hamaca paraguaya, con una copa llena de cubitos y un vino rosado, una novela cuyos renglones van zumbando también, al rayo del sol, y se lee espantando bichos de las páginas.
No es lo único, desde ya. En el barrio incluso a esta hora de desaforado sol, hay algunos albañiles trabajando. En este barrio y en otros. Los veo. Sobre una escalera enclenque, un pibe que no tiene ni 18, cubierto de polvillo, termina el fino de la pared-muralla con la que un  buen burgués (aún espero que alguien me obsequie una palabra más adecuada para esta  tan demodé) planea protegerse del ocasional asalto de algún pobre que se pueda violentar ante tanta opulencia. La televisión y la radio sólo hablan del alerta naranja, de ocupas, cortes de luz, faltante de nafta y dinero. Y de Fort y Tinelli, como siempre.
A mi me parece que hay cierta amoralidad en alguien que hace laburar a otro al mediodía, a pleno rayo de sol, con este calor.

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