Último verano en Stalingrado, novela

lunes, 21 de octubre de 2013

Amar y temer

"Jamás habíamos sospechado que pudiéramos sentirnos tan atados a la vida  por un vínculo de miedo, de ternura desgarradora. ¡Qué fuerte y libre era nuestro paso cuando caminábamos solos, rumbo al infinito, por la ciudad!" 
(Natalia Ginzburg, "Las relaciones humanas", en Las pequeñas virtudes

¿Y cómo explicar esto? ¿Cómo transmitirle este sentir, este modo de habitar el mundo, a quien no ha vivido la experiencia de la maternidad/paternidad (¿asumida?)?
Como con todo, el misterio del corazón humano, empatía, ¿es posible entender a otro? Pero...estamos solos, siempre, y el lenguaje (sea el que fuere) nunca alcanza, ni siquiera la música, ni siquiera el cine. Y sin embargo....
Cuando murió mi padre, hace casi 20 años, un amigo me sacó de la casa velatoria y me llevó a dar una vuelta manzana para fumar un pucho y distender. Yo entonces fumaba, y mucho. Recuerdo que me abrazó y me dijo: "bienvenida al club". Era el club de los huérfanos.
En mi círculo de amistades muchos habíamos llegado a esa suerte de "membresía" de manera precoz, incluso, algunos ni siquiera recordaban a su (madre/padre) y habían construido sus imágenes a partir de relatos ajenos, fantasías, deseos, alguna foto...
Quienes aman a sus padres, más allá de los conflictos, y no han perdido a ninguno, ni remotamente imaginan de qué se trata. Cualquier otra pérdida que hayan vivido de un familiar ajeno a la familia nuclear es como una caricatura del dolor de la orfandad.
Uno los escucha en sus duelos por otros familiares, sufrientes, y se pregunta cómo harán para afrontar ese otro dolor cuando les toque. Lo harán, como lo hacemos todos, muriendo un poco. Y desde ya, ni siquiera menciono los otros duelos innombrables, inimaginables....Vivir con miedo, con esa ternura desgarradora, dice Natalia G. 
Y ver cómo día a día se van desinteresando de nosotros, porque algo bueno, al menos algo, hemos hecho al criarlos....
Supongo que llegar a la adultez con uno de los padres vivos es un privilegio que no deberíamos desaprovechar. Y más si nuestros hijos pueden conocer el vínculo de tener al menos un abuelo/a. Pero como ocurre con casi todas las relaciones humanas, esos descubrimientos suelen llegar tarde, como cuando en pleno desierto el caminante imagina durante kilómetros que hay un oasis, plantas, quizá hasta un ciruelo de fantasía, pero cuando al fin llega, ya se apaciguó su sed.
Pero ese otro miedo....
(Y ese mundo lleno de hijos de puta al volante....)

2 comentarios:

maría Fernández dijo...

ay amiga, estos días estoy tan con esto en la cabeza.... a veces uno tiene épocas en las que logra no ser atravesado por el miedo a la pérdida irreparable... pero cuando se percibe el campo minado ya que alguien cercano a estallado por los aires, ahí es más dificil el intento. Mañana quisiera acompañar a los padre de Renzo ♥

Palabrascromáticas (Cintia Rogovsky) dijo...

Y yo también