Último verano en Stalingrado, novela

domingo, 6 de marzo de 2011

Los instantes de las muertes

Es raro. Uno lee un obituario o recibe un llamado telefónico y alguien afirma: Fulano, se murió. Como si se cerrara el ciclo de la muerte, como quien dice. Nació Mengano, y ya está.
El lenguaje ha naturalizado que el nacimiento y la muerte suceden en un instante en el que quedan detenidos como en una instantánea. Ambos son irreversibles. Y ya está.
Sin embargo cualquiera sabe, cualquiera que haya atravesado un duelo de los más íntimos, de los que nos configuran, de esos que atañen a la pérdida de padres o hijos, que los muertos no se mueren en un instante. Una vez se recibe el golpe fatal, una vez se realiza el ritual, una vez se vela, se entierra, se ora. Pero ahí la cosa recién empieza. Entramos en un mundo nuevo, al que sólo pertenecen los huérfanos, por ejemplo. Y nos distinguimos unos a otros como si lleváramos una marca. Entre nosotros nos comprendemos, o al menos nos hacemos la ilusión. Los otros, cuando sufren una muerte, pensamos, ni siquiera saben lo que les espera.
Todo nuestro futuro se abre ante nuestros ojos signado por la ausencia de quien no lo verá, no sabrá, no estará allí para opinar, molestar, compartir, acompañar. No sabrá de los primeros pasos de nuestro hijo. No verá crecer su linaje, encarnado en varios niños y niñas que desmienten el instante de la muerte porque, precisamente...
Un chico berrea. Sonríe así y no de otro modo. Padece esta enfermedad. Vemos una foto. Abrimos un libro. Pasamos por una esquina. Alguien nos revela una versión diferente. Nos enteramos de un hecho pasado.No sabemos ni tenemos cómo averiguar con quién juega esa partida de ajedrez. Olemos tabaco en pipa. Escuchamos a Miles Davis o quizá "Reunión Cumbre". Nuestro padre nos visita en sueños e incluso allí, prefiere a nuestros hermanos, mientras nos hace un guiño y nos da a entender que está todo bien, que no es desamor, que simplemente nosotros somos más fuertes, podemos solos.
Y nuestros muertos queridos vuelven a morir y es imposible retenerlos.

No hay comentarios: