Último verano en Stalingrado, novela

miércoles, 23 de octubre de 2013

Un amor así

Un amor así.
Supongo que se habla de algo como eso cuando se piensa en la eternidad, en el infinito, en lo inconmensurable a escala humana.
Un amor así, que nos atraviesa, capaz no de vencer a la muerte, sino de imponer la vida.
El deseo de vivir.
Trepar a los sauces.
Volar en planeadores.
Darlo (casi) todo.
(Alivio de mi ego, cariñito mío, tesoro de mi alma.)
Una y otra vez, contra toda desesperanza, contra toda evidencia de lo absurdo, de la maldad que nos rodea, del sinsentido del mundo.
Amarlo en él a él, y a los que fueron antes que ellos.
(Y hasta a los que pudieron haber sido y serán en otros y no lo sabemos).
Amar hasta que duela, hasta que sangre, hasta perder el conocimiento.
Un amor tan poderoso que nos arranca a la vez toda la ternura, las fantasías más utópicas, las sonrisas más entrañables (desde las propias entrañas, cada molécula sonríe al ver esta foto) y todos los temores.
Gozar y temer al verlo nadar sobre la ola magnífica.
Temer y gozar al verlo partir y besar a una chica.
Y el tiempo pasa.
Y la vida pasa.
Y la muerte llega.
Estallan los átomos, Supernovas, enanas blancas, naves perdidas, océano de astronautas flotando para siempre en el espacio infinito...
Un amor así, de todas maneras, es como la eternidad.

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