martes, 7 de enero de 2014

Adiós amigo, Jorge Huergo

Hoy no hay palabras.
Ya volverán, para contar esta inmensa pena de despedir al amigo y maestro, Jorge Huergo.

sábado, 4 de enero de 2014

El quinto hijo, de de Doris Lessing

Más lágrimas se derraman por las plegarias atendidas 
que por las no atendidas" (Santa Teresa)

Una novelita inquietante, por empezar, El quinto hijo (1988) de Doris Lessing. *
El clima, la trama, los personajes.
El proyecto de familia perfecta que se proponen construir David y Harriet, en plenos años 60 en una Inglaterra donde muchas tradiciones están siendo cuestionadas, produce cierta inquietud desde las primeras líneas, parece algo inusual.

David, hijo de padres separados (madre intelectual y progresista casada en segundas nupcias con un segundo esposo académico, anti sistema; padre rico y extravagante que viaja por el mundo con su joven esposa y su otra hija), sueña con la familia que no tuvo, es tenaz, ambicioso y disciplinado.

Por su parte,  Harriet, hija de una clase media baja, con una madre ama de casa, eficiente y cuidadora de sus hermanas, nietos y de ella misma, fantasea con ser una madre perfecta y llena de hijos. Harriet, que llega virgen al matrimonio y mantiene sus emociones resguardadas en su mueca de labios crispados.
Compran una casa gigantesca que albergará a su maravillosa familia, y que apenas pueden sostener. Reniegan del control prenatal, rechazan todos los consejos y las críticas familiares, y en seis años tienen cuatro hijos.
Cada vez que alguien de la familia (en especial Dorothy, la madre de Harriet, quien se ocupa de cuidar a los hijos, la casa y a la madre en cada embarazo, está agotada y tironeada por sus otras hijas) les sugiere detenerse, ellos se miran con complicidad, desde cierta superioridad que otorga el saberse únicos, dueños de alguna clase de secreto que todos los demás ignoran, el de la felicitad conyugal y familiar. "Tendremos ocho", desafían.
Aceptan postergar los embarazos, pero es más fuerte que ellos, sugieren, cuando anuncian el quinto y la madre de David debe pedirle al padre de éste, (su ex) que otra vez aporte para los gastos de esta familia numerosa, y éste lo hace, con "ese buen humor cínico de los ricos" (Lessing,2010: 12).
La familia los visita en vacaciones (padres, hermanos, cuñados, primos), la casa se llena de niños y adultos, Harriet siempre cansada, David igual, ya que trabaja mucho, pero debe recurrir constantemente a su padre para sostener los gastos de semejante familia. Ambos, Harriet, que sin su madre apenas puede llevar adelante sus embarazos y la crianzas e sus hijos; y David, que ha perdido el orgullo de poder sostener la economía familiar, siempre sonríen, siempre vanidosos de haber roto las reglas de la época, de llevar adelante un plan y un modelo familiar "a la antigua".
Ellos saben cómo.
Miran a los otros (que sufren, se divorcian, tienen conflictos con sus hijos, se quedan sin trabajo, viven en casas pequeñas) desde un pedestal, se miran entre ellos, miran a sus hermosos hijos...
Hasta que nace Ben, el quinto hijo, el que da titulo a esta novela en la que la maternidad, la familia, son el horror, lo terrorífico, lo extraño.
Ben, un ser monstruoso desde sus primeros meses fetales en el vientre materno, lo ajeno a lo humano, poseedor de una fuerza y una energía salvajes, ingobernables. Ben, hambriento, insaciable, incapaz de experimentar empatía. Lo que nadie se atreve a nombrar: ni médicos, ni enfermeros, ni maestros, ni parientes.
Lo oscuro, que siempre acecha escondido detrás de los planes perfectos de familias perfectas, de madres perfectas,orgullosas de sí mismas, hasta que la vida irrumpe con toda su insolencia y su brutal manera de hacernos saber que hasta el mar más calmo puede albergar un tsunami.



*Lessing, Doris, El quinto hijo, Debolsillo, Sudamericana, Buenos Aires, 2010.

martes, 24 de diciembre de 2013

Brindis por el infinito


"La diferencia entre los muertos y los que aún no han nacido es que los muertos tienen esta memoria. Conforme aumenta el número de muertos, la memoria se agranda."
( John Berger, Con la esperanza entre los dientes)


Las condiciones materiales condicionan, acortan, achican, el territorio de las posibilidades de elegir, algo así dice John Berger, algo así dicen otros antes que él. Testimonia la vida de millones de mujeres, de niños, niñas, hombres, viejos, desde los tiempos de Jericó, probablemente.
("Señor: Perdóname por haberme acostumbrado a ver que los chicos parezcan tener ocho años y tengan trece, rezaba el Padre Mujica)
Y ahí, entre esos límites, se eligen en parte los recuerdos.
Con las ventajas que otorga haber sido amados en la infancia, haber tenido techo, haber recibido educación (y muchas veces de la buena, de la que no es mera adaptación al sistema hegemónico, de la que habilita nuevos mundos y preguntas).
Memorias construidas por las voces que se pierden en los desiertos y los oasis.
En las cartas que no se escribieron, o en las que se perdieron en las bodegas de los barcos, en los pogromos, en los campos de concentración, en las villas miserias, en las rutas salvajes, en los centros clandestinos, en el olor putrefacto de la pobreza y el analfabetismo.
Elijo recordar en las Fiestas:
La casa de la abuela y de las tías en Gualeguaychú. Flanes con miles de huevos de tía Matilde, caramelos de leche de la abuela Lola, el abuelo Antonio y sus palmaditas, Angelina, querida, yendo de allá para acá y haciendo poemas que introducen al pasado, a las formas de la rima decimonónica, al amor de los que han vivido mucho y se deslumbran ante la infancia que apenas asoma. Nosotros.
Los cuentos de tía Cristina.
La biblioteca del tío Carlos: poemas de R. Alberti y gráficos del globo ocular.
Y el río.
El frescor de las tardes en el río.
Y Enrique, Estela, Claudia, Fernanda, Buenos Aires, papá manejando eternos viajes, no había autopista, Año Nuevo en ese extraño mundo que eran los departamentos pequeños en edificios en los que vivían cientos de familias, ciudad de Buenos Aires, tan distinta a La Plata.
Descubrirla. Nocturna, superpoblada, ruidosa, seductora y esquiva.
Y el mundo de Ana e Isaac G, tíos de papá que conectaba por misteriosos caminos con esos abuelos que partieron décadas antes de que nosotros, sus nietos, llegáramos al mundo y aun así, legaron.
Calles con nombres, no hay cuadrícula, mis padres discuten, nadie sabe nunca, en Buenos Aires, dónde queda tal calle, los lugares. Ni los tacheros, ni los poetas, ni los locos al final saben.
Sabemos los "de afuera", miramos las coordenadas en los mapas.
Somos niños, la prima Claudia y el Simon con el que ilumina los relatos de terror para el primaje joven.
Y Los Carpenter en el tocadiscos (your love put me on the top of the world), y papá brindando con Enrique, balcones en las alturas, luces de una ciudad interminable, fuegos de artificio y cohetes, tan distinto a La Plata.
Navidades luego en lo de la Tía Susana. Banquetes para la vista y el paladar.
Los primos, los novios que fueron, los tantos que ya no están.
Ahora.
Paraguay en la familia.
Bienvenidos.
Fiestas nuevas.
Amores viejos.
Y un brindis por todos los que están solos.
Ciudad de Jericó
Están lejos.
Ya no están.
Y una oración por los que ya no creen en las oraciones.
Ni en los otros.
Ni en la esperanza.
O en sí mismos.
Porque:
 "No todos los deseos conducen a la libertad, pero la libertad es la experiencia de un deseo que se reconoce, se asume y se busca. El deseo no implica nunca la mera posesión de algo, sino la transformación de ese algo. El deseo es una demanda: la exigencia de lo eterno, ahora. La libertad no constituye el cumplimiento de ese deseo, sino el reconocimiento de su suprema importancia.

Hoy, el infinito está del lado de los pobres." (Berger, 2011)

lunes, 9 de diciembre de 2013

Nina Berberova, buscando la palabra exacta

“En la época en que fueron escritos esos versos yo creía que llegaría a ser alguien, pero no he llegado a ser nadie: sólo he llegado a ser”. (Jodasievich) * 







Tuve mi época Nina Berberova (1901-1993), como le contaba el otro día a mi amiga R.

No fue un antes y un después, esos parteaguas tipo Dickens, o Proust, o Flaubert, o Bioy, o Truman Capote, o en su momento Cortázar, Tolstoi, Dostoievski, Tolkien, Nabokov...Recientemente Boris Pahor...
No fue un amor adulto, como el de Bolaño, entregado, leal y siempre ilusionado.
Ni esos amores constantes, lugares de placer seguro, casi hogares, tipo Patricia Highsmith, Carlson Mc Cullers, Walsh, Italo Calvino, Guinzburg, Zweig, Chejov, Marai, Munro, Irving, Brizuela, Poe, Marechal...(Laaaaargo etcétera).
Pero fue mi #épocaNInaBerberova, inscrita en la tradición de mi (mucho más intensa y
permanente) #épocarusa. 
(Música, por favor, suenan los primeros acordes de una sinfonía, señor Shostakóvich, atención, vientos de la 13ª sinfonía; plano general de una estepa interminable nevada, entra en cuadro un caminante, humilde abrigo y trineo de mujik o de joven soldado rojo, ambos pertrechados hasta la médula....Un granero en una zona rural francesa, años 40, bombas.)


Escribí aquí de ella, de Nina, en 2009, aunque ya



había salido de ese primer encantamiento y apenas fue como dejar una miga de pan para recordar que valía la pena retomar ese camino. 
En su autobiografía El subrayado es mío (1989), me impactó ya el comienzo: cuenta que pasó toda su vida tratando de saber quién era, haciéndose preguntas, dudando. Contaba que aún (andaba por los 60 y pico cuando la escribió y cerca de los 90 años cuando se publicó) no lo sabía, pero incluso así, Nina seguía interpelándose a sí misma, al mundo, por medio de , y gracias a, y para la literatura, que era el planeta que habitaba.
Me gusta le gente que se hace preguntas, curiosa, respetuosa, que sabe que hay mucho que ignora. Nina buscaba la palabra exacta, ese quizá fue  el trabajo de su vida. 

Trágica, como toda alma rusa, en especial, como poeta y narradora sensible, enamorada de Jodasievich, huye con él con apenas 16 o 17 años, desilusionados ambos de la Revolución que ellos habían apoyado, como muchos de sus amigos escritores. Primero Alemania, luego Francia, por último EE.UU. Siempre huyendo: de la represión, la censura, del frío, del hambre; de la guerra, de los nazis, del mercado que determina si tal o cual libro merece ser publicado, fabrica sus ídolos y panteones y aniquila y condena a tantos artistas y trabajadores de la palabra.
Nina, inmersa en la pobreza; bombardeada en su patria natal, en su Francia adoptiva...Nina.

Fue admiradora de Blok y Maiacovski, y amada,(sin reciprocidad), por el primer esposo de la gran poeta acmeísta Ajmátova, Gumillev, que también integró la llamada Edad de Plata de la poesía rusa (y terminó, como muchos de su compatriotas, censurado, perseguido y "eliminado" en nombre de Stalin.)
Se mueve en los círculos de amistad de Jodasievich: Viktor Sklovski, Andrei Bieli, Marina Tsvetáieva, Roman Jakobson, Gorki, Nikolai Berdiaev...Todos expatriados que sueñan con volver a Rusia. Algunos lo harán, y sus destinos fueron tremendos bajo el regimen de Stalin. Jodasievich le propone poner fin al sufrimiento con un pacto suicida que ella rechaza. Trabaja de lo que sea, viven en las peores condiciones, con hambre, frío y nostalgia. El poeta enferma y ella lo cuida. Nina. Escribe en ruso, hace traducciones, se leen entre ellos, nadie los reconoce. Busca toda su vida "la palabra exacta": 
"Busco la palabra exacta. Hace tiempo que la busco. Al principio, la buscaba en ruso; luego, pensé: basta, nunca la encontraré, el ruso no me servirá, me perderé en románticas aproximaciones y en eufemismos. En cambio, el francés me parecía muy preciso, incluso demasiado preciso para mí, sumida en la vaguedad... Sin embargo, esa palabra, una  palabra exacta, sólida, acerada, debía existir. Dicen que, el siglo venidero, en que la esperanza de vida  se cifrará en los ciento cincuenta años, el hombre no sólo olvidará el nombre de sus abuelos sino también el de sus padres. Si algún día conocí la palabra que busco, ¿cómo he podido olvidarla?" (Berberova, 1987: 1)

Sus relatos eran tristes, en ellos (recuerdo sin releer, no me arriesgo a comprobar si sus libros se fueron con la inundación) parecía que no pasaba nada, pero los climas eran densos, los tiempos transcurrían como si estuvieran hechos de pesados cortinados de terciopelo. En la memoria, algo de una enfermedad que ella tuvo en la adolescencia se me mezcla con una novela de Nabokov, a quien ella admiraba por encima de cualquier diferencia política

Parece, según cuenta acá Juan Forn, que fue "descubierta" para el gran público de manera casi póstuma "a fines de 1989, por medio de Hubert Nyssen, director de la coqueta editorial Actes Sud", que recibió La acompañante. Radicada al final en E.E.U.U., dos veces viuda, pobre, Berberova había esperado toda su vida el reconocimiento y el poder vivir de su trabajo como escritora. Tenía 88 años, y moriría a los 92.
Vale la pena conocerla, leerla, darle el lugar y la oportunidad que la eterna injusticia humana le escatimó tantos años, y con ella, a su mundo, a sus colegas, extraordinarios poetas y narradores, olvidados porque así lo dispuso el totalitarismo brutal, en su patria, y el capitalismo salvaje, en sus exilios.

*poeta ruso, primer esposo de N. Berberova.
Algunas obras de N.B

De capa y de lágrimas
La acompañante
Chaikovski
 (Чайко́вский), biografía de Piotr Ilich Chaikovski.

Astachev en París
El junco rebelde
Historia de la baronesa Boudberg
El subrayado es mío
El mal negro
El asunto Krávchenko
La resurrección de Mozart
En memoria de Schliemann
Roquenval

Crónicas de Billancourt (Биянкурские праздники)
Nabókov y su Lolita









viernes, 22 de noviembre de 2013

"¡Vuélvase arriba, aprisa, a ponerse los zapatos rojos!"

"Zapatos rojos", de Haydeé García Bruni
La influencia de las lecturas en nuestra vida deja huellas que son como tatuajes, pero del lado de adentro de la piel.
Hay quien nos conoce y los puede ver, y hay quien ni siquiera entiende nuestras bromas más zonzas cuando juegan juegos de palabras que son guiñes e invitaciones a mundos literarios.
Hay quien cree que detrás de toda ficción hay una suerte de "verdad", como si jugaran a detectives que encuentran en los personajes de los escritores, en las escenas, puro relato disfrazado de hechos ocurridos.
Como si hubiera otra cosa que metáfora, en el lenguaje.
Como si los escritores fueran unos cobardes que se ocultan creando tramas, estructuras, ritmos, personajes, sólo porque no se animan a contarle tal o cual cosa a alguien.
Como si nosotros mismos no fuéramos (jamás) lo que somos, lo que deseamos ser, que es también lo que imaginamos.
Y así como nuestro padre y nuestra madre, nuestros hermanos y nuestros maestros, nos influyen; así como el inconsciente es modelado por las vivencias infantiles, también las lecturas nos configuran y pueblan nuestros mundos interiores de una vida que tiene sus propios paisajes.
Una de las escenas que quedaron fijadas en mí, así como la de las "sortijas" (según mi traducción de entonces, que era creo de Centro Editor), o anillos, en las manos regordetas de Ana Karenina (allá por mis 12 o 13 años, leído a escondidas, en la biblioteca que quedaba al subir la escalera, cuarto encantador, lo suficientemente afuera de la casa, lo necesariamente adentro. Y me reconcilió con mis dedos, y me impuso esta barroca, y cursi, pasión por los anillos) es la siguiente: 

"La señora de Guermantes avanzó decididamente hacia el coche y repitió un último adiós a Swann. 'Mire usted, volveremos a hablar de esa; no creo ni una palabra de lo que dice, pera tenemos que hablar de ella juntas. Lo habrán asustado estúpidamente; venga usted a almorzar el día que quiera (para la señora de Guermantes, siempre se resolvía todo en almuerzos); ya me dirá usted el día y la hora', y, recogiendo su falda raja, puso el pie en el estribo. Iba a entrar en el coche cuando, al ver aquel pie, exclamó el duque con una voz terrible: '¡Oriana!, ¿qué iba usted a hacer, desdichada? ¡Se ha dejado usted puestos los zapatos negros! ¡Con un traje rojo! Vuélvase arriba, aprisa, a ponerse los zapatos rojos, o si no —dijo al criado—, dígale usted en seguida a la doncella de la señora duquesa que baje unos zapatos rojos.' (Proust, Marcel, "El mundo de Guermantes", En busca del tiempo perdido, pág. 463 en esta edición digital)

Por eso, cuando hace unos 20 años Haydeé me regaló este cuadro comprendí que ninguna mujer puede pasar una vida entera sin tener un par de zapatos rojos, aunque jamás los use.

(O verdes, o azules, o multicolores o para usar con lo que se le cante) .

jueves, 21 de noviembre de 2013

Amor de (mala) madre

"El amor de madre es el origen de todos nosotros y su poder es abrumador." 
(Siri Hustvedt)*

"Los hijos deben escapar de sus madres y las madres deben dejarlos marchar y esa separación puede llegar a ser un largo tira y afloja", afirma Siri Hustvedt en su libro Vivir, pensar, mirar, en el cual reflexiona acerca de temas diversos que ella misma sintetiza como su "pertinaz curiosidad por saber qué significa ser humanos."
Leerla es como conversar con E, con nuestros saltos y carreras por mundos y lenguajes tan distintos; con DM, que pasa del vivir al mirar y al pensar con la velocidad con la que los futuristas pintaron su tiempo y te obliga a ver las cosas (every stuff) de otros modos de todos aquellos en los cuales tu caleidoscopio mental e imaginativo había probado. Es como los intercambios transoceánicos que tenemos con MS, que siempre parece estar acá a la vuelta. Es como cuando nos hacemos esas escapaditas de un rato con Z, y caemos en el pasado y el futuro para no salir nunca del presente, porque nuestra amistad habita todos esos tiempos que son los del encuentro. Como charlar con C, en un cafecito de una esquina que ella sabe, o con "las chicas" , mientras los críos corretean, con los animales, en el pasto, y se roban unos sandwiches y nos enredan en un tornado de vida que parece sin pensar, como un puro mirar.
Es como hacer una ronda en el pasto, bajo el sol, con los amigos de la escuelita, e ir pasando de lo frívolo a lo científico, sin jamás nunca abandonar el código humorístico con el cual nuestros ojos miraron al mundo por primera vez fuera del ámbito familiar, allí donde nos rodeaba la belleza del arte en sus expresiones populares, medievales, actuales, folclóricas, de la imagen y de la imaginación. Allí nos alimentaron y nos permitieron habitar nuestra vida interior, poblada de silencios, fantasías y viajes, palabras, encarnaciones de personajes mitológicos y heroínas increíbles. Y amores infantiles, y perfumes del jardín, con sus vientos en los sauces, o en los lapachos, sus ciruelos de fruto y flor, sus paraísos venenosos metafóricos y literales, el arenero devenido en escenario de castillos medievales o valles del Nilo, lejano, pero próximo.
Leer a Siri, que duerme, sueña, vive, escribe, imagina, con el arte y la pasión amorosa materna a flor de piel y a boca de jarro, qué interesante.
"Lo que importa es recordar que, a pesar de la plétora de soluciones ofrecidas"-por la psiquiatría, la neurociencia, la filosofía, la sociobilogía evolutiva y todas las teorías de las que dispone nuestra cultura-"quiénes somos y cómo hemos llegado a serlo sigue siendo un asunto abierto a la especulación humanística y también a la científica."
En la cita del comienzo, que es de "Mi padre/yo" (págs. 82 y sgts.), en el cual al hablar de su padre por supuesto habla de su madre y de ella, y de su hija, y de su esposo, y de la mezcla entre esos primeros amores y el resto de nuestra vida, me encuentro. 
Allí, donde abundan las preguntas, las observaciones francas y profundas, donde la certeza no se impone como quien clausura lo posible y establece límites (al amor), desde esa visión para nada sentimentalista de lo materno pero que enfatiza el rasgo de lo maternal como signado por "ese comprender y apoyar lo que piensan y desean los demás". Sin eludir el propio deseo. Sin desconocernos fagocitadoras monstruosas de nuestros amados hijos, nuestras "carnes de mi carne", diría Paloma Sánchez, en Fragmentaria.
Sin abandonar la esperanza siempre viva de ser frenadas, limitadas por el padre que le hemos dado a ellos, y por ellos mismos al enfrentarnos para poder ser.
Miedo, terror me producen esas sonrientes madres perfectas, esas no habitadas por la duda, esas satisfechas, engolosinadas de su maternidad, esas que no sienten culpa, ni ambigüedad, que saben todo, que saben cómo, cuándo, con quién, que miran a sus hijos como si miraran a sus padres en la infancia: como héroes idealizados, perfectos. Inhumanos. Y desde ahí, exigen. Y socavan. 
Prefiero habitar en la pregunta y la duda, aún al precio de ver en su mirada (hijo) de tanto en tanto a un extraño (en especial si es varón, porque el sexo conlleva su propia otredad), para ganar la alegría de haber contribuido a configurar su adultez. Algo así, pero distinto. Porque al final, todo esto también forma parte del misterio. 


*Hustvedt, Siri, Vivir, pensar, mirar, Anagrama, Barcelona, 2013, pág. 89.

miércoles, 20 de noviembre de 2013

Ella

Yo veo esta foto después de un largo día y qué querés que te diga. Me acuerdo de que hace unos 8 o 9 años apenas, era impensable en la Argentina una presidenta mujer, peronista, platense, aguerrida, morocha, tripera, de mi barrio; capaz de gobernar este quilombo, con las grandes corporaciones en contra, en un universo político con una hegemonía machista, en un mundo en crisis, hablándole con coraje a los líderes del mundo, destacándose en cada cumbre mundial; conduciendo al peronismo y a casi todas las fuerzas progresistas, siendo corrida por la izquierda; acorralada a veces por la derecha; herida en su vida personal cruelmente, y aún así, inclaudicable. Yo veo esta foto y qué querés que te diga, se me mezcla el orgullo, la ternura y el agradecimiento....

martes, 19 de noviembre de 2013

Para mantener un deseo

Luchaba por resguardarlo allí, en el escondite de los deseos. Abrir de tanto en tanto el cajón, espiar adentro, dejar volar su imaginación bajo la forma del recuerdo, soñarlo, sonreírle la boca sola de pensarlo abriéndole la puerta, apoyado en el vano, con su brillito en el mirar que anticipa...
Sabores de invierno.
Flores sin perfumes pero bellas como obras de arte en las que toda forma cabe.
Que no se interrumpa el encantamiento, ruega  y aprieta un enter que condena o promete
Y él otra vez rechaza, esquivo, huidizo, no entrega nada
Porque
Y ella siempre lo ha sabido
no tiene nada que entregar
no pueda dar
no sabe de otros y aún así
ella siempre está abriendo ese cajón para espiar,
de tanto en tanto,
para que su número primo le diga chau, adiós, no es posible
porque el deseo es como un sobresalto, como un preinfarto,
como un sacudón que nos empuja hacia algún sitio
a buscar aquello que no nos pertenece
Esculturas de Rodrigo Mirto, La Plata, Museo del Ladrillo, 2013.
y no podemos dejar de perseguir

domingo, 17 de noviembre de 2013

La soledad de los números primos

Existen entre los números primos algunos aún más especiales. Son aquellos que los matemáticos llaman primos gemelos, pues entre ellos se interpone siempre un número par. Así, números como el 11 y el 13, el 17 y el 19, o el 41 y el 43, permanecen próximos, pero sin llegar a tocarse nunca. 


"El escenario ya estaba listo. Sólo faltaba la acción, un
arranque frío, instantáneo y brutal, como todos los comienzos"
(Paolo Giordano, La soledad de los números primos, p. 218)


Hacía varios meses que no me daba tanta tristeza terminar una novela. Además, últimamente, el trabajo y otras cuestiones me ha atado un poco al ensayo y la lectura de esta novela ha sido como volver a casa después de una larga jornada laboral.

"Casa", es alguien que te cuenta bien una historia, que te la cuenta como nadie más te la ha contado, que despierta tu interés desde las primeras palabras en que abrimos ese delicioso objeto por el que hemos sido seducidos desde el título y el diseño de la portada: La soledad de los números primos (2008).
¿Cómo resistir la tentación de comprar ese libro? 
Llevaba unos años esperándome allí donde se auto-rescató de la inundación, casi intacto, aún bello en su aspecto. Lo abrí hace unos días y ya no pude salir del encantamiento.
Nunca antes había entendido bien el asunto de los números primos. La matemática enseña que estos son números solo divisibles por 1 y por ellos mismos. Paolo Giordano, además, nos hace entender (con un escalofrío en la espina dorsal, como diría Nabokov) que "son números solitarios e incomprensibles para los demás." Alice y Mattia, protagonistas de esta historia, son como los números primos, perseguidos por tragedias que los han marcado en la infancia: un accidente de esquí en el caso de Alice, y su posterior cojera; y la desaparición de su pequeña hermana gemela, en el caso de Mattia. 
La adolescencia, etapa fundacional si las hay, los encuentra en los pasillos del colegio, y conectan esos solitarios mundos que guardan intramuros, fingiendo para el exterior (sus padres, sus compañeros de estudios) ser "normales". Cada uno de ellos reconoce en el otro su propio dolor, sus ojos ven en los ojos del otro lo que nadie más puede ver, como nos pasa con esos grandes amigos- amores de esa edad en la que luchamos por ingresar al mundo adulto,y resistimos, a la vez, la pena por la muerte de la infancia, la inocencia y las primeras elecciones que implican pérdidas. 
La novela los va mostrando en distintos momentos de la vida, mientras crecen, estudian, trabajan, se perciben, se alejan, se añoran, se ignoran, se buscan y se desencuentran. Mientras tratan de saber quienes son y ocultar el tamaño inconmensurable de su culpa, la marca iniciática de lo freak, de la anorexia, la auto-mutilación, el odio a, (o la falta de piedad con), uno mismo. Ese lazo primario de números primos los tiene destinados a esa amistad especial que los une, hasta que Mattia, brillante y genial matemático, tras doctorarse en física, decide aceptar un puesto de trabajo en el lejos de Italia. Tendrán entonces que separarse durante muchos años hasta que una serie de acontecimientos extraños, como ellos, los vuelva a reunir como se encuentran los imanes, los grandes amores postergados e incompletos, las soledades más potentes.
Como nos encontramos a veces nosotros con aquellos con los que no hicimos nuestra vida, pero a veces sospechamos que bien podríamos haberla hecho. Pero no.
En la inmensidad del mundo, entre millones de personas y de historias, a veces volvemos a cruzarnos una y otra vez con alguien, incluso podemos llegar a hablar palabras amorosas, compartir placenteros encuentros sexuales, sospechar el amor, doler por el otro, sin que jamás lleguemos a despejar los obstáculos, el pequeño pero profundo abismo que nos separa. Aún siendo casi (pero nunca) pares. Y es ahí que lo oscuro ya no puede ocultarse o reprimirse, a veces, cuando realmente alguien que es casi una parte propia, alguien que es tan íntimo como solo pueden serlo muy pocas personas de otras en toda una vida, finalmente mira al otro en la capa más profunda del corazón. Nos desnuda con ese reflejo luminoso de una mira que ya no (nos) sospecha sino que sabe.
Lo subterráneo, como la verdad, aflora. Pero ¿dos números primos podrán encontrar la forma de estar juntos?
Escrita por un joven de 26 años, publicada en 2008, La soledad de los números primos es habitación húmeda pero cautivante de la literatura contemporánea, un paseíto por el infierno del alma de los seres inteligentes y sensibles que no logran hallar la posibilidad de vivir un gran amor, como si las heridas de la infancia clausuran la felicidad del futuro, y la potencia de la vida se marchitara prematuramente. 
Porque al final de cuentas, las consecuencias de nuestros actos, las pequeñas decisiones que tomamos en nuestra infancia y adolescencia, muchas veces presionados por nuestros padres o por las fantasías que de ellos nos hacemos, y sin pensar, en un segundo, pueden modificar nuestro futuro, y el de nuestros seres queridos, para siempre.


La soledad de los números primos, es la  primera novela del licenciado en Física Teórica Paolo Giordano y ha recibido varios premios. 

sábado, 2 de noviembre de 2013

Como las plantas en los jardines en Primavera


Cuando era adolescente tuve el don, parece, de estimular a algunos jóvenes poetas.

Inspirados en mí, según confesaron varios, escribían poemas de amor de diversa calidad literaria.
Siempre pasa lo mismo en esta vida: el verso más hermoso se escribe para la persona equivocada, y a una le dedican las obras los poetas a los que jamás podrá amar.
La vida como el amor, no distribuye equitativamente sus bienes.
Así que, si hay alguna clase de justicia poética, bien merecido me tengo el vacío de todas las canciones que no me fueron escritas. 

O no.

Y los deseos se enredan como las plantas en los jardines en Primavera.