Último verano en Stalingrado, novela

jueves, 16 de septiembre de 2010

Esos raros peinados nuevos en la Noche de los Lápices

Estoy por cumplir cuarenta y esa idea no me gusta nada. Me dicen estupideces acerca  de la experiencia y la sal de la vida, mi aspecto juvenil y que parezco menor, lo lindas que son las  mujeres de 40, boludeces.
Mientras espero una hora en la parada del Plaza de Lavalle y 9 de Julio, me distraigo del cansancio (y el dolor en las lumbares y las cervicales, la jaqueca, y una interminable serie de males atribuibles un 50 por ciento a la neurosis y la otra mitad a los años) escucho las conversaciones de los demás que esperan al insoportable colectivo del monopolio. Detrás mío, no los veo, un muchacho conversa con una chica. Ella le  cuenta que generalmente vuelve en auto, es estudiante de la sede de Moreno de la Universidad de La  Matanza. Dice que cuando se reciba tal vez busque un trabajo en Buenos Aires. El pibe le dice que en Buenos Aires se puede trabajar y estudiar, pero no vivir. No acá, al menos, y señala las columnas de estudiantes secundarios que en homenaje a los 34 años de la Noche de los Lápices y en reclamo al desastroso gobierno de Macri, marchan hacia el obelisco y cortan el tránsito.
Recuerdo los poquitos que éramos, allá por el 84, mi primer año en la secundaria, en La Plata, cuando organizamos la primera marcha por la Noche de los Lápices, con los centros de estudiantes. Un par de profesoras de Barrio Norte que daban clases en el Liceo les advertían a mis compañeras de cursos que las que estábamos en el centro de estudiantes podíamos terminar en un zanjón, como los "subversivos". Por suerte hoy ningún estudiante secundario se bancaría un discurso tan facho. Mi hijo marchó hoy en La Plata, con algunos compañeros del Bachillerato de Bellas Artes y al enterarme, desde mi distancia porteña, casi se me pianta un lagrimón.
Los de la cola en la parada siguen hablando. Una parejita le comenta a otra piba que toman el de Centenario porque sale más barato, pero luego hablan de un viaje a Brasil que hicieron en el verano. Y el pibe que no es estudiante sino que labura en una empresa, dice que toma el bondi todos los días y entonces está acostumbrado a los abusos de la empresa. Ambos viven solos, dicen. Me doy vuelta, distraída de la lectura de Herzog, de Bellow. Los que creía pibes tienen treinta y algo. Son más jóvenes que yo, pero no tanto. Viven solos, laburan y estudian en Buenos Aires, no tienen hijos, pagan alquiler pero tienen auto, se ahorran $ 1, 50 a costa de tardar media hora más y viajar parados pero veranean en Brasil.
Estoy mayor. Pertenezco a otra generación y me doy cuenta que no es exclusivamente un tema cronológico. Pienso más en el día a día. No me banco más viajar parada. Prefiero vacacionar en un cámping en la costa Atlántica y tomar un buen vino a la noche de cada noche de cada jornada. Muero por volver a casa porque quiero estar un rato antes que mi hijo se vaya  a dormir. Y eso es porque tuve un hijo cuando la mayoría de los de mi generación hacían posgrados, o viajaban por el mundo o producían magníficas obras artísticas o  aún vivían con sus viejos o compartían alquileres con amigos. Hacían carrera. Yo ganaba el mango como fuera, con cero glamour, pero en casa había peluches, chupetes y pañales. Chau recitales, pero sí VHS de Dumbo y Pocahontas. El cine pasó a ser una larga cola para películas infantiles y no una escapada con amigos o novio; la cena perfecta un Mc Donalds y no un restaurante gourmet; las prioridades, la bici con rueditas y no el posgrado.
No termino de darme cuenta de si estoy vieja o si me equivoqué de generación. Pero aún así, vuelvo a la lectura de Bellow porque me cuesta entender que estoy haciendo la cola con gente que es apenas cuatro o cinco años más chica, pero nos separan algunos pequeños pero profundos abismos.
Los de la parada ven a los estudiantes marchar y piensan en que el corte los demorará una hora más en llegar a sus casas. Y yo pienso que tengo un hijo que marcha con sus compañeros, como hice yo por primera vez sin mis padres, hace más de veinticinco años. Los de la parada que me parecían tan jóvenes en lugar de peinados punck, llevan melenitas con planchita o cortes modernos pero onda yuppie. Estos raros peinados nuevos. Qué aburridos.
Ser burgués, dice el personaje de Bellow, es pensar que el universo existe para nuestro bienestar.
Y los lápices, dicen los pibes, siguen escribiendo.

7 comentarios:

Anónimo dijo...

Me gustó mucho este texto, Cintia. Además, me identifico con eso de los grandes abismos que nos separan, a veces, de otros/as, cercanos en edad pero muy lejos en la vida. Besos, Emiliano

daniel dijo...

Cintia!!! cada día más joven estás, como será que tu corazón marchaba con tu pibe en La Plata a la vez que te compadecías de dos boludos en pleno centro,
hay que ser muy pero muy Jóven para semejante hazaña!!!

Fernando dijo...

Cuando eras absolutamente joven te sentias vieja, lo que es solo una sensacion, profunda, pero solo eso, lo del abismo con los apenas mas jovenes es terriblemente asi, y eso si nos pone lejos de los pendejos y necesariamente mas viejos, igual no es tan terrible, el paso tiempo digo, al menos asi lo vivo yo, un abrazo.
fer.

Palabrascromáticas dijo...

Todos tienen algo de razón, el tiempo es bastante relativo, subjetivo, digamos. Pero es. Mee sorprende lo que me dice Fernando, es posible que tengas razón, ¿me sentía vieja cuando era absolutamente joven?

ElQuique dijo...

La edad puede ser también una cuestión de elecciones. Acordáte de esa zamba hermosa que dice "no me pregunten la edad / tengo los años de todos / yo elegí entre muchos modos / ser más viejo que mi edad".

ElQuique dijo...

Perdón por mi burrez. No es una zamba. Es una milonga.

Palabrascromáticas dijo...

Se ve que este asunto del tiempo y la edad es como el fútbol y la política. Todos tenemos algo que decir. Nada mal, por cierto.