Último verano en Stalingrado, novela

martes, 21 de septiembre de 2010

Herzog, de Bellow

"Si estoy chalado, tanto mejor, pensó Moses Herzog. Algunos lo creían majareta, y durante algún tiempo él mismo había llegado a pensar que le faltaba un tornillo." Así, incluyendo la traducción a la gallega, comienza la novela de Bellow, Herzog. 


Publicada en 1964, leo una edición de Ed. Debolsillo de este año.
El monólogo multifacético de este profesor e intelectual que acaba de divorciarse por segunda vez nos va llevando por los intrincados vericuetos de la mente, los recuerdos, las opiniones políticas y los amores, como si fuera nuestro propio fluir mental. Herzog escribe cartas imaginarias a sus amigos, parientes, colegas, psiquiatras  médicos, líderes políticos, escritores, tanto conocidos como extraños, sin resignar en ningún momento el sarcasmo y el humor un poco más sofisticado de un hombre absolutamente moderno. cerca de los 50 y desconcertado ante las mutaciones que le ha impuesto el engaño de la bella, neurótica e inquietante Madelaine, Herzog. Profesor de humanidades y filósofo, asiste como espectador crítico a su propio derrumbe, a la vez que no renuncia a mostrarnos sus secretos más íntimos. 
La escritura fluida y divertida de Bellow no disimula su valentía narrativa. Un escritor bien norteamericano, con todas las identidades del intelectual mundano, el filósofo judío con sus diletantismos y su constante capacidad para enamorarse de mujeres, que, como el mismo dice "comen ensaladas y chupan la sangre de sus esposos".
¿Está deprimido Herzog o es simplemente lo suficientemente lúcido como para registrar los aspectos trágicos y risibles de la vida? Después de todo, él mismo afirma: "Todo hombre nace para ser huérfano y para dejar huérfanos después de su muerte"

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