Último verano en Stalingrado, novela

lunes, 8 de marzo de 2010

Falsa candidez


Hoy, mientras esperaba por más de dos horas en IOMA para autorizar una orden médica me dediqué a leer, hasta que un policía nos informó (amablemente, por cierto, el único amable) que se había caído el sistema y que no había nada más que hacer, pensé muchas cosas de la índole: con lo que me descuentan de IOMA estos hijos de puta y cada vez más burocracia; Scioli y la p...; pensé: con lo que se han afanado de esta obra social varios hdp de diversas supuestas ideologías (aunque la única auténtica de esa clase de gente es el dinero); con el miedo que tengo a los resultados de estos estudios; con los viejos y viejas que me rodean y no dan más de hacer colas. Despaché mi queja en el correspondiente libro de quejas, incrédula ante el hecho de la sucursal más grande de LP de la obra social más grande del país no tenga un sistema manual alternativo a un sistema tecnológico que, como todos, puede fallar y falla.
Luego, fui a tomar el micro en 7 y 42, esquivando los autos lujosos y mal estacionados de las mamás que llevan a los chicos a la escuela Lincoln, una de las más caras de esta ciudad, porque pretenden que allí reciben mejor educación (y, paradoja, no les enseñan con el ejemplo la educación cívica básica de las normas del tránsito). Y pensé Bruera y la p..., ¿cuándo vas a poner un par de inspectores de tránsito en lugares estratégicos?
Y justo, en el librejo que ando leyendo y me ayudó a sobrellevar las inútiles dos horas de espera, hablaba de cómo precisamente Lincoln, en honor del cual la escuela esta lleva su nombre, suspendió las garantías constitucionales y el hábeas corpus, obligado por la presión de la guerra civil o bajo esa excusa según quién lo interprete; en el otro libro que terminé hace unos días (Vida y destino): las colas interminables de las burocracias europeas de post guerra, liberales y comunistas; la falta de acceso a la salud en la potencia Norteamericana contemporánea, y la frase de Bellow que acude en mi ayuda, para poner las cosas en otra perspectiva menos iracunda,narcisista y quejumbrosa, referida a que en las sociedades contemporáneas (yo agregaría, para los sectores burgueses y altos) "esta liberación parcial de la lucha por la supervivencia hace cándidas a las personas" y antes, cuando afirma el narrador que le han reprochado que "nadie que fuese adulto tiene derecho a ser tan ingenuo"...
Entonces, aunque la salida más sencilla es la queja y la exigencia sin compromiso (muy diferente a la lucha por los derechos) "Scioli y la p..." o, "el Gobierno que sea y la p...q..", se me ocurre que aún hay la obligación de comprometerse con los asuntos de la polis; hacer el esfuerzo intelectual y ético de la reflexión que ponga las cosas en contexto (histórico, filosófico, político); recordar que "las grandes pasiones son antinomianas" (al decir de Ravelstein, protagonista de la novela homónima) y que, precisamente por eso, pretender agotar las discusiones políticas en cárceles de "buenas maneras" es, por lo menos, ingenuo.
De esa clase de ingenuidad burguesa que a todos nos atraviesa, lentos para la gratitud; indiferentes a las necesidades de la comunidad; incapaces de comprometernos en las intrincadas necesidades de la polis, atraidos por el carisma del orden (diría Ravelstein otra vez), como por espejitos de colores que nos corresponden sin luchar y sin intentar saber cómo es la cosa.

Ver: Bellow, Samuel, Ravelstein,Ed. Sudamericana, Buenos Aires, 2007.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

No son pocos los que la van de ingenuos pero en verdad son unos cínicos!

Palabrascromáticas dijo...

Es muy cierto.