Último verano en Stalingrado, novela

lunes, 7 de octubre de 2013

O2 sin (H), comentario interesado acerca de una intervención artística



2 de abril, 2 de octubre, a seis meses de la inundación de la cuidad de La Plata, el espacio urbano de esta capital se ha transformado. Durante la jornada, diversas expresiones políticas, artísticas, educativas, ocupan la escena pública e institucional. (Y en la intimidad de las casas, y en la intimidad de los cuerpos...)
O2 sin (H). 
Inspiro, expiro, cargo de aire nuevo mis pulmones. Te cuento que
El espacio, afirma Doreen Massey, es fruto de las relaciones, y para que exista, debe haber multiplicidad (Massey, 2005:104). Las relaciones forman sistemas, abiertos, diversos ,en movimiento, en conflicto.
El espacio es la condición de la política, pues en las interrelaciones (yo, el otro/ los otros, el dispositivo del poder) se construyen las identidades, las subjetividades y los objetos, que son producto de la perspectiva, de la paralaje (el movimiento aparente de un objeto causado por el cambio en la posición del observador, esto dice Slavoj Žižek).
¿Y acaso no es también la condición de la obra de arte? Espacio, movimiento (tiempo), interrelaciones, percepción de objetos (que pueden ser también sujetos).
El arte, la obra, instaura mundo, dijo un filósofo de la Alemania destructora.

Bajo al sótano por una escalera estrecha, me envuelve la música de Chopin, que fue antes que yo pero forma parte de mi presente, es constitutivo de mi subjetividad, llega mediante un lenguaje abstracto como la música, que no comprendo ni sé, pero que siento y ...veo en los cuerpos, las expresiones de los otros, los ojos, humedecidos, sus interpretaciones de...
La película que hace foco en las gárgolas de los edificios neoclásicos, hijos de una decadente, pretenciosa y soñadora tradición francesa, o sobrinos de una Italia neobarroca re interpretada, traducida, por los constructores que instauran mundo, acá, en este pozo-ciudad, pozo sótano, de espaldas al río. Al río, a los arroyos, que se la terminan cobrando. Tal vez enfurecidos porque la ciudad los niega, porque acá pareciera ser la pura arquitectura que ostenta, que encarna los símbolos de la ciudad utópica, ilumnisita, perfecta en su cuadratura hundida en su negación. Perfecta en su imperfecta, indiferente cuadratura que excluye, seduce, cautiva, atrapa. Y luego por los especuladores y mercanchifles que hacen negocios con el Estado municipal y lo desangran, nos desangran. Ciudad amada, tanto que entonces no ve(mos): las cloacas los arroyos, la mierda que correrá por calles convertidas en ríos, como corre por la orilla de las villas en las que viven nuestros hermanos, nosotros ahora vueltos Ellos, los otros, les autres.
Afuera, donde estaba el miedo a los otros, ahora está el agua, adentro, donde estaba el territorio protegido, está el agua podrida...¿Y el refugio?
(El refugio, como siempre, son los otros, como la Patria).
Y se hunde en un balde un ejemplar de La casa de los conejos para que no olvidemos que cuando se hundía en su profundo pozo de lágrimas Chicha, que cuando Diana y sus compañeros se ahogaban en su propia sangre, la ciudad, una parte de la ciudad, le dio la espalda a sus hijos. Benditos hijos, carne de cañón del mal, que se apropió de las calles, de las casas, del espacio público, del privado, una vez más. Y en la catedral aún incompleta y sin torres, como un macho herido en su virilidad inconclusa, vengativo, vive en aquel año aciago otro monstruo que señala y marca a los corderos que irán al sacrificio...en el espacio de los 70. Y ese monstruo a quien llaman "Mi Señor" (Monseñor) se pone una máscaras y simula una escena de solidaridad con las madres que buscan, preguntan, por el destino de sus hijos que se hunden en otros pozos, sótanos, olvidos.
(Inspiro, aire en mis pulmones, recordar a los hundidos...)
Como ahora, que es en este pozo. Y esa pobre mujer, que interpreta M, (detenida en un presente perpetuo de inundada, siempre víctima y ya no Fulana o Sultana). Repite códigos de colores y palabras, seca su antología de poemas de Almafuerte, le habla a otro sordo que está como ella, paralizado, frozzen, como el animal humano que no lucha ni huye, y se queda así, repitiendo, escribiendo (en un gerundio eterno y en una pizarra) los nombres del horror disfrazados de palabras de una cotidianidad que ya no existe: "el bajo mesada amarillo, la toalla celeste, los libros azules..."
Y Arlt hundido, destruido como en efigie de la Inquisición, en ese balde iluminado por una lamparita, como se hundieron las fotos, las bibliotecas, los ahogados, los futuros y trepan, como en la película Villa Francia, las torres infértiles que nos tapan el sol y nos tapan de pestilencia...Ese olor, que se nos mete en los tuétanos, como decían los viejos...Y trepan los hongos y se desparrama el petróleo como en el espacio global, en las guerras de Medio Oriente y en la patria de Bolívar, para que un puñado de familias se adueñen de todo el espacio, y puedan ser cada vez más ricas y aplastarnos y hundirnos y ahogarnos en sus deshechos...Ya ni bombas necesitan como antes.
Con las catástrofes es suficiente, organizan la tragedia y organizan el espectáculo, como en los objetos recuperados que exhibe P, como si hubiera un orden inferior, el del sótano, y ellos allá arriba, arriba, tocando el cielo casi...
Y Chopin, y esas fachadas racionalistas, prolijas, perfectas, en módulos a lo Bauhaus, que dialogan con la casa Curuchet del arquitecto belga, insertadas en medio de nuestras bellas casas chorizo, de puertas de doble hoja que abren hacia las galerías llenas de plantas, como si fuéramos trópico y húmedo, con nuestra vegetación importada que se cruza con la autóctona, capricho de paisajistas, de locos, de soñadores, de autoritarios oligarcas que porque pagan, mandan. Y los ginko en los jardines de las casas chorizo, en el bosque, frente al museo del Perito Moreno y los eucaliptos, y naranjos, y tilos, y paraísos, fresnos, ciruelos, palos borrachos, y mis amados jacarandaes de diagonal 73 (protagonistas de mi novela platense fundacional, esa que todos los que escribimos alguna vez escribimos) y esos palacetes para una aristocracia que nunca vino, que se quedó en la gran ciudad puerto, la dueña de la aduana y la tarasca, de la plata, y de La Plata, siempre seducida por ese espejo en el que se mira, sin verse cuando...
Se niega a mirar a Berisso y sus casitas de chapa, como señala una espectadora, no quiere ver el río, no mira las casas sobre pilotes de la Ensenada donde se resistió al pirata invasor , ni los chalecitos californianos de mi barrio, que mandó a hacer Evita para su pueblo amado; se encierra sobre sí misma, se vuelve una neurótica, se la cree, soy pura luz, Universidad, República, Administración, Palacio comunal, ciencia y saber, no me vengan con esos negros de mierda, por favor, Los Hornos, Altos de San Lorenzo, Tolosa, Villa Elvira, Ringuelet.....te acepto un City Bell, una Villa Elisa (que era, dicen, el nombre tanto de la esposa como de la amante de Uriburu), un Gonnet, pero esos barrios.........que ni se sabe dónde quedan, qué micro (como decimos los platenses) te lleva...inundados.
Y el alambre que ata y desata P, se despliega cual metonimia del campo de concentración prisión, sobre la proyección, hasta llegar de nuevo al círculo sin encontrar su cuadratura que se mueve detrás, en imágenes, mientras los enloquecidos, cual locos arltianos, repiten el presente ("anotá verde, anotá rojo, no puedo despegar las páginas....perdimos todo...todo, sobre todo el centro, el equilibrio, el ser"), y la ciudad, metáfora de las teoría de las correspondencias de Swedenborg, maqueta del infinito perfecto, de lo sagrado (que es lo que tiene centro y destino, orden y templo) se va derritiendo, se hace agua, porque al fin, todo lo que el hombre hace está destinado a devenir, a mutar, a extinguirse y desaparecer como el cuerpo mismo, que se hunde en el agua, como los edificios, porque osamos creer que la naturaleza es una sometida, una mujer a la que golpea el dios de Occidente, el señor Creso, dueño de los negocios, y las torres, y las cloacas, el petróleo y los puestos de trabajo de los obreros y de los profesores, de los doctos y los no-doctos, de la Universidad que antagoniza con la No-Universidad y se vuelve polémica; y del espacio. Pero no del tiempo, y de las almas humanas que al final, aun permanecen cuando la tierra tiembla y se viene el diluvio.
Y se escuchan los ecos de las voces de todos los que hablan, los que vinieron, los que no vinieron, los que ya no están, y es su palabra, incluso su antagonismo, el que inaugura la posibilidad de un nuevo espacio en donde quepamos todos...
Si tan solo recordamos que hubo otros, antes de nosotros, y que hay que honrar su memoria... Viviendo. Y que habrá otros, después de nosotros, y que hay que habilitarles el espacio, luchando.

Inspiro, respiro...


(este comentario es mirada, recorte e interpretación inmadura de la intervención realizada el 2 de octubre en El Puente Arte y Cultura, La Plata, con María Ibarlín, Nelson Mallach, Sebastián Díaz, Pablo León y un público diverso y encantador)


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