Último verano en Stalingrado, novela

viernes, 25 de marzo de 2011

Como a los nazis les va a pasar. El hombre que humilló a Hitler

En 1931 el joven abogado de izquierda Hans Litten citó como testigo en un juicio contra varios miembros de las SA a Adolf Hitler. Durante el transcurso de los interrogatorios el testigo incurrió en numerosas contradicciones que, al quedar públicamente expuestas, demostraron entre otras cosas que las fuerzas de choque del partido NASDAP tenían como finalidad no sólo eliminar a los militantes comunistas sino también dar un golpe de Estado al gobierno de la República de Weimar. También quedaron al desnudo las internas entre la rama "legalista" del partido nazi, que procuraba de ese modo aliarse con los conservadores para ganar las elecciones, y los sectores de choque de las SA, que estaban siendo dejados a un lado después de haber sido utilizados durante años para socavar a la república.

La humillación  infligida a Hitler por ese abogado medio judío y defensor de obreros comunistas no sería olvidada. Cuando finalmente los nazis tuvieron el poder, e incluso antes de que se sancionaran las leyes de Nuremberg, Litten, como muchos de sus colegas, sería condenado a prisión preventiva sin que jamás se sustanciara un proceso. Durante los cinco años que duró su reclusión, hasta su suicidio en Dachau en 1938, pasó por varios campos de concentración y diversas modalidades de tortura y castigo. (Shonnenberg, Spandau, Brandeburgo, Lichtenberg, Oranenburg, entre otros). A pesar de que su madre, una mujer "aria" de clase alta descendiente de pastores protestantes, inició una dura lucha para aliviar sus condiciones de detención y lograr su liberación, y no escatimó en recurrir a sus numerosos contactos dentro de la élite eclesiástica, política (incluyendo a dirigentes conservadores y nazis), nada pudo lograr. Ni siquiera cuando impulsó una campaña de prensa que, desde países como Inglaterra o Checoeslavaquia, reclamaban la liberación de Litten. Cada acción de la prensa fue seguida de nuevos castigos en Dachau que, finalmente, desembocaron en el sospechoso suicidio de Litten en 1938.

En las entrevistas mantenidas por la madre de Litten con líderes nazis, los argumentos que estos utilizaban eran exactamente iguales a los de Arzobispos como Mñor. Plaza, o genocidas como Videla y sus socios en nuestra Dictadura cuando eran interrogados por las Madres y las Abuelas (ver, por ejemplo, documental "Yo Estela"). Básicamente, sostener la peligrosidad de estos "elementos" subversivos por lo cual no podían ser liberados ni siquiera con la opción de salir del país (no fuera cuestión de que iniciaran en el exterior campañas de "desprestigio" al régimen); la imposibilidad de someterlos a un proceso judicial "normal" (por el riesgo que suponía que contaran la verdad y la falta de pruebas para tenerlos secuestrados); la negación de la tortura y de las atrocidades en los campos.
Distanciado de su padre por diferencias ideológicas, Litten contó siempre con el apoyo de su madre Irmgard (quien en 1940 escribió sus memorias para dar testimonio de los hechos). Entre ellos y algunos amigos fieles establecieron un sistema de comunicación cifrado para sus cartas y mediante el intercambio de información erudita acerca del arte medieval, la literatura y la música, lograban ponerse mutuamente al tanto de los avances de la madre para liberarlo y de los retrocesos en la salud y los castigos de Litten y sus compañeros en el campo, burlando de este modo la brutal censura y aislamiento de los prisioneros. Curioso, comentaban los SS que vigilaron los pocos encuentros personales que pudo mantener el prisionero con su madre, se la pasaron hablando de una catedral, un libro de arte y de Shakespeare, no entendí nada.
Pese a que Litten tenía serias discrepancias con la conducción del partido Comunista (se consideraba a la izquierda de éste y por eso nunca se afilió) jamás dejó de defender a los trabajadores comunistas y otros presos políticos. Ese pecado, junto a la humillación a la que había expuesto a Hitler, lo convirtieron en un preso emblemático y ejemplificador para los nazis de cómo terminaría cualquier líder comunista. Esa misma condición limitó las acciones que hubieran podido llevar adelante en el extranjero para liberarlo, ya que tanto Inglaterra como Estados Unidos veían con buenos ojos el freno que Hitler había impuesto al avance del comunismo tras la revolución soviética.
La Alemania comunista surgida después de la derrota del nazismo homenajeó a Litten con el nombre de una plaza o una calle.
La Alemania unificada primero destituyó ese homenaje pero luego lo restituyó, sumándole el nombre de Litten a una escuela, un edificio sede de los tribunales, entre otros.


Hett, Benjamin Carter, El hombre que humilló a Hitler,Ed, B, Barcelona, 2008.

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