lunes, 15 de junio de 2020

A veces solo dan ganas de llorar

A veces solo nos queda la noche que cae prematura,
la garganta cerrada que nos lleva a otros ahogos.
Las ganas de llorar.
Un amigo te recuerda que a veces podés ser luminosa.
Una joven amiga te consuela ante la contundencia con la que nos golpean los dolores de quienes queremos, las traiciones que nos esperan a la vuelta de la esquina cuando menos las esperamos.
A veces solo nos quedan los recuerdos, y una vaga esperanza. Así debe ser la medida del tiempo en la vejez, una ola cuyo oleaje ya presentimos sin desesperación ni tanta ansiedad , pero si con miedo por lo que vendrá para quienes vendrán después de nosotros.
A veces solo queremos llorar, salir corriendo de lo que sospechamos , de las palabras que nos envuelven como castigos .
A veces la risa queda olvidada en una caja con cerrojo y olvidamos la llave. 
El virus llegó a Formosa.
Había una Formosa en China.
China atacó Kamchatka, y mucho  más.
A veces solo nos queda llorar. 
Llorar y uno o dos  libros de poemas de escritoras platenses. 
Llorar y bailar un rock&roll.
Estamos siempre en medio de un Apocalipsis .
Solo que ahora ya no podemos negarlo.
Y empezamos a acostumbrarnos a vivir sin el calor de los cuerpos que se agitan por placer y por amor, y no solo por violencia, por dolor  o por espanto. 
Algunos murieron en el frío, con la nieve como tumba, aún haber visto apenas el mundo, en esas islas que nos recuerdan que todavía gobiernan el mundo los esclavistas y los piratas.
Una madre como la Piedad de Miguel Ángel que está en San Pedro.  
Una versión sacrificial del amor al prójimo, que desentona tanto con este mundo de algoritmos vende humo y de  consumo de personas-cosas que se conducen y tratan  como si fueran vibradores o agujeros, bienes de uso, maquinitas para el juego de Narcisos y soledades autocomplacientes.  
Y mujeres degradadas 
 para el desahogo de los  hijos del Diablo.  
A veces solo dan ganas de llorar.

Micro pausa y extrañando

Y al fin después de algo que puede ser la versión devaluadísima de los Siete Trabajos de Hércules (adaptada y abreviada para atomentar a una trabajadora argentina ignota y del común), llega esa micro pausa.
Apenas minutos, donde nos sentamos con un té que conjuga sabores frutales y nuez moscada, un libro que te estaba esperando justo en esa página,  e hijo dejando que suene libremente y llegue hasta  mí una música aterciopelada que me envuelve y me acaricia acá, en el sillón, al sol. 
Y este micro instante, que está a punto de ser interrumpido por los demonios del amo, es como un pequeño Paraíso personal. 
El amor es algo tan extraño, que puede presentarse en una frase, expresarse en una melodía que llega para embellecer tanta oscuridad invernal y pandémica.
Ya el extrañar la presencia de los cuerpos amados, los  queridos, los deseados,  se nos va haciendo como una herida más y más profunda  cuya cicatrización no nos llegará nunca. 
#pandemia
#cuarentena
#coronavirus2020

lunes, 1 de junio de 2020

Mientras llega el Apocalipsis y mi hijo toca el piano

Después de meses y meses, vuelve a sonar el piano en mi casa.
Hacia tiempo que estaba roto, aunque en realidad es algo pretencioso llamar piano al teclado.
Mientras trabajo en la computadora, el sonido de una melodía que me sorprende y convoca, que se va improvisando, me anuncia que sabía muy poco de los progresos musicales que había hecho mi hijo.
La guitarra no había llamado su atención, la batería estaba algo olvidada, el piano roto .
Y antes de eso, quizá, antes de la pandemia , (a. P) y del aislamiento quizá no habíamos pasado tanto tiempo juntos, y entonces quizás estás cosas ocurrían cuando yo no estaba .
El tiempo y el espacio han cobrado tantos otros sentidos que ya ni recuerdo qué significaban a.P.
Leí que en Congo se expande el Ébola. Arden los Estados Desunidos del Norte , oh, capatain, your captain.
Todos los vergonzantes baños de sangre y de cadáveres torturados, mutilados, ahorcados, lacerados, violados , arrojados al río, quemados, descuartizados, estaqueados claman por justicia .
Y algunos procuran venganza .
Arde el planeta, explota por todos lados, de Sur a Norte , de Norte a Sur, de Oeste a Este , y al revés del revés.
Ansío dormirme abrazando a un hombre, y agradezco que no sea un nombre que duela, uno de esos de los cuales cometemos la estupidez de enamorarnos cada tanto.
Sino uno como en una pandemia.
Para pasar buenos momentos, para hacerse un poco bien y reírse un rato pero con barbijos metafóricos que mantengan a raya los virus posesivos, los celos y toda la sanata de las imposturas .
No son tiempos de amores que no amen, es preferible aceptar los límites del momento, dejarse llevar por el deseo, "no estamos para el  romance" canta el poeta vivo más sensual del rock  argento. 
El deseo... como este de escuchar  a tu hijo tocando el piano; de dar una clase, sentir que las voces de tus estudiantes están ahí, casi en el mismo espacio y que te llegan al centro de la herida y la responsabilidad aunque se interponga la pantalla.
Tiempos de no olvidar a quienes tienen batallas mucho más duras .
Crecen el COVID, la deuda, las llamas, el dengue, el Ébola, los femicidios, el egoísmo .  
Acaricio a mi gato.
Escucho el piano que toca mi hijo. 
Deseo terminar la jornada, jugar con las sombras de lo cotidiano otoñal del encierro  sin convertirme en un sol negro, darme una ducha, abrir un libro, servirme una copa de vino, comer algo rico, hablar con mi madre, recibir una propuesta divertida de un hombre sin muchos  planes, abrir los resultados de los pendientes y aflojar la contractura.
Esos son mis pequeños deseos egoistas, que me llenan de una oprobiosa vergüenza por momentos .  
Estos son mis planes .
Mientras surcan el cielo unas figuras que alguien podría confundir con jinetes del Apocalipsis. 
 
  

lunes, 25 de mayo de 2020

Algunos de mis animales predilectos este otoño

Leía como Carlo G hablaba de la influencia de los cuentos que le leía su madre en la infancia en sus elecciones adultas.
Su gusto por la Historia, las brujas, los hechiceros ...
Imaginaba a Natalia G, inclinada junto a la cama de su pequeño hijo, la niña durmiendo cerca, la lámpara de noche ilumninando su prematura viudez, la guerra rompiendo todo y el suicidio del amigo poeta.
Ella, gastando las suelas de su único par de zapatos, trabajando día y noche para procurarle el pan a sus pequeños.
Leía un rato y el viento sacudía las ramas del limonero y el laurel.
Escuché el trote del animal cansado: pasaba un cartonero con su carro y un tapaboca que no dejaba descubrir si era un joven avejentado por la injusticia o un viejo que se escondía por pudor o cansancio. 
Los cuentos de la infancia y la lengua materna que nos hacen.
Las palabras de la otra mujer (siempre hay otra mujer, incluso cuando solo nos queda el espejo y el encierro). Yo sentía su dolor, su lamento cayendo en saco roto.
Lloraba por un hombre al que estaba deseando con desesperación, como se desea lo que pudo haber sido. 
Un hombre que yo intuía incapaz de dar nada, un hombre roto en el instante primario en que la lengua materna nos hace y a la vez, nos parte , nos separa, nos arroja al mundo para que hagamos de ese dolor y de ese miedo algo amoroso.
O perezcamos en el intento .

Un hombre que siempre estaba en otra parte, saltando de cuerpo en cuerpo, bebiéndose como un nectar venenoso su propio palabrerío de un amor que no sabía sentir, y no se cansaba de fingir imitando el discurso amoroso de la lengua materna, tal vez para llenar un vacío que era como el abismo de la película de Cameron, pero sin fin.

Leía las palabras del gran  historiador como si fuera un narrador se historias inventadas, y bebía mi copa como si creyera que si puedo elegir entre los animales, me gustaría que sea  el que habita las zonas frías, los cuentos populares rusos  y te puede abrigar con su pelaje y cuidarte de otros predadores.
Ese animal, y también una perra compañera y un gato que vuele.


jueves, 23 de abril de 2020

El tiempo hace caprichos

Había salido, había pisado el otoño y lo había visto sobre su pequeñez, habitando las copas de los árboles del barrio lleno de ausencias.
Se había cruzado con un viejo cartonero que arrastraba un carro desvencijado por la avenida y la miró con unos ojos acusadores que a la vez parecían pedir disculpas por la falta de barbijo.
Y ella fue la que agachó la cabeza y hundió la mirada en su pecho, y ni todo su barbijo ni todo su agotamiento, su esfuerzo, su entrega, eran nada al lado de toda esa falta.
Llegó a la verdulería y sintió que toda su queja egoísta , la plata que no alcanza, el trabajo que es siempre excesivo, la angustia por las personas que quiere, todo eso no se mitiga con el dulce jugo de las manzanas, pero su familia puede comer y ella puede pagar.
Y el frescor de la rúcula , el goce de las uvas... Tanto para pocos y tan poco para tantos ...
El mundo se ha convertido en la pesadilla que la ciencia ficción venía anunciando.
Ella, que no sabe nada, cada tanto sospecha y es como hundirse en las sombras de algunos cuadros de Goya, Cronos devorando a sus hijos y también Los desastres de la guerra ...
Y quién sabe por qué la camioneta cubierta de hojas amarillas, las calles vacías como en una escena guionada por Oesterheld pero en colores, le hizo pensar en una calle de Palermo, calle de adoquines, en algún invierno muy pero muy lejano ya, un domingo a la mañana , el cuerpo saciado, caminar bajo copas otoñales de árboles que no sabía si volvería a ver, subir al auto, poner música , tomar la avenida santa.
Y descubrir - cuando a lo largo de los años fuera volviendo a esa calle, o a otra, pero siempre a esos besos matutinos sin mate, parte que realmente odiaba la de sin mate, pero que la noche, la cena, el vino, el sexo, justificaba- que el tiempo hace trampas y caprichos con nuestra vida.
Pandemias.

jueves, 16 de abril de 2020

Como esas cosas que sabíamos que un día llegarían

Fue como tantas de esas cosas que sabemos antes de que nos las digan. No porque una sea particularmente intuitiva ni nada por el estilo.
Es tal vez que el cuerpo a veces lee la gestualidad ajena , o capta el clima, como una partícula molecular no virósica y saca conclusiones antes que se active la parte del cerebro donde pensamos según la lógica, si es que tal cosa existe.
Sabemos a veces de esa forma, por ejemplo, que una persona ha muerto un poco antes de que nos lo digan, o que alguien está por llegar, o que tu pareja te mete los cuernos, o que alguien va a traicionarte, aunque las señales sean imperceptibles e inconectables racionalmente .
Conscientemente.
Como cuando sabés que tal persona se está acostando con la misma persona que vos, aunque nadie lo haya dicho.
Y de paso te das cuenta ahí si la persona con la que te estás acostando realmente te importa.
Del mismo modo.
Con ese saber del cuerpo .
A veces no queremos saber.
Nos resistimos .
Hacemos enormes esfuerzos para no ver lo evidente, no escuchar los aullidos, no oler lo salvaje de la desesperación que rasca las puertas.
Las puertas de las casas, las iglesias , los asilos.
Las puertas y compuertas que pueden abrir los diques, dejar salir todo este inmenso llanto que contenemos para no derrumbar a otros.
Para no derrumbarnos.
Para no ser ríos correntosos de lágrimas por el mundo perdido .
No es que fuera un gran mundo, pero era el nuestro.
Y allí, a nuestro modo, nos amábamos y amábamos la vida lo suficiente como para salir a pelearla todos los días.
Es como esas cosas que sabíamos que un día llegarían....y aun así no estamos preparados.

¿Quién despedirá a nuestros muertos?

¿Quién despedirá a nuestros muertos, a los que se van sin los ritos funerarios? ¿O acaso no hay una historia de tragedias humanas que se originan en no poder cumplir los ritos funerarios?
¿O acaso no sabemos en Argentina demasiado de esto, de no poder tocar, ver los cuerpos de aquellos que amamos y se van?
¿O acaso no tuvimos suficiente?
¿Cómo seremos cuando termine la mutación, cuando las fosas comunes sean visitadas por los deudos, cuando dejemos de ser zombies?
¿Cómo será el amor, cómo será el encuentro, el sexo, la caricia que calma a una extraña o un extraño y que nos hace humanos?
¿Cómo seremos con los que en su avaricia sin fin se quedan con todo, con toda el agua, con toda la comida, con todas las vacunas, los barbijos, los cielos, los bosques, respiradores, camas, la paz, las fiestas, los campos de verde amor?
Culto a los muertos, reconocer el linaje del cual venimos. Cultivo de alimentos, reconocer que pertenecemos a la especie, y debemos dejar ese saber y ese nutriente a los que vienen.
¿Cómo compartiremos el pan, compañeras, compañeros?

martes, 31 de marzo de 2020

El único antídoto

Tiene razón E. Venimos hablando, como con varixs amigxs.
El mundo se convirtió en un asteroide que va cobrando cada día más velocidad y no sabemos exactamente cuándo ni cómo será el impacto.
Ni que dejará en pie.
Me acuerdo de aquella película ya clásica de J. Carpenter, Príncipe de las tinieblas. De como el mal en su esencia está escondido en una micro partícula.
Guardada en secreto.
Por miles de años.
Hasta que.
El único antídoto eficaz parece ser el amor al prójimo, con su ética de servicio y de sacrificio, de renuncia a las comodidades superfluas pero no al goce de la vida. Ese gran mensaje que no hemos podido jamás escuchar y hacer real y que, sin embargo, insiste en reclamar nuestra atención.
Lo que angustia, a fin de cuentas , lo insoportable , es temer por los que amamos y por el mundo que acá perdimos .
No es que el mundo fuera la gran cosa , tan hediondo de injusticias y crueldades .
Pero es lo que conocemos , lo que acunaba nuestros sueños y daba forma a nuestras pesadillas .
No hay manera de despertarse cada día sin resistirse a la idea de que esto, y todo lo que ni nos atrevemos a pensar, esté ocurriendo .
Pone patas para arriba el sentido de todo lo que hacemos y pensamos .
Decimos cuando esto pase, pero no hay experiencia, ni individual ni colectiva .
Ni al I Ching me atrevo a consultar.
Y cuando cae la noche, miramos este cielo sin saber si es el mismo de ayer o de mañana .

domingo, 29 de marzo de 2020

Quinta estación. Cuarentena

Y en la cuarentena , como si fuera una quinta estación, se precipitan (como en los preparados químicos) algunas soluciones.
Y algunas confusiones se disipan.
Es como entrar a otro orden del mundo en lo pequeño y en lo grande.
En primavera hay renacimientos, grandes enamoramientos, besos sonreídores y Martinis; en verano pasiones eróticas efímeras (y algunas que duran por décadas), Gin Tonic, Black Mamba; en invierno enfermedades e introspecciones que se llevan mejor con cognac, que no bebo, y tinto que disfruto; en otoño sexo melanco y té con jenjibre, miel y limón ...
Y en Cuarentena caen muchos velos.
Ni Apolo, ni Dionisio, querido Friedrich N.
Más Lou Andreas o Sabina Spilrein.
Se acomodan los melones y el amor sale nadando después de pasar esas rompientes engañosas.
Mar adentro, como bailando con delfines y surfers en un atardecer en Arenas Verdes.
Las pasiones de ayer (ayer es la estación anterior a la Cuarentena , tan cerca , tan lejos) ya consumadas o consumidas.
Los payasos apiñados en el circo ya no asustan ni hacen daño .
Oh libertad de este encierro.
Quizá en las próximas citas, cuando volvamos al deseo expresado de manera tangible, importe mucho menos la estupidez de aquello que me hacía decirte todo el tiempo quizás quizás quizás (pero mejor no) y pueda decir, probemos antes de que el invierno sea cada vez más crudo y más largo.

miércoles, 25 de marzo de 2020

Oh, Francis. ¿Y cómo serán los que vengan después?

F.S.F, El Crack-up, 2011, 
Buenos Aires: Crackup
“Una generación nueva, que se dedica más que la última
a temer a la pobreza y a adorar el éxito;
crece para encontrar muertos a todos los dioses,
tiene hechas todas las guerras y debilitadas todas las creencias del hombre”.
(F. Scott Fitzgerald, 1925)


¿Y cómo serán los que vengan después? 
Ya no sé en cual de los ensayos de El Crack up, que se publicó en 1945 y post mortem, retoma el genio de Francis Scott Fitzgerald esa idea que ya estaba en El gran Gatsby.
Me ronda Scott en estos días, como si fuera un hombre del que podría haberme enamorado en medio de este Apocalipsis. Ya no sé si me llega su nombre #SignificanteAmorPosible por el cansancio del trabajo sin pausa, sin descanso y sin rutina, si es la cuarentena, si la falta de tiempo hasta para esta escritura/desahogo, si los miedos por las personas que amamos y por el mundo que conocimos y ya no será de nuevo.
¿Y cómo sería un hombre así, un hombre formado antes del crack up, un hombre para acompañar este nuevo Crack up global? ¿Y cómo sería una mujer así, una Zelda del siglo XXI antes de su propio crack up?
Un hombre capaz de captar la sutileza en la belleza de un acorde de su propia factura, un hombre capaz de la poesía en el dibujo o en la palabra, y de abrazar con más amor que vanidad.
Un hombre que escribió, o escribiría, o escribirá: "después pasé muchos años borracho y después morí". (F.Scott Fitzgerald, 2011: 254) y también "Nunca deseé que hubiese un Dios a quien visitar; a menudo deseé que hubiese un Dios a quien agradecer" (2011: 255).
No sé si alguien así se detendría en alguien como yo, trasnochada rusa, cansada, alienada en el trabajo y que no sabe más que de excesos.
G dice que sus amigos le dicen cosas de mí, cosas lindas. Pero eso pertenece a un mundo que ya no existe.
Y aun si existiera, ya no me embriagan las palabras que sólo pueden sostenerse haciendo equilibrio en las barandas de balcones aceitadas. Abajo, las avenidas desiertas, arriba, el cielo que no toma nota de nuestro pánico.
Aunque tal vez Scott F (lo llamaremos así de acá en más, es posible) por eso quiebra también. No sólo por la locura y la pasión con que ama a su compañera, ni por el alcoholismo o los Locos Años Veinte.

Ni es sólo por la Guerra y por el Fin de Todo lo que Amaba.

Sobre todo, el fin de la belleza humana, esa que se hace también del tiempo para el goce, para la conversación, para tirarse en el piso de una cueva a escuchar tambores de otros mundos o guitarras del futuro.

 Cuerpo a cuerpo.

Como era en el mundo pre avatares y algoritmos ,  como era antes de que habitáramos las catacumbas sin salir a la superficie, cuando lo humano habitaba en el contacto entre los cuerpos y los androides no dominaban el planeta.

Fuego de antes y de ahora, niños encendidos de alegría, comida para los hambrientos y asilo para los sufrientes. Una cueva de amor cristiano. Una pandemia de generosidad.

Pero nuestro Francis (también lo llamaremos así) la ve venir. Cae en todos los pozos, entiende más de lo que los demás creen. Escribe como desde una máquina del tiempo. Y sufre por esa humanidad sin nobleza ni tiempo para apreciar lo bello y lo triste.

Tal vez si Scott estuviera acá, sino fuera un completo borrachín ya, sino todavía un hombre capaz de discernimiento, si me mirara como alguien que puede ver más allá de su ombligo, yo en lugar de arrojarme al abismo de su mirada lo estaría mandando a comprar víveres o a podar las enredaderas, o a hacerme reír en la ducha.
Él por supuesto no iría.
Y yo me quejaría amargamente de su falta de sensibilidad y de pragmatismo.

Y no sé por qué desearía que compensara todo recitándome un poema de Pavese en italiano.
Sería como un acto de locura.
Sería como si V no hubiera muerto y me besara co sus labios gruesos y sus ojos verdes sonrientes y encendidos.
Y brindáramos si temor a contagiarnos  más que de alegría de haber sobrevivido a este holocausto.

Pero a veces ni los Apocalipsis logran que se encuentren los desencontrados.

Hay veces que sólo en un estado de excepción como este somos capaces de calibrar el tamaño de nuestra libertad, de nuestra valentía, de nuestra capacidad de amar.

Hoy leí que L. L. dice que es casi imposible desamarrarse de un deseo. Que al deseo sólo se le puede escapar mediante un duelo, algo así (quizá lo estoy recordando mal). A veces en realidad nos da tanto miedo no volver a desear que permanecemos amarrados a deseos letales como virus.

Y yo estoy, querido Francis, como en una funeraria, todos mis duelos frente a mis ojos, y todos los cadáveres enfriados ya al parecer.

Pero nunca son todos .
Dios sea loado.
Siempre hay vida.

Aunque algunos de ellos no se dan cuenta e insisten, como si las cosas permanecieran inmutables y como si el mundo metafórica y literalmente no se estuviera sacudiendo.

Insisten en ser amigables o en ser amables y yo replico como si eso me importara, como si fuera realmente importante, como si todo ese fuego que alguna vez inspiraron hubiera dejado alguna brasa, más para economizar energía que para dejar el fogón con algo de brasa. Una cordial indiferencia, como la que tenemos con el repatidor de agua (aunque ese sería otro capítulo) o el verdulero, si es que todavía pudiéramos ir a la verdulería. Cosas que hacíamos antes, cuando podíamos salir de nuestras casas y mirar a las personas de cerca, e incluso tocarlas sin miedo.

¿Creerá alguno de ellos que porque soy correcta y me río de sus bromas y contesto sus mensajes aún queda algo de aquello? ¿Todos se han puesto comunicativos y bromistas‽

Nos pasa el miedo.

No es deseo, es aislamiento.

¿No se dan cuenta de que sólo cuándo los odiaba enérgicamente realmente valía la pena?

Oh Francis, you know.


II-

Tal vez Scott no sería ese de los rulos y la mirada asimétrica que siempre se queja de todo pero sabe hacer belleza en este y de este caos.

Scott, atormentado y dandy, perdedor innato, sublime creador de nostalgia, fabricante de mundos que pueden o no existir.


III-


Cada vez que creo que las pestes y los virus, el agotamiento y la vida, los amantes que se sucedieron como si fueran micro amores cuando en realidad no llegaron ni a broma, pusieron fin a ese malestar que me empuja hacia la repetición de lo mismo y lo mismo -ese malestar al que podríamos llamar deseo...Pero. Entonces, ¿si no llegan los celos, mensajeros de los dioses que nos recuerdan que todavía hay algo ahí que no se apaga, es que ya hemos terminado el duelo? ¿Cuántos duelos?
La experiencia es, a veces, una educadora brutal.

¿Y cómo sabés que ya no te importa alguien?, peguntaría (en inglés y con las cejas depiladas y una melenita rubia a la garçon) un personaje femenino de Scott.
Porque ya no siento ni una cosquilla de celos...escuchemos jazz mi querido, como esa tarde en que colgamos las hamacas bajo las ramas de un bosque de novela policial, bebamos  un Martini seco en blanco  y negro  y olvidemos todo de una vez.

Yo te abriré la puerta y te dejaré entrar como si no hubiera peligros.

Podemos hacer planes para el futuro como si creyéramos en eso, o hablar de los libros de Rodrigo Fresán que seguro tampoco leiste ni leerás.

Pero la verdad es que
sólo me extraño a mí.

Sólo extraño a mi familia.

Sólo quisiera mucha más de esta paz -de varios instantes- con mi propio linaje: joven luchador,  encarnación del cangrejo y mirada oceánica y transparente; y acariciar una vez más a mi perra y a mi gata, abrazar a mi madre, besar la frente de mis sobrinos, reírme hablando con mis amigas y amigos, observarte desde la alfombra de pelo azul mientras preparás las verduras y los agridulces y nos envuelve Ella Fitzgerald con su magia de habrá mañana.

Y si es por el sexo, preferiría a un desconocido que te haya leído con la misma sed que yo, Francis, y que se ría de toda esta pavada.



IV-


Estoy agotada de trabajar y limpiar los virus, los vidrios, los azulejos, las telarañas y las promesas sobre el bidet.

Estoy feliz en medio de la borrasca unos instantes, porque un par de nudos se desanudaron y un par de párrafos ennovelados en una trama parecen tener la forma de un tapiz medieval que me satisface.

Nada queda de ellos en mi piel, como si toneladas de alcohol en gel los hubiera limpiado.


En medio de esta crisis que sacude al mundo, en medio del temblor del capitalismo que nunca sabemos si mutará en Hyde sin rastro alguno de Jeckyll, yo todavía imagino que habrá una conversación entre nuestras miradas que restablezca alguna clase de intimidad y de orden musical en esta partitura amorosa demasiado silenciosa y con este allegro ma non troppo que nos  saque de esta encrucijada.


Porque, como escribió F.S. F:



"Claro, toda vida es un proceso de demolición, pero los golpes que llevan a cabo la parte dramática de la tarea—los grandes golpes repentinos que vienen, o parecen venir, de fuera—, los que uno recuerda y le hacen culpar a las cosas, y de los que, en momentos de debilidad, habla a los amigos, no hacen patentes sus efectos de inmediato. Hay otro tipo de golpes que vienen de dentro, que uno no nota hasta que es demasiado tarde para hacer algo con respecto a ellos, hasta que se da cuenta de modo definitivo de que en cierto sentido ya no volverá a ser un hombre tan sano. El primer tipo de demolición parece producirse con rapidez, el segundo tipo se produce casi sin que uno lo advierta, pero de hecho se percibe de repente". (El Crack-Up)